EL AMOR QUE MATÓ AL HOMBRE

Era un domingo por la mañana, soleado. El reloj marcaba las doce y en la calle sonaban campanas de fiesta. La plaza de la iglesia estaba a rebosar de matrimonios que fingían ser felices y niños que correteaban con sus ropas de marca recién estrenadas.

Narciso Vadillo los observaba desde la ventana de su estudio, situado en el quinto piso de un edificio de escaleras chirriantes y vecinos de humor complicado. Apretando los puños comprobaba cómo aquellos patéticos pueblerinos creían que sus míseras vidas tenían algún tipo de relevancia en el mundo. Eran unos seres mediocres que estaban condenados al olvido. No había nada que Narciso detestara más que la ingente ignorancia que poseían las gentes de aquel pueblucho.

Se alejó del cristal y bajó la persiana con un tirón iracundo, provocando un estruendo metálico. Dejándose caer en su silla de madera, decepcionado y molesto, se preguntó por qué dejaba que las nimiedades como aquella le afectaran. Se tuvo que recordar que él no era como ellos; que él era diferente, un ser aventajado que en nada se asemejaba a aquellos individuos ordinarios y corrientes.

Abrió el segundo cajón de su escritorio con esfuerzo, era viejo y le faltaba aceite. De su interior sacó un destornillador con el mango desgastado y una caja de tornillos pequeños. Los dejó con delicadeza sobre la superficie de madera, ya algo más calmado. Trabajar era lo único que le ofrecía consuelo frente a la realidad inevitable de una sociedad decadente.

Se giró hacia su proyecto, una obra maestra de acero y estaño, dispuesto a ofrecerle sus últimos detalles. Era el proyecto de su vida. Un robot idéntico a él. En él guardaría su alma. Así el mundo podría disfrutar de su mente brillante durante toda la eternidad. Su cuerpo moriría, pero su esencia quedaría dentro de aquel robot. Su mente inmortal quedaría congelada para siempre y nadie notaría la diferencia, porque era idéntico a él.

Tardó años en diseñar aquella obra. Pero ahí estaba. Era como mirarse en un espejo metálico.

Ese sería su regalo a la humanidad. Algo que probablemente no mereciera ni supiera apreciar; pero se mostraba incapaz de privar a las futuras generaciones de un talento como el suyo. De un don incomparable. Su virtud habiendo adquirido plasticidad.

Sonrió, colmado de felicidad. Sería más rápido e inteligente que la guadaña. Rio. Sería más listo que la muerte. Más listo que las leyes de la física y del tiempo. Las burlaría todas.

Separándose de él, contempló su majestuosidad y perfección; y no pudo evitar acariciarle con las manos temblorosas la placa lisa y plateada que hacía de mejilla, en un gesto íntimo y lleno de dulzura.

Nunca había experimentado una sensación semejante a aquella. ¿Era amor? Nunca había sentido amor por nada ni nadie. Aquella era la primera vez. Y lo sentía… ¿hacia sí mismo?

Estaba enamorado. Sí, de su propia imagen, pero, al fin y al cabo, era amor.

Deslizó la mano, bajando por su cuello, hasta llegar a la zona donde (si lo tuviera) estaría situado su corazón.

No lo pudo evitar. Se dejó llevar por sus emociones y le confirió un apasionado beso. Un beso de amor sincero. Un beso eterno. Sintió la gelidez del metal del que estaba hecho el humanoide en sus labios, pero pronto esa gelidez se convirtió en fervor.

Tanta efusividad emanó que, sin percatarse, le propinó un leve empujón a su, por ahora, inánime amado, pero que fue suficiente para que se desplomara estrepitosamente, chocando de forma atronadora contra el suelo de su estudio, y fracturándose en cientos de diminutas piezas metálicas.

Y todo por su culpa. Él era el causante de la muerte de su amor. No se lo podría perdonar nunca.

El contacto de la electricidad procedente de los circuitos internos de la, ahora fragmentada, obra con una de las tablas del suelo de su estudio carcomida por las termitas, culminó en una bola de fuego incandescente que extendía su dominio por la habitación.

Narciso suspiró y se dejó caer de rodillas, mientras observaba sin inmutarse la catástrofe que acababa de provocar. No pudo (o no quiso) hacer nada por evitarlo.

El fuego llegó hasta él, primero por su pantalón de algodón y luego por su camisa blanca. Y mientras que inhalaba el olor agrio del fracaso, y al igual que en el mito griego de Narciso y Eco, Narciso Vadillo moría por su propio reflejo, y con él sus esperanzas de tener una vida inmortal.
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