EL FÓSIL DE LA SALA 22

Un rayo de luz que se desliza entre las persianas me acaba despertando. Echo un vistazo al móvil todavía con la vista nublada y compruebo que ya son las ocho y media pasadas. Es sábado 24 de enero y agradezco por fin tener un día libre. Me doy la vuelta somnolienta entre las sábanas y me permito volver a cerrar los ojos unos minutos más. El estridente sonido del teléfono rompe la paz. Desorientada, entreveo un número desconocido en la pantalla.

-Hola, buenos días, ¿con quién hablo?
-Policía Federal, necesitamos de inmediato que se persone en el Museo Neandertal de Mettmann. Hemos intentado contactar con más miembros de la Policía Científica, pero se encuentran de servicio en Düsseldorf. Es urgente.

La llamada finaliza sin despedida alguna y me froto los ojos. Me incorporo de la cama y comienzo a vestirme torpemente. Aunque me molesta tener que trabajar en mi día libre intento relativizar. Lo cierto es que desde que ingresé hace tres meses en el cuerpo siempre he esperado que se me asignase un caso de principio a fin. Normalmente, suelo archivar pruebas y llevar a cabo papeleo administrativo. La idea de llevar un caso propio me seduce. Absorta en estos pensamientos subo a la moto y, sin darme cuenta, ya casi estoy en el museo. Cuando me quito el casco reparo en unas cintas que precintan la entrada principal del edificio y percibo la actividad frenética de periodistas, policías y curiosos. Me recibe un hombre con la inconfundible voz ronca de la llamada telefónica. Me hace un gesto para que le siga y nos abrimos paso entre la muchedumbre que se agolpa a las puertas. Entramos en el museo y, a diferencia del exterior, todo parece estar tranquilo.

-Agradezco enormemente su disposición. La he llamado porque esta noche un individuo ha logrado acceder al interior del museo y robar los fósiles de la sala 22. Están valorados en más de 150 millones de euros. Por lo visto se las ha ingeniado para desactivar el sistema de alarma del museo. Afortunadamente la cámara del parking ha captado su huida.

Llegamos a una vitrina vacía en la que se exhibía, según me explica, probablemente uno de los fósiles mejor conservados de Alemania. Recojo del suelo una etiqueta. En ella, escrito en letra cursiva, se lee: “Homo neanderthalensis; 150.000 aC; hábitat: cuenca del río Düssel”. Al alzar de nuevo la vista mis ojos se topan con el soporte metálico vacío que hace menos de veinticuatro horas sostenía el esqueleto de aquel homínido.

Procedo a analizar la vitrina. Me pongo los guantes y paso un bastoncillo en busca de restos biológicos. Pasa una hora cuando doy con un cabello grueso y oscuro en el interior. Me lo llevo al laboratorio y extraigo de la zona proximal unas células nucleadas que contienen ADN. Una vez con los resultados, compruebo en el ordenador si el ADN obtenido se encuentra en la base de datos. Al cabo de unos segundos, un pitido agudo indica que el ordenador ha encontrado una persona con un índice de coincidencia en la secuencia de ADN del 99,9%. ¡Lo tengo! Se trata de un varón de treinta años. No tiene antecedentes y, afortunadamente, aparece su dirección. Así se lo comunico al comisario jefe y rápidamente se moviliza un numeroso grupo de policías. Me ofrecen acompañarles y me monto en uno de los coches patrulla.

Se ha hecho de noche y hace el frío propio de un invierno de Mettmann. Llegamos a la dirección del sospechoso, a las afueras de la ciudad. Salimos sigilosamente del vehículo y escuchamos un sonido seco y repetitivo, como si este marcase el ritmo de la banda sonora de una película de terror. Uno de los policías señala el jardín de la casa y todos los presentes distinguimos la silueta de un hombre robusto y de corta estatura enterrando un objeto alargado. No puedo evitar pensar que se trata de un fémur del fósil.

-¡Deténgase inmediatamente! ¿¡Qué demonios está haciendo!?- Grito nerviosa.
-Todo el mundo merece una sepultura digna. Un museo no es lugar para pasar la eternidad- Replica el desconocido.
-¿Está usted loco? ¡No se trata de los restos de un ser humano, sino de un valiosísimo fósil con más de cien mil años de antigüedad! ¡Los neandertales se extinguieron hace 40.000 años!

Ante la desconcertante escena, ilumino al individuo con mi linterna. Descubro un rostro tosco con frente huidiza, cejas salientes y nariz ancha y prominente. Un escalofrío me recorre la espalda. Me mira fijamente y murmura jadeante:
-¿Extinguidos…? Y eso… ¿Quién lo ha dicho…?

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