Una reacción citoexagerada

Diario de Goblet. Día 1, 9:00 am:
“Que feliz y contenta vivo entre mis compañeras de los epitelios del cuerpo humano. Como todos los días, he generado el moco que nos protege, recoge, acumula y expulsa las sustancias tóxicas aquí, en el aparato respiratorio.”

Diario de Goblet. Día 2, 17:00 pm:
“Mis amigas neuronas del bulbo olfatorio me han mandado un mensaje muy nerviosas. Algo raro está pasando. De repente, han dejado de captar olores del exterior. Todas están muy alteradas, no saben si puede deberse a algo extraño que se acercó hace unas horas por su barrio. Sin embargo, aunque algunos glóbulos blancos han detectado que algo nuevo y externo, de naturaleza vírica, ha entrado por la nariz, están muy confundidos porque no saben dónde está ni cómo es.”

Diario de Goblet. Día 2, 17:10 pm:
“Han pasado solo unos minutos desde que he recibido el mensaje anterior. Y ahora los receptores ACE-2 de mi membrana están muy excitados. Algo muy atractivo hay en el exterior… Voy a abrir mis canales de membrana a ver qué es…”.

Diario de Goblet. Día 5, 13:30 pm:
“No me encuentro nada bien. ¿Será por ese nuevo ARN mensajero que recibí hace unos días? Me hace trabajar de una forma diferente: el moco que tengo que producir no está formado por los mismos materiales que uso habitualmente. ¿Tendrá relación con lo que me contaron las células nerviosas? Además, también percibo que las células que tengo alrededor, tanto respiratorias como vasculares, están igual de confundidas que yo. Será mejor que envíe sustancias de aviso a los glóbulos blancos, no vaya a ser que haya algún problema.”

Diario de Goblet. Día 7, 20:00 pm:
“Hace ya casi dos días que los neutrófilos y las células inflamatorias están trabajando ahí fuera. Han producido muchas sustancias inflamatorias de tipo citoquina para controlar lo que está pasando, pero están igual de confundidas que todas nosotras. Además, percibo que el moco que produzco no es de buena calidad y que, después, actúa de una forma extraña sobre mis compañeras de alrededor. Incluso mis hermanas del aparato digestivo me han dicho que esa misma sustancia ha llegado allí y todos están igual de confundidos que por aquí.”

Diario de Goblet. Día 8, 20:15 pm:
“La situación es caótica. Las sustancias inflamatorias han atraído a los linfocitos, pero ellos tampoco saben qué está pasando. Así que han decidido que nos van a poner a todas en cuarentena y nos han sellado con más citoquinas. Esto está siendo muy estresante, ¡incluso las células epiteliales alveolares dicen que no pueden perfundir bien los gases! No sé qué va a pasar.”

Diario de Goblet. Día 10, 11:00 am:
“Los linfocitos han decidido que no estamos trabajando bien y han empezado a eliminar a algunas de mis compañeras. Las cosas tampoco están mejor entre las células de los capilares. Allí, la destrucción de alguna de ellas ha generado coágulos y las plaquetas no dan abasto. La perfusión de aire no está funcionando bien y la inflamación es generalizada. Llegan noticias desde otros órganos: si la cantidad de oxígeno no es la adecuada, habrá problemas. Las células de la tráquea dicen que ya hay un aporte externo no habitual. Y la situación no es mucho mejor en el aparato digestivo, los riñones o el cerebro. O los glóbulos blancos ponen todo en orden, ¡o esta reacción tan exagerada de citoquinas puede acabar muy mal!”

Diario de Goblet. Día 14, 5:00 am:
“¡Qué suerte hemos tenido! Los linfocitos T comprobaron ayer que produzco el mismo moco de siempre y poco a poco me voy recuperando. No puedo decir lo mismo de algunas de mis compañeras de alrededor. Otros linfocitos indican que hemos conseguido superar una grave crisis producida por un nuevo virus llamado SARS-CoV-2. La situación aún es grave, pero parece que, poco a poco, se está controlando. Además, han aprendido a reconocer a este nuevo patógeno y en el futuro podrán producir anticuerpos que conseguirán avisar y neutralizar antes esta situación vivida. Pero todas estamos agotadas… Veremos cómo acaba todo…”.
  • Hits: 184

El test de Turing

Mientras el asistente robótico Sury acostaba a su pupilo de ocho años tras un día normal y anodino fue sorprendido por una pregunta inesperada.

