Nada más que la verdad

–Papá, ¿qué es ci-en-ci-a?
–¡Shhh! ¡No menciones esa palabra!
–¿Por qué?
El padre cerró la puerta y bajó la persiana.
–¿Dónde has oído esa palabra?
–La he leído en un libro, y he mirado en el diccionario, pero no está.
–Porque esa palabra ya no existe.
–¿Cómo que no existe?
–Todavía quedará alguna pobre alma valiente que busque lo peor que un humano podría buscar, pero te digo yo que no serán muchas. Desde luego no tantas como para merecerse un nombre.
–Todo el mundo merece un nombre. ¿Qué buscan que sea tan malo?
–La verdad.
–Pero… eso no es malo, ¿no?
–Sí, hijo, sí. Porque a la verdad no le importa quién pregunte ni qué quiera. La verdad es lo peor que uno puede llegar a buscar.
–No entiendo lo que dices, papá, ¿por qué está mal decir la verdad?
–Porque mucha gente prefiere pensar que el mundo es como ellos quieren y no como es en realidad.
–Pues vaya tontería. Como si el mundo fuera a cambiar por eso.
–Precisamente. En otra época tú serías un gran científico.
–¿Un gran qué?
–Científico, alguien que se dedica a la ciencia, a descubrir la verdad sobre cómo funcionan las cosas, por qué el mundo es como es.
–¿Y no puedo ser científico ahora?
–No, hijo.
–¿Por qué?
–Te contaré una historia.
–¡Sííííí!
–Érase una vez un planeta, un mundo. En ese mundo había gente muy diferente a nosotros. También tenían dos ojos y dos brazos y dos piernas, pero vivían en un mundo diferente. Sus casas eran unos agujeros en las montañas y su comida tenía patas y corría a menos que la pincharan con un palo. Había muy poca gente en ese mundo y tenían mucho sitio para andar. Siempre iban de un lado a otro. Les gustaba explorar.
–¿Explorar?
–Sí, descubrir cosas nuevas. Les gustaba ver mundo. Pero no entendían lo que veían. No sabían por qué llovía o por qué de noche había puntitos brillantes en el cielo, así que se inventaron las explicaciones. A la gente le gustaron esas explicaciones inventadas y se las creyeron y se las contaron a sus hijos durante mucho, mucho tiempo. Hasta que llegó una nueva generación de personas en nuevos tiempos. A ellos no les valían las explicaciones inventadas y creídas durante miles de años.
–¿Miles de años? Eso es mucho tiempo.
–Sí, hijo, así era el mundo. Pero luego vinieron los científicos y las científicas, y lo cambiaron por completo. Ahora ya no se creían las ideas sin más, sino que se ponían a prueba, y las que no pasaban los exámenes se quedaban fuera. Pero la gente ya creía saber cómo funcionaban las cosas, y ahora vienen estos tres chiflados, cada cual más raro y les decían que todo lo que sabían era mentira y que en realidad no sabían nada. La gente los odiaba.
–¿Pero por qué? Si solo decían la verdad.
–La gente prefiere creer mentiras agradables que enfrentarse a la dura verdad. Y, como si la desinformación fuese poco, apareció la gente que decía estar buscando la verdad pero en realidad solo quería reforzar los prejuicios.
–¿Prejuicios?
–Lo que crees saber sobre alguien antes de conocerlo.
–¿Y eso es malo?
–Mucho, porque hace que no veas a otras personas como iguales sino como inferiores.
–¿Inferiores?
–Que valen menos.
–¿Y por qué valían menos?
–No valían menos, pero los demás hacían como que sí, hasta que se lo creían.
–Qué mal.
–Sí, era horrible. Pero estaban los científicos, y las científicas, que eran gente muy valiente que buscaba la verdad y quería hacer del mundo un lugar mejor, que la gente fuese más feliz, pero no para ser famosos, ni ricos, solo querían que el mundo mejorara. Emprendieron una cruzada épica contra todo lo que la humanidad pudiera echarles encima, y fueron muy valientes (y cabezotas), pero al final los humanos demostraron por qué tienen la fama que tienen: cuando ya tuvieron lo que querían, los echaron y se dedicaron a hacerles la vida imposible.
–Esos científicos… ¿eran como mamá?
–Mamá era una gran científica.
Alguien aporreó la puerta.
–Señor, abra la puerta o la tiraremos abajo.
El hombre salió.
–Queda detenido.
–Papá, ¿qué pasa?
–Nada, hijo, tú tranquilo.
–Eh, tú, si vas a detener a los que se atreven a decir que sois unos ignorantes desagradecidos, puedes empezar por detenerme a mí– era la vecina, que lo había oído todo a través de la pared, y se lo había retransmitido en directo a todo el edificio.
–También podéis detenerme a mí.
–O a mí.
–Agente 85364713, solicito refuerzos. Tenemos el posible inicio de una micro-revolución.
Pero no era una revolución, era un resurgir. El resurgir de la verdad.
  • Visites: 30