Jueces imparciales

Alicante, año 2073. Durante las últimas décadas el desarrollo de los ordenadores cuánticos y de la inteligencia artificial ha experimentado una expansión imparable, que ha revolucionado muchos aspectos de la vida cotidiana tal como la conocían las pasadas generaciones. Uno de estos aspectos, y el más revolucionario, ha sido en el ámbito judicial. Durante los últimos años, este sector presentaba un colapso, ya que, debido a la falta de jueces y al aumento de estos procedimientos, el tiempo de espera llegó a alcanzar los 10 años. Para acabar con este problema, los expertos en inteligencia artificial desarrollaron unos robots, programados para procesar todos los datos de un caso, determinar objetivamente la culpabilidad del acusado y asignarle la condena correspondiente. Este avance, ha supuesto una gran mejora del sistema judicial ya que, aparte de reducir considerablemente el tiempo de espera, permite juzgar hechos de manera imparcial y sin la influencia de ideologías y de sentimientos, lo cual era otra gran desventaja de los jueces humanos.
Uno de los juzgados con este sistema de jueces robot es el número 7 de Alicante, donde hace unos meses, se juzgó el caso de Silvia Fernández, una mujer que fue acusada tras haber robado medicamentos a través de internet con pagos falsos, todos ellos con un valor total de 100.000€. Silvia, acudió al juzgado acompañada de su hijo Carlos, de unos 10 años, quien llevaba un respirador sobre su pálido rostro. Una vez dentro, Silvia tuvo que pasar sola a una habitación, donde un robot le puso una serie de electrodos en sus brazos, para comprobar si decía o no la verdad. Minutos más tarde, entraba en la sala el juez, que, a pesar de tener aspecto casi humano, no lo era. Tras una serie de preguntas, Silvia admitió su culpabilidad. – me vi obligada a hacerlo, no tengo dinero y vivo sola con mi hijo, quien padece de una grave enfermedad y sólo esos medicamentos pueden hacer que siga con vida. ¡Por favor, déjeme en libertad! mi hijo me necesita, no tengo más familia y si me mete en la cárcel mi hijo acabará en un orfanato. – suplicaba Silvia entre lágrimas.
El robot, aplicando los criterios objetivos con los que había sido programado condenó a Silvia a 12 años de prisión. Al salir de la sala, Silvia abrazó llorando a su hijo, quien permanecía sentado en una silla esperándola, el abrazo fue breve, ya que, en cuestión de segundos, aparecía un robot que se llevó a Silvia arrestada sin siquiera dejar que se despidiera de su hijo.
Unas semanas mas tarde, Carlos, el hijo de Silvia, ingresó en el hospital, ya que su enfermedad se había complicado desde que entró en el orfanato debido a la falta de medicamentos. En el hospital, el médico que le trató le preguntó por sus padres, y éste le contó lo que le había ocurrido a su madre. El médico, al enterarse de lo sucedido, decidió hacer pública la historia de Silvia, que dio la vuelta al mundo y conmovió a miles de personas, muchas de la cuales decidieron hacer donaciones para poder comprar los medicamentos necesarios para Carlos.
Finalmente, el caso de Silvia fue revisado por jueces humanos y estos entendieron que la situación la había obligado a actuar así para salvar la vida de su hijo. Por lo tanto, decidieron dejarla en libertad con la condición de que realizara trabajos comunitarios durante unos meses como condena y le ofrecieron una ayuda para que su hijo pudiera recibir los medicamentos necesarios el resto de su vida.
A raíz de este caso, se decidió que todas las sentencias emitidas por robots debían ser posteriormente revisadas por un humano, ya que, a pesar de ser necesaria la objetividad en un juicio, también es necesaria la empatía para entender las circunstancias del acusado, cosa imposible para un robot, o por lo menos de momento.
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