AMOR QUÍMICO

Tres horas. Solo tres horas más para poder verle. Las reacciones químicas se empiezan a sentir. Las supuestas mariposas de mi estómago revoloteando sin parar. Obviamente estas mariposas eran inexistentes.

Todos saben que se debe a una falta de sangre en el estómago. Cuando nos encontramos en un momento de alerta, huida o peligro, nuestro cuerpo nos prepara para correr, segregando hormonas como la adrenalina. Enviamos sangre a los músculos y a los pulmones, para poder salir corriendo en cualquier momento. Nuestro estómago necesita más sangre de la que tiene y eso nos causa el característico revoloteo.

Pero yo me pregunto, ¿es el amor una situación de peligro? Contesto sin vacilar, con un rotundo sí. No será nada más allá de reacciones químicas en nuestro cuerpo, pero nos hace sentir millones de emociones indescriptibles. Unas bonitas, como la felicidad o la atracción. Otras no tan bonitas, como la dependencia, la tristeza y la ansiedad. Y otras tan alucinantes que no seré yo quien consiga ponerles un nombre.

Solo el hecho de que esa persona sea capaz de desencadenar toda esa serie de reacciones en mí me asusta. Me asusta mucho. Porque sé que yo no las desencadeno en él.

Porque sé que la dopamina que segrego cuando simplemente pienso en él, él no la segrega ni siquiera cuando estoy a su lado. Porque sé que el insomnio que me causa la norepinefrina es debido a que pienso en él antes de dormir. Porque la feniletilamina que otros segregan comiendo chocolate, yo la segrego cuando su mirada coincide con la mía, cuando me dedica una carcajada o una simple sonrisa.

A solo dos horas para poder verle otra vez, mi concentración es nula. No puedo atender a la clase de física y química. Sé que, cuando intente hacer los deberes, no entenderé nada, pero para un enamorado no entender nada es algo cotidiano. El profesor me pide amablemente que atienda a su explicación, pero me importa más cómo reaccionará cuando me vea que cómo reacciona el cinc al combinarse con el ácido clorhídrico.

Solo me queda la clase de matemáticas, el examen. He estudiado mucho, pero teniendo el folio delante, no puedo hacer más que resolver un par de ecuaciones sencillas y dejar en blanco el resto del examen. Me siento culpable por ello, ya que sé que tanto la profesora como mis padres esperan más de mi.

Decido fantasear con él, dando golpes en la mesa con mi boli y viendo las caras de estrés de mis compañeros al no poder resolver ese último problema que yo ni siquiera había intentado.

Por fin suena el timbre que indica que la clase se ha acabado y salgo disparada dejando atrás a mis amigas, que no han entregado el examen todavía. Llego al baño a la velocidad de la luz, 299.792,458 kilómetros por segundo y consigo retocarme un poco el pelo y el maquillaje.

Por suerte el laboratorio está muy cerca y consigo llegar antes que nadie. Sí, es la hora del recreo, pero él va a venir a preguntarle unas dudas al profesor, así aprovecharé para poder estudiar juntos.

Realmente nunca he tenido problemas en biología, nunca jamás bajaba del diez, pero eso él no lo sabía. Me entretengo mirando los especímenes de serpiente conservados en un tarro lleno de formol y me veo un poco reflejada: atrapada en mis sentimientos y sin ser dueña de mis actos.

También veo un par de fósiles y rocas que están allí expuestas para el alumnado de geología. Probablemente esas rocas expresan sus sentimientos más de lo que lo hace él.

Un ruido me despista y me hace girar repentinamente. Noto un chute de serotonina y una ganas incontrolables de acercarme a darle un abrazo, pero las reprimo sabiendo que no será recíproco.

El profesor aún no ha llegado, por lo que se sienta a mi lado y me saluda muy amablemente, haciéndome sentir la dopamina corriendo por mis venas. El profesor no aparece y decide preguntarme sus dudas, haciéndome saber que sí conoce mi entusiasmo por la biología.

Pasa el tiempo mientras le explico entusiasmada cómo se transmiten los genes gracias al ADN y noto que poco a poco se va acercando a mí. Se acerca mucho más hasta que noto que va a ocurrir. Y por fin, con ese primer beso, mi oxitocina se libera como nunca antes y me doy cuenta de que sí, el amor es química, pero entre nosotros hay más que eso.
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