Cambiando el rumbo

Me sentía como si estuviera en el espacio. Mirara donde mirase, todo me parecía igual. Si
miraba hacia abajo todo era negro, si miraba hacía arriba también y si miraba a mi alrededor
sólo veía una gama de colores oscuros. Lo único que veía era nada, absolutamente nada.
El aire entraba en mis pulmones con dificultad cuando a lo lejos escuché un efímero sonido.
- La encontré - dije por el walkie talkie que colgaba de mi hombro. En ese momento, una
especie enorme apareció ante mí, la bella ballena que encontré sin cola hace unos meses
varada en la playa, empezó a dar vueltas a mi alrededor por lo que supuse que me había
reconocido. Me sentí realizada con mi trabajo cuando la vi tan feliz, tan llena de vida y
alegría. Quien iba a pensar que aquel animal iba a sobrevivir después del ataque violento
de un par de orcas y que me presenté voluntaria a crear una nueva cola mecanizada para
que pudiese volver a su hábitat después de que me dijeran que la iban a sacrificar.
Por supuesto, no fue un trabajo fácil. Nunca había hecho prótesis para animales y mucho
menos para uno tan grande, aunque para mi sorpresa, conseguí una forma de que las fibras
de su cuerpo se conectaran al implante.
No mucho tiempo después, los biólogos marinos y unos veterinarios exóticos me ayudaron
con la cirugía y todo salió como lo esperado. Poco a poco, la ballena se fue acostumbrando
y aunque al principio prefería quedarse quieta porque le resultaba incómoda, en sus ojos
veía el ansia de volver al mar, de tener todo el espacio para ella. Por lo que así ocurrió, la
llevamos al mar y su voz me hizo deducir que estaba agradecida con todo el trabajo duro.
Unos meses después me dijeron de realizar una revisión médica submarina de la ballena y
claramente no me lo pensé ni dos veces para decir un sí con seguridad. Y aquí me
encuentro, con lágrimas en los ojos al escuchar un sonido mucho más agudo a lo lejos
dándome a entender que el precioso animal había tenido una cría. Esta se acercó a mí y su
madre le expresó el cariño que me tenía y que yo no era ningún enemigo.
La cola estaba en perfecto estado, los tornillos y el metal se veían bien y no parecían
haberse dañado de ninguna manera. La verdad, hubiese preferido haberme quedado allí
durante horas pero mis compañeros desde la superficie me estaban dictando que volviese a
la superficie en cuanto pudiese puesto que el oxígeno de mis tanques se estaba acabando.
El mecanismo que yo misma había diseñado se activó y creó un flujo de agua que me
propulsó rápidamente a la superficie donde se encontraba el barco al que me subí. Mis
compañeros empezaron a aplaudir, todos estábamos emocionados por estos meses de
arduo trabajo y horas de sueño perdidas solamente para ayudar a un animal de los millones
que existen en el mundo. Yo no sabía que este caso era más común de lo que pensaba y
posiblemente fue y será la tarea más valiosa de las ochocientas que suelo hacer al año.
Vivo en el 2050 y aprecio que las tecnologías hayan evolucionado para bien. Mis abuelos
tenían mucho miedo de que los robots dominaran el mundo y que nos quitasen el trabajo a
las futuras generaciones como me solían contar cuando era pequeña. Eso sí, vivo entre
tecnología, ya sea con los robots que me hacen la comida, los aerodeslizadores que me
llevan de un lado a otro o los que me ayudan a programar nuevos organismos tecnológicos.
No sé lo que va a pasar en el futuro, si nos quedaremos sin hogar, sin trabajo, sin comida
por la contaminación, pero lo que sí sé, es que realmente esa ballena me cambió la vida.
Hice la carrera de ingeniería biomédica con el propósito de diseñar nuevas prótesis para
humanos aunque me pareció mucho más interesante el ambiente marino. Así salí de mi zona de confort y empecé a hacer prótesis para delfines, focas, tiburones y otros grandes
animales de los que me siento gratamente orgullosa.
Hay que decir que me esforcé muchísimo para llegar donde estoy ahora y tuve que estudiar
cada pequeña parte de todos los animales que me podría encontrar heridos. Ahora soy jefa
del departamento de ingenieros biomédicos acuáticos y a mucha honra. Nunca una mujer
había llegado tan alto y aquí estoy, dando una conferencia internacional sobre el próximo
plan para ayudar a un narval que nació sin aletas. Yo decidí llegar aquí y no me arrepiento
de nada de lo que he hecho, sigo inspirando a nuevas generaciones y sigo salvando vidas
de animales que para mí, tienen el mismo valor que una vida humana.
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