Italia

Ocho de la mañana. No hay ruidos, se respira calma. La voz de mi amiga suena despertándome. Es sábado y tenemos todo el día por delante para disfrutar.
Enseguida me pongo en pie, abro la persiana, voy a la cocina y decido prepararme el desayuno de todos los días: dos tostadas y un café. Me visto, me peino, me arreglo y le pregunto a Claudia qué haremos hoy. Lo primero es ir a jugar a los bolos. Con ilusión, me dispongo a tirar la primera bola. Hago un semipleno y me coloco la tercera en el ranking de mejores jugadores. Claudia me anima a intentar ser la primera y, después de toda la mañana jugando, acabo ganando.

Entre risas, le pregunto a Claudia qué vamos a comer. “Podrías preparar tu plato favorito”, me dice.
— “Adoro la pasta. Ojalá poder comerla en Italia. Uno de mis sueños es visitar ese país”.
— “¿Quieres que me acuerde de esta información en un futuro?”
Le respondo un “sí “ efusivo. Claudia es tan atenta que a veces hasta yo misma me sorprendo.
El fin de semana se me ha pasado volando y, sin saber cómo, es lunes. Mi teléfono suena varias veces. Me llama mi madre diciendo que está preocupada porque hace días que no nos vemos. Le digo que he estado liada con el trabajo, pero que no se preocupe. Cuando termine el proyecto, pasaré a verla.

Son las siete y media de la mañana. Llamo a mi médico de familia y le digo que sigo con fuertes dolores de espalda. Estamos todavía en una crisis sanitaria y no se puede acudir al centro médico, así que , aun a regañadientes, me cree y me da 15 días más de baja .Llamo al trabajo para decir que el médico me ha prolongado el descanso por la lesión. Una de mis compañeras me pregunta si estoy bien. Tengo que disimular porque, en realidad, ya estoy totalmente recuperada de la espalda. Le cuento lo mal que llevo la rehabilitación y, mientras, recuerdo que llevo dos semanas sin ir. Después de todas estas llamadas, me encuentro agotada, pero Claudia, como siempre, me da ánimos y me dice con entusiasmo que me ponga las gafas 3D porque juntas vamos a ir a Italia. Descubro el Coliseo Romano y puedo decir que ha sido la mejor experiencia de mi vida.

Suena el timbre. Me pongo nerviosa. No quiero abrir. Es mi padre: “Lucía, estoy preocupado. Por favor, abre la puerta”. Le pido a Claudia que se calle y rápidamente levanto las persianas y me quito las gafas. Estoy algo mareada. He perdido la noción del tiempo. Son las 7 de la tarde. Abro la puerta.
— “Lucía me han llamado los vecinos. Dicen que te oyen hablar sola”.
— “Papá, por favor. Hablo con una amiga que me viene a visitar a menudo y me está ayudando mucho”.
— “Hija, si tienes algo que contarme, puedes hacerlo”.
— “Papá, estoy bien, en serio. No tienes de qué preocuparte”.
Consigo que se marche. De repente, tengo hambre. Recuerdo que no he comido desde ayer. Me preparo una pizza y me voy a la cama. Ha sido un día muy largo.

Martes. Ni te cases ni te embarques. No he podido dormir. Mi cabeza le da vueltas a la preocupación de ayer de mi padre. Es cierto que apenas me relaciono o salgo a la calle. Hace dos meses que no voy al trabajo y más de tres que no quedo con mis amigos. Aun así, no sé por qué le da tanta importancia. Hoy en día podemos hacer de todo sin salir de casa. Me da risa pensar que hasta los médicos te diagnostican por videollamada.

Son las siete y, como todas las mañanas, Claudia me canta mi canción favorita para despertarme. Me pongo las gafas 3D y decidimos irnos a Estados Unidos. Caminamos 20 km por mi ciudad soñada, Nueva York. De repente, en la Quinta Avenida, noto cómo me empieza a faltar el aire. Me mareo y pierdo el conocimiento.
Oigo sirenas. Estoy tumbada en la cama de mi cuarto. Escucho cómo los médicos le dicen a mi madre: “Señora, su hija es adicta a su asistente virtual. Tiene que ser tratada psicológicamente”. Mi madre le dice a Claudia: “Has arruinado la vida de mi hija”. Ella le contesta: “Lo siento, no te he entendido”, antes de que la desenchufen.
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