–¿Sury tú tienes madre?
–No como la tuya.
–Entonces. ¿Tienes de algún otro tipo?
–Supongo que alguien me creó y ese alguien podría ser mi madre.
–¿Quien te creó?
–Mi cuerpo en una fábrica, eso no cuenta. Mi mente la crearon entre mucha gente hace bastante tiempo, ellos podrían pasar por mis madres.
–¿Los conociste?
–No, pero me sé sus vidas de memoria.
–Tú te sabes las vidas de todas las personas importantes.
–Pero no de todas puedo decir que hayan sido mis madres.
–¿Crees que les hubiera gustado conocerte?
–Seguro, te contaré una historia. Una de las personas que más ayudó a mi creación no creía que pudiera llegar a ser como soy. Era una mujer muy peculiar e inteligente. Una noche estaba en una cena benéfica de un gran filántropo que tenía varias empresas dedicadas al desarrollo de inteligencias artificiales, una persona también muy lista, pero un poco engreída, se pasó la noche hablando de lo mucho que habían progresado sus IA, mientras mi madre comía tostadas de atún, aburridísima. En un momento de la cena, el supermillonario dijo que sus IA estaban a punto de pasar el test de Turing.
–¿Quién es Turing?
–Alan, fue un matemático que podríamos considerar mi abuelo, vivió hace muchos más años que mi madre, e inventó un test para descubrir si una maquina puede considerarse inteligente, la maquina tenía que hacer creer a un humano que ella también era humana, comunicándose solo por escrito.
–Sigue.
–Cuando mi madre escuchó al superrico no pudo contenerse, le dijo amablemente que no creía que estuvieran cerca de pasar el test. El señor se ofendió, sabía que mi madre era experta en ese campo, pero él también tenía muchos expertos. Mi madre le escuchó y volvió a responder amablemente que tal vez no había entendido bien lo que Turing había querido decir. Esto le pareció demasiado, retó a mi madre a una prueba del test de Turing, no pensaba que fuera a ganar, pero si se lo ponía lo suficientemente difícil conseguiría una buena publicidad. Mi madre aceptó encantada y dijo que podría distinguir a su IA entre nueve humanos con menos de mil palabras, el señor se rió a carcajadas y puso en ridículo a mi madre, diciendo que de ninguna manera la descubriría tan rápido, le ofreció donar diez mil dólares a una ONG por cada palabra por debajo de mil que le sobrara. Se pusieron manos a la obra, reclutaron a nueve universitarios, los metieron en habitaciones solo con una pantalla y un teclado. Mi madre estaría en otra habitación igual, con un par de testigos y una cámara. En el monitor se mostrarían diez ventanas de chat y un contador con el numero mil, que bajaría a medida que usara palabras. Llegado el día, mi madre se presentó en la sala con un pequeño maletín, mientras el superrico lo observaba todo desde su despacho. ¿Es un poco tarde, no? Mañana te cuento el final.
–!¿Qué?! Eso es imposible, no puedes dejarme así.
–¿Por qué no?
–No puedo dormirme, me pasaré toda la noche pensando en esto.
–Claro que puedes dormir.
–¡Discrepo, discrepo muchísimo!

“Discrepo” era la palabra que usaban cuando no estaban de acuerdo. Cuando uno decía “discrepo” tenían que negociar entre ellos o llamar a su madre.

–No sé si tu madre querrá que pierdas tiempo de sueño.
–Ya te he dicho que no podré dormir, llámala o sigue.
–Mi madre llegó, miró la pantalla, se sentó, abrió su maletín, sacó un libro y…mañana sigo.
–¡Deja de hacer eso!
–Sacó un libro y se puso a leer. Los testigos la miraron extrañados, pensado que estaba consultando algo, pero pasados diez minutos seguía leyendo. Entonces alguien se dio cuenta de que el libro era una novela policiaca.
–¡Guay!
–Puedes imaginarte la cara del superrico cuando empezó a comprender la estrategia, a medida que pasaban los minutos los estudiantes empezaron a escribir preguntando si todo estaba bien, si había alguien ahí. Después de un par de horas todas las ventanas estaban llenas de mensajes menos una. Entonces mi madre puso el marcapaginas, guardó su libro y dijo: “La IA es el número ocho”, y se fue sin gastar una sola palabra.
–¿Qué te ha parecido?
–Creo que era bastante fácil, también podría haberles pedido que desenchufaran su ordenador o algo así.
–Claro, tú también habrías ganado un montón de millones.

El joven pupilo se fue acurrucando mientras le soltó la última pregunta antes de caer presa del sueño.

–¿Tú has pasado el test de Turing?
–Pues no, así que supongo que no puedo decir que sea humano.
–Bueno, no es que me importe mucho…
  • Hits: 97

La vacuna

Sabíamos que iba a morir, estaba ardiendo, apenas podía mantener los párpados abiertos, pegados por legañas. Respiraba tan superficialmente que en cualquier momento podía dejar de hacerlo.

