Siendo ellos

Desde 2078, solo estoy yo.
A veces pienso que algún día sabrán como soy realmente, o más bien como no soy. Mi sueño siempre ha sido ser médico, pero desde el 2078 trato de evitar que sepan que no soy como todos. Al menos mi apariencia me facilita disimularlo; una piel sintética prácticamente igual que la de un bebé, una voz grave y masculina igual que la de los demás jóvenes que conozco y una estatura común a la del resto.
Me llamo Manu, que según he oído es un diminutivo que usan los humanos para Manuel. A mi me crearon para educar en escuelas y centros, pero mi sueño siempre fue ir a la universidad y lograr convertirme en un médico con valores prácticamente humanos.

Vivir siendo un robot no es fácil ahora que se nos ha prohibido acceder a la universidad. En 2077, los humanos se dieron cuenta de que si los robots éramos más listos que ellos, entonces no tendrían ninguna función en la sociedad, por tanto nos prohibieron acceder a más conocimientos de tal modo que siempre fuéramos inferiores a ellos. Se nos prohibió el acceso a internet, acceder a librerías y a la universidad, y solamente podíamos ajustarnos a la información recopilada en nuestra base de datos. Es por ello que nadie puede saber quién soy.

Decidí disimular y tratar de esconder que no soy humano para poder estudiar y cumplir mi sueño, pues los humanos no tienen una sola función, es decir, pueden decidir ser y estudiar lo que ellos quieran. Por eso me hago pasar por Manuel Fernández, un jóven de 23 años en 5º curso de medicina en la universidad de Salamanca. Suelo reunirme con otros 6 jóvenes que como llaman los humanos son “amigos”. Ellos no sospechan que yo no sea humano, pues confian en mí, me cuentan sus relaciones con otros humanos y además les parezco divertido.

Cada año es más difícil. En la entrada de la universidad hay cada vez más seguridad para evitar la entrada de robots. Por suerte convivo en un piso con un humano que estudia la carrera de Seguridad y Mantenimiento de Robots, por lo que me cuenta los métodos que usan los guardas de la entrada para descubrirnos y así puedo evitarlos. Además soy uno de esos robots viejos que todavía tienen acceso a internet por lo que puedo ampliar mis conocimientos más allá de lo establecido.

Por todo esto, el jueves 17 del mes pasado, estabamos en clase de historia de la medicina cuándo empezó a sonar una alarma. Una alarma que no se parecía en nada a la de los incendios. De repente entraron unos hombres vestidos de uniforme en el aula y comenzaron un proceso de inspección en busca de robots. Fueron llamando a cada alumno y estos debían entrar en una sala. Todos los que entraban salían llorando o riendo. Entonces, llegó mi turno.
-Manuel Fernández, adelante.- dijo una mujer de unos 40 años que ni siquiera me miró.
Entré a una sala blanca con un pantallón gigante que no había visto nunca. Me sentaron en un sillón, me colocaron unos auriculares y apagaron la luz. Se empezó a proyectar entonces una imagen en la pantalla. Eran mis “amigos” siendo asesinados en una especie de guerra. Según vi la imagen, pude reconocer que se trataba de una simulación y que debía reaccionar de forma humana. Sin embargo, mi respuesta fue demasiado tardía en comparación con la del resto de humanos.
Me sacaron de la sala y unos humanos me metieron en un coche sin saber a dónde se dirigía.


En el trayecto, decidí contarles a los pasajeros de ese coche mi historia y mi único sueño. Yo no era malo ni iba a acabar con la raza humana, simplemente quería ayudar y, por tanto, cumplir mi sueño de ser médico. Mientras describía cómo había llegado hasta ahi, los humanos no mostraban un ápice de empatía, aunque tampoco pretendía que lo hicieran.
De repente, el coche paró en seco y las puertas se abrieron de par en par.
-Huye, vete a otra universidad y continua con tu sueño, pues al fin y al cabo, no tenemos que ser mejores que vosotros ni al revés.- me dijo el que conducía.
Simplemente se lo agradecí, salí del coche y seguí sus indicaciones.

Siempre recordaré ese día como aquel en el que me dí cuenta de que los robots y los humanos éramos totalmente compatibles, pues al final, dependemos de ellos y ellos, en cierto modo, de nosotros.
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