¿Y por qué no?

Hola, soy Luna. Luna es el nombre que me asigné a mí misma ya que, al no haber conocido a mis padres, no me pudieron poner nombre. Vivo en el orfanato Casa de Amor junto a mi pequeño hermano Leo. Nuestra historia no es lo más bonito o tierno que habréis escuchado, sin conocer a nuestros padres, viviendo en condiciones aceptables pero con falta del amor incondicional que cualquier niño necesita. En el orfanato trabajan cinco mujeres que nos cuidan, dos guardias de seguridad en la puerta y dos conserjes. Ninguno de esos nueve adultos siente el más mínimo aprecio por ninguno de nosotros, por lo que los niños mayores del orfanato cuidan a sus hermanos pequeños o a otros niños de temprana edad como si fueran sus padres, teniendo que entregar su infancia a cambio de ver a los pequeños felices.
Después de años siguiendo órdenes de esas antipáticas señoras, todos estábamos ansiosos por conocer el mundo exterior, pero no saliendo al patio veinte minutos al día, como solíamos hacer, sino pudiendo dormir bajo las estrellas, pudiendo admirar los distintos astros o pidiendo deseos a cada estrella fugaz que viéramos pasar. Prácticamente todos estábamos muy interesados por la astrología, ya que el único libro que no era de estudio era uno sobre los misterios del universo. Hablaba sobre el Big Bang y otras teorías de la creación del universo. Contaba lo diminutos que éramos en comparación a el tamaño de ese enorme espacio, hablaba de galaxias y montones de planetas con nombres formados por letras y números que parecían haber sido puestos al azar, estrellas que se unían con líneas imaginarias creando figuras llamadas constelaciones y muchas otras cosas que nos resultaban muy interesantes. Nos gustaban tanto que de ese libro sacamos nuestro nombre Leo y yo.
Visto lo psicológicamente mal que estábamos en aquel orfanato decidimos entre todos que no sería así la vida que tendríamos que vivir hasta tener suficiente edad como para vivir por nuestra cuenta. Después de hablarlo varias veces, decidimos escapar. Algunos niños no querían irse, yo a todos les decía “¿y por qué no?” ante esa pregunta, los niños reflexionaban por un par de minutos y llegaban a la conclusión de que permanecer allí no sería nada bueno para ellos.
Una vez que todo el mundo estuvo convencido del plan solo quedaba organizarnos y pensar en cómo esquivar a esos dos corpulentos guardias. Después de unos pocos minutos de pensar todos en silencio, la niña más callada de todo el orfanato gritó “¡Ya se! Esos adultos solo están preparados para evitar que un solo niño escape. ¡No están preparados para que todos lo hagan!”
¡Claro! A nadie se le había ocurrido esa idea, sin duda les superábamos en número y en agilidad. Solo falta conseguir comida para el camino y por fin seremos libres.
Al niño al que tomábamos por el menos inteligente dijo que deberíamos distraer a las cuidadoras tirando una mesa llena de comida “accidentalmente” para que las cuidadoras riñeran a los culpables, los guardias fueran a ver que ruido había sido ese y los conserjes tuvieran que recoger todo, además de que las cuidadoras, que eran quienes cocinaban tuvieran que volver a preparar la comida, en lo que usualmente tardaban más de una hora. Mientras todos los adultos estaban entretenidos, los niños mayores cogerían toda la comida necesaria mientras que las niñas mayores sacaríamos al resto sigilosamente. Los niños que se habían ofrecido voluntarios para tirar la mesa tenían entre diez y once años y eran muy conscientes de que serían los que tendrían más posibilidades de no poder escapar junto al resto, aun así, decidieron correr ese riesgo por su gran deseo de libertad. Teniendo en cuenta que el orfanato estaba en medio del campo teníamos pros, como el hecho de que no nos detuviera la policía y contras, como lo que todos nos preguntábamos “¿dónde iremos?”. Debo admitir que estábamos asustados, pero el deseo de la libertad fue mayor que el miedo y nos lanzamos a la aventura. Tiraron la mesa, todo ocurrió como estaba planeado, menos el hecho de que una cuidadora nos vio, pero también habíamos pensado que eso podría ocurrir. La inmovilizaron los niños más altos y fuertes y la dejaron atada a un árbol con la boca tapada. Evidentemente, seguía respirando, no habíamos perdido la cabeza, o al menos no por completo.
Corrimