Planeta nuevo, vida nueva.

Cuando era jóven, vivía en la Tierra, pero gracias a mi afición y mi deseo de poder ir al espacio algún día, ya no he tocado mi planeta de origen en más de 20 años.
Lo que ocurrió fue que cuando acabé el bachillerato tenía clarísimo lo que quería estudiar: astronomía e ingeniería espacial. Quería ser astronauta.
Una vez acabadas las dos carreras universitarias (con matrícula de honor en astronomía), rellené un formulario de la NASA para solicitar un puesto de trabajo. Al cabo de un par de días me veía en el aeropuerto de Manises (Valencia), dentro del avión que me llevaría directo a América.
El vuelo duró aproximadamente 10 interminables horas. Una vez llegado el avión al estado de Florida (EEUU), me dirigí a Cabo Cañaveral, que es donde despegan los cohetes de la NASA. Nada más llegar a un hotel cercano a la plataforma de despegue, recibí una llamada urgente de un alto jefe de la empresa para la que ya trabajaba, diciéndome que en 32 horas despegaba un nuevo cohete de prueba fabricado en Canadá, que yo sería su piloto principal, y que me presentaría a mi compañero de vuelo.
No me quedó más remedio que aceptar el ofrecimiento. Lo hice porque para eso había venido desde tan lejos, aunque sabía que en el despegue podía explotar la nave haciéndome estallar por los aires causándome la muerte. Pero fuí optimista y no pensé más en eso a lo largo del despegue.
Cuando íbamos subiendo en un ángulo agudo de 63º, con una altura de 450 km aproximadamente (entre la Termosfera y la Exosfera), mi compañero sufrió un paro cardíaco debido a la presión y a la gravedad aumentada por culpa de la velocidad y la altura. Resultaba que él no había acumulado las necesarias y suficientes horas de vuelo.
No me quedó más remedio que continuar mi misión y dejar el cadáver en un habitáculo de la ISS (International Space Station). Me costó dormir debido a la tristeza que sentía, pero doce horas después de mi enganche con la ISS me tocó alejarme aún más de la Tierra. Una vez alejado completamente del planeta, tenía como destino la otra parte de la galaxia. Salté a la velocidad de la luz durante un buen rato, que equivale a muchos millones de kilómetros y nada más volver a la velocidad normal establecida, lo apunté y comenté en mi videoblog.
Una vez llegado al otro extremo de la galaxia, perdí la señal con la central de la ISS y la NASA. Me empecé a asustar. Después de eso casi me desmayo al ver una antena de ondas de radio. Era increíble ver inteligencia en un lugar desconocido, casi imposible, a no ser una especie perdida o algo así. Me acerqué con la nave y aterricé en esa tierra rara con tonos anaranjados. Ví a un grupo de humanoides que estaban manipulando la antena y les pregunté por la pérdida de la cobertura. Me dijeron que lo habían hecho adrede para que no los pudieran localizar los de mi especie, lo cual significa que desde hacía ya un tiempo me estaban siguiendo y espiando.
Los humanoides esos me parecieron majos, les pregunté su nombre, me contaron toda su historia y me dijeron que adivinara su nombre. No dudé mucho, tenía clarísimo quiénes eran: los descendientes de los habitantes (ya no) perdidos de Atlantis.
Me surgieron muchas dudas, pero preferí guardármelas. Ellos me enseñaron su “polis” y me dijeron que tenía dos opciones: o me mataban o me quedaba a vivir con ellos. La respuesta la tuve clara: quedarme a vivir con ellos. Me enseñaron su dialecto ancestral, sus costumbres y en un par de “calendarios” ya me integré en su sociedad y forma de vida. Era uno más. Me tuve que cambiar de nombre y apellidos por la religión y me pasé a llamar: Kleitô, que significa renovado.
Con la ayuda de un par de amigos conseguí que en la Tierra me dieran por muerto, para que de ese modo pudiera quedarme a vivir con ellos y no me intentaran rastrear desde el planeta artificial llamado M4rt3.
Mis amigos se llamaban Atlas, Eumêlos, Gadeira y Leukppêi. Son los que estaban manipulando al principio la antena principal de “radio”. Los cuatro eran muy buenos en ingeniería. Se podría decir unos manitas. Además me enseñaron una nueva forma de ahorrar energía: unir todos los cables de electricidad de la comunidad en uno, que acabara en un transformador de alta capacidad y colocar placas solares absorbiendo la luz de grandes estrellas como Algol o Algenib, que se encontraban en el brazo de Perseo, en la otra punta de la galaxia desde la Tierra.
Así es como me cambié de planeta y viví feliz, en un mundo nuevo (para mí), mejorado.
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