Náufrago

Antes de ti, no había nada. Después de ti, empezó todo. Recuerdo la primera vez que aprecié el confuso brillo de tus ojos, esos ojos, de indeterminado color y perfecta simetría de los que caí preso. Recuerdo esas primeras miradas, esa primera media sonrisa, ese tonteo.
A tu lado, me sentía nulo, insignificante. La representación simple de algo inexistente. Una constante insípida, una incógnita perdida.
En ese preciso momento, a pesar de tener delante de mí una completa desconocida, algo en mí se estremeció. Yo ignorante, lo taché de curiosidad. Conforme empecé a conocerte, dicha sensación creció exponencialmente. El daño estaba hecho. Repentinamente, la flecha vectorial de Cupido me había alcanzado.
Contigo me di cuenta de que la curiosidad, amor era. Y con dicha perspectiva empecé a tratarte. Entendí que este sentimiento era natural, aunque en cierto modo infinito, o eso me pareció. ¿Cómo puede ser algo natural a su vez infinito? ¿Acaso no es el infinito simples imaginaciones de mortales, condenados a observar con recelo los límites de su existencia? Relativamente poco tardaste en darme una respuesta. Tú eres mi respuesta.
Continuamente me recuerdas que el amor es, en gran parte, irracional. A veces no te entiendo, o quizá no me entiendo. Pero siento que en la complejidad de esta sensación reside su belleza, y tú bien lo sabes.
Con tu imagen recuerdo el pasado, me pierdo en el presente e imagino el futuro. En tu presencia se desprenden mis anhelos, perdidos en alta mar, derivando íntegramente en náufragos deseos que cumplir o sueños de los que no despertar.
Amo conocerte y descubrirte cada día. Tuyo es y será el corazón de este finito, feliz y fascinado náufrago.

A esa figura de ojos profundos,
simetría, mirada infinita.
Naufragado, perdido en su mundo.
Matemática, tuya es mi vida.
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