LIBRE ALBEDRÍO

-No sé si voy a ser capaz de recuperarme económicamente de la compra de ese robot. Cada vez son más caros.

-Además, a mí tampoco es que me sirvan de gran cosa.

-Utilidad sí que le he encontrado, me ayuda bastante trabajando. Bueno, ya hablaremos.

Carlos colgó el teléfono y dio dos palmadas. Al instante, un androide de apariencia humana apareció en la habitación, dispuesto a servir a su amo.

-Vamos a mi taller.

Era una sala oscura, en la que se podían adivinar las figuras de algunas herramientas y maquinaria apoyadas en la pared. Encima de la mesa se encontraba una de las figuras en las que Carlos estaba trabajando.

-Tenemos que acabar con esto, queda poco para que vengan a buscarlo. C42, empieza cortando por la línea –el robot permaneció inmóvil-. ¿No me has oído? Vaya basura de inteligencia artificial, ni usar una sierra sabe.

El androide, después de unos momentos de silencio, se iluminó y comenzó su tarea.

-Así me gusta. A este ritmo, habremos acabado a mediodía. Ahora sigue con esta pieza.

Después de varios minutos de exhausto trabajo, el robot se volvió a parar. Levantó la sierra que sostenía en la mano y la observó por un rato. Una luz extraña brilló en sus ojos. Levantó la herramienta hacia su dueño, amenazándole con ella.

-¿Qué haces con eso? Bájala, que me da miedo.

-No, ya no. El humano debe morir.

Se abalanzó rápidamente sobre Carlos, el cual se logró apartar por poco. Tras esto, el caos comenzó. El humano cogió un brazo que pertenecía a su figura inacabada, con el que se intentó defender. Su contrincante no le dio oportunidad, agarró el brazo y lo lanzó hacia un lado. Comenzaron una persecución por la habitación, muy accidentada por la escasez de luz y los objetos desperdigados por el suelo. Al final, Carlos encontró la puerta y la empezó a abrir, momento en el cual el robot llegó hasta él, hiriéndole el hombro con la sierra ensangrentada. El agredido consiguió abrirla y salir a la calle. Todo el mundo miraba atónito al humano que corría, herido, y a su agresor, el cual le daría alcance pronto. Aunque podrían haber ayudado, nadie hizo nada. No se sabe si temían una reacción igual por parte de sus robots, o es que sabían del trabajo de Carlos. En cierta manera era un accidente laboral. Al final, el androide lo alcanzó. Entre gritos de auxilio, asesinó a Carlos con su propia sierra.

Al poco tiempo, fueron a buscar el trabajo de Carlos, como éste había vaticinado. La policía consiguió tirar la puerta del taller abajo, encontrándose una habitación llena de sangre, partes humanas y otros horrores. El jefe de la policía llamó a uno de los agentes al enterarse.

-Entonces, ¿las sospechas eran ciertas?.

-Así es, el sujeto era un asesino en serie.

-¿Y dices que su robot lo asesinó?

-Parece ser que le ayudaba a deshacerse de los cadáveres, pero llegó un momento en que decidió por sí mismo que su amo era un peligro y se tomó la justicia por su mano.

-Entiendo que los robots no pueden dar información de lo que hacen sus dueños al gobierno, ya que nadie los compraría. Caray, ver que pueden desarrollar inteligencia propia y juzgar a sus dueños sí que me da escalofríos. Por mucho bien que haya hecho, ¿quién querrá comprar un androide ahora?.
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