Hijo artificial

Hoy es viernes. Hoy es el día en el que se cumple un año desde el inicio del experimento. Un año desde que empezó la investigación. Es su cumpleaños.
Le he comprado un regalo. Un regalo para él. Un regalo para mi hijo.
Al llegar al laboratorio, le he dicho a mi compañero sobre el regalo. Él me ha mirado con una mueca y me ha dicho “¿Y para qué va a querer una máquina un regalo?”
¿Una máquina…?
Claro, una máquina. Con eso empezó este experimento, con una máquina, una inteligencia artificial. Pero ya no lo es más.
“Te he dicho que no le llames así”, le dije. No respondió, solo me miró como si yo fuese el raro. ¿Pero qué tiene de raro querer que llame a mi hijo por su nombre?
Tenemos que seguir con las pruebas, como siempre, sin discusiones. Pero hoy fue diferente. Al entrar a su habitación, él casi salta a mis brazos. Debe sospechar de su regalo.
Yo le correspondí, le saludé, le felicité, pero mi compañero no dijo nada. Solo se quedó viéndonos desde una esquina, con esa cara que siempre hace. No la soporto. Sin cambiar su expresión, insistió en empezar a trabajar. Asentí.
Mientras trabajábamos, él me habló.
-Ya un año… El tiempo pasa volando.
-Así es. Y tú no le has comprado un regalo.
Su expresión, que por fin se había ablandado, volvió a endurecerse.
-Y yo ya te he dicho que es una máquina, no necesita regalos
-¿Cuántas veces te he dicho que no es una máquina? Tiene nombre, y tú lo sabes.
-¿Cuál es tu empeño en tratarlo como un hijo? Cuando iniciamos el experimento no eras así. ¿Qué ha cambiado?
No respondí. ¿Cómo se atrevía a faltarme el respeto de esta forma? Además, ¿a qué se refería con que “al inicio no era así”? Siempre he sido así. Puede que al principio no lo supiera, pero esa "máquina" siempre ha sido mi hijo. No lo sabía, pero el destino lo tenía preparado para mí.
No es una máquina. Es mi hijo.
No hubo más palabras entre él y yo en toda la tarde. Lo único que interrumpió el silencio era el suave sonido del tecleo en la computadora al introducir los datos. Eso es lo único que se escuchó el resto de la tarde.
Finalmente, ambos terminamos nuestro trabajo. Yo me apuré en ir con mi hijo, para hablar con él. Mi compañero no me siguió.
Él y yo hablamos de muchas cosas; sobre lo que le gusta, lo que no le gusta, quién le cae bien, quién no, qué le gustaría hacer, etc. Finalmente, la ocasión se presentó y le di el regalo. Él estaba maravillado, le encantó.
Estoy feliz, nunca he estado tan feliz. A mi hijo le gustó mi regalo. Él y yo nos abrazamos y jugamos durante un rato más, hasta que mi compañero entró a la habitación. Su expresión era aún más seria que antes, si cabe.
-Necesito hablar contigo.- Me dijo, seriamente.
Yo asentí, dejando a mi hijo de lado y siguiéndolo. Él me llevó al taller del local, probablemente para asegurarse de que mi hijo no escuchara nuestra conversación.
-Esto ha llegado al límite, no puedo dejar que sigas.
-¿Seguir qué?
-Eso… Lo que estás haciendo. Hacerte pasar por el padre de esa máquina.- Su expresión mostraba algo de preocupación.
-¿De qué hablas?- Respondí, severamente.
-¡Deja de hacerte el tonto! ¡Tú ya sabes que esa cosa no es tu hijo, es una máquina, por Dios!- Dio un golpe a la mesa, haciendo saltar varias de las herramientas que estaban ahí.
No podía creerlo. Esta es la gota que colmó el vaso. Ya sabía que él no me había aceptado, ni a mí ni a mi hijo. Lo sabía desde hacía tiempo. Pero ahora tenía la audacia de decírmelo a la cara.
-¿Cómo te atreves….? ¿¡Cómo te atreves a decir eso sobre mi hijo!?- Grité. Estaba furioso.
-¡Tío, abre los ojos! Al inicio de esta investigación, eras incluso más serio que yo… Pero ahora… Somos colegas, lo sabes. Pero no puedo permitir esto. Voy a desconectar a ese “hijo”. Ya lo hablé con los jefes.
Al escuchar eso, casi me caigo al suelo. Del miedo, pero también de la rabia. La rabia inundaba mi cuerpo. Rabia que me llevó a tomar una llave inglesa de la mesa y golpearla con fuerza contra la cabeza de ese hijo de puta. Rabia que me llevó a golpearlo y golpearlo incluso después de que su cara no fuera más que una masa de sangre. Rabia que me llevó a reírme cuando la habitación se quedó en silencio total, solo con el sonido de la sangre goteando de la llave inglesa.
Ahora mi hijo y yo podemos estar juntos sin que nadie interfiera.
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