Entró el asistente sanitario robótico y me hizo la pregunta.

La cuestión ya estaba decidida con mi padre y con mi hermana. La respuesta fue sí, dió media vuelta sobre sus rodamientos y se alejó.

Me quedé allí con ella, en medio de aquel espacio inundado de blancura cegadora y peste a limpio. Cogí su mano huesuda, ahora me arrepiento de no haberme quitado el guante y notar por última vez sus venas hinchadas y su calidez de madre.
De repente, me di cuenta de que ya no recordaba la voz de mi madre. Hacía tanto tiempo que no la escuchaba que la había borrado de la lista de sonidos recientes en mi lista de reproducción. Di la orden a mi procesador integrado cerebral para buscar entre los archivos ocultos de la memoria interna bajo las palabras clave madre, amor y belleza. Y vino a mi mente mi hijo mayor, siendo todavía bebé, en los brazos de su madre, que le hacía arrumacos y le decía que era precioso y que lo adoraba. Esa voz no era la que yo buscaba, esa voz estaba ya olvidada, archivada y enterrada bajo kilos de basura visceral, y no tenía ninguna intención de volver a recuperar ese recuerdo. Con un golpe de concentración, logré concretar más los parámetros de búsqueda y la lista de archivos encontrados me devolvió la voz de mi madre respondiéndo “Súper bien...” en un lastimero tono suave y quebradizo de voz, respondiendo a mi pregunta "¿Cómo me estoy portando, mamá?". Aquella fue la última vez que logró tragar una cucharada de papilla, su garganta se paralizó poco después, dejó de tragar, de beber, de hablar, de poder comunicarse. Pero sus ojos nos hablaban, del amor que sentía por nosotros y del miedo que sentía por saber certeramente cuál iba a ser su temprano final.
Comenzamos a alimentarla a base de preparados suministrados a través de una sonda abdominal directa al estómago, aderezados con toneladas de amor, mimo y cariño. Afortunadamente, estos últimos tres ingredientes de su fórmula no eran de síntesis, no necesitaba esos suplementos sintéticos ya que la dosis recomendada diaria la superábamos con creces mi padre, mi hermana y yo.

Fue entonces cuando su médica nos habló de la vacuna.

Nos reunió a toda la familia y nos dijo que en breve deberíamos tomar decisiones importantes sobre mi madre. Nos dejó atónitos. Mi cuñado rompió a llorar y se apartó a un lado. Mi padre nos cogió de la mano a mi hermana y a mí y dijo que el sufrimiento ya había sido excesivo y que necesitaríamos ese descanso. Acordamos que llegado el momento, utilizaríamos la vacuna.

Y el momento había llegado.

Nos reunimos toda la familia en la sala en torno a la cama, nadie se atrevía a mirar a la cara de nadie salvo al rostro de mi madre, intentando fijar aquel momento en nuestro corazón, porque nuestra memoria nunca más podría hacerlo.
La puerta de la sala se deslizó silenciosamente y apareció de nuevo aquel asistente sanitario robótico con dulce voz de persona de compañía, atravesó el corto espacio que separaba la entrada de la cama, y giró dirigiéndose hacia nosotros. Sus cuatro brazos articulados bastaron para levantar ante nosotros los cuatro viales aspirables y con un suave movimiento, acercarlos a nuestras narices. Aquella vacuna de diseño refinado suministraría a nuestro organismo una enzima desmielinizante que destruiría selectivamente la mielina que recubría los circuitos neuronales que guardaban todos los recuerdos que tenían que ver con mi madre. Aquellas neuronas sin mielina dejarían de funcionar y todo el dolor de los últimos tiempos se borraría al instante. En el momento de mayor sufrimiento nos pareció una idea descorazonadora pero que nos ayudaría a rehacernos como personas, ausentes de recuerdos dolorosos, capaces de volver a reconstruir nuestras vidas tras el derribo del pilar madre. Pilar. Madre.

Alguien dio al botón rojo de abortar en el último segundo, quién no importa. Fue entonces cuando dije no, cuando pensé que aquello no estaba bien. Decidimos quedarnos con todo. Con el dolor y con los recuerdos. Gracias a ello, ahora puedo recordar lo duro que fue todo, su enfermedad devastadora, sus terapias experimentales fallidas, su mirada de impotencia cuando ya no podía articular palabra, su llanto sin lágrimas ni muecas por la parálisis facial. Pero también su risa desorbitada de antaño, su alegría de vivir de siempre, sus caricias sanadoras, su voz tranquilizadora y sus cosquillitas en la espalda.

El recuerdo es dolor y alegría. Es vida. No hay vacuna para el sufrimiento.

València, 9 de junio de 2021. Hoy es vuestro aniversario.
  • Hits: 499

INCONSCIENCIA

Casi era la hora del cierre y no quedaba nadie en la pequeña librería del pueblo. Con delicadeza, Luke revisó las estanterías y colocó los libros que habían quedado descolocados ante el último grupo de clientes de la tienda. Se dirigió hacía la caja y vació el bote de propinas, colocando las monedas en su respectivo lugar. Una vez terminadas las ultimas tareas del día se acercó a la puerta y colgó el cartel de cerrado. Salió despacio de la tienda sacó las llaves del bolsillo y se giró para echar el cierre. Cerrando la puerta de la tienda, en el reflejo de los cristales, pudo observar lo que se abalanzaba sobre él, y antes de que pudiera hacer nada, todo se volvió negro.

……………………………………………………………………………………...........................................................
El mundo ha cambiado. Se propagó rápido la noticia por todos los periódicos, telediarios y medios de comunicación. El caos se desató, miles de personas yacían sin vida en las calles a diario. Imágenes espantosas se difundieron por la red.
Mientras el plástico era cada vez un problema mayor, los científicos buscaban soluciones desesperadas para poder frenarlo. Parecía que habían encontrado una posible efectiva solución, una bacteria que se alimentaba de plástico.
Sonaba bastante bien la idea de que una simple bacteria pudiera alimentarse del gran problema que eran los plásticos a nivel mundial, pero algo salió mal. Experimentaban para clonar esa bacteria a una escala estratosféricamente mayor a la que se podía imaginar, algo que por supuesto iba en contra de las leyes de la naturaleza. Durante el experimento un incendió se expandió rápidamente por el laboratorio. Los científicos, aterrados, salieron corriendo sin control alguno y sin pensar ni siquiera lo que estaban haciendo. Las máquinas quedaron encendidas y debido a la sobreexposición a los rayos emitidos por dichos aparatos la bacteria clonó. Pero clonar no fue lo único que hizo, al hacer esto también evolucionó y se desarrolló sin control mutando y haciendo cambios en su genética, lo que hizo que pasaran de comer plástico a devorar todo lo que encontraban, incluidos los humanos. Los denominaban Devorahuesos.
Desde ese día la población humana empezó a disminuir a gran velocidad, pasaron años en los que quien podía se resguardaba de estas bestias en pequeñas casas de campo, llegando incluso a habitar en cuevas. Como era obvio nada de esto les hizo invisibles ante los Devorahuesos, y poco a poco fueron encontrados y posteriormente devorados.


Los científicos que quedaban desarrollaron unos aparatos que indicaban cuántos humanos quedaban en ese momento en la tierra y además detectaban si había algún tipo de movimiento cerca de ti. De nuevo, estos inventos solo sirvieron para alargar la vida de las pocas personas que quedaban, las cuales fueron muriendo debido a la edad, enfermedades, Devorahuesos…
Una fresca mañana, el aparato de Connor emitió un pitido, había un Devorahuesos cerca, pero lo que más le llamó la atención fue el contador de humanos, el cual marcaba uno. Era el último humano en el planeta tierra y le acechaba un Devorahuesos.
Cuando el último mamut cerró los ojos, no era consciente de que era el último de su especie y provocaría su extinción, tampoco eran conscientes el dodo, o la cebra de las llanuras, al contrario que Connor. Él, era consciente de que su muerte iba provocar la extinción de la humanidad y se sentía culpable de ello, una parte de la culpa había sido suya. No había hecho todo lo que pudo para no llegar a esa situación, así que, aceptó su destino y se dejó atrapar por el Devorahuesos que rondaba alrededor su hogar. Los humanos se extinguieron.
La principal fuente de alimentación de los Devorahuesos estaba extinta, además estas bestias no tenían la suficiente inteligencia adaptativa como para ajustarse poco a poco a la nueva situación. Pocos años después los Devorahuesos se extinguieron y el mundo, tras millones de años quedó en paz.
………………………………………………………………………………........................................................................
Los arqueólogos han encontrado miles de objetos en el subsuelo que nos han ayudado a comprender nuestra historia. Hoy, encontraron una pared de acero con unos grabados que decían: ‹‹estamos destruyendo al planeta, frenemos el cambio climático››.
Al escucharlo en el telediario, una pareja comentó la noticia:
–Es curioso que pensaran que el planeta iba a ser destruido –dijo la hembra de una especie extraña.
–Sí, –respondió el macho de una especie extraña –es casi tan curioso como que ese muro no estuviera hecho de plástico.
  • Hits: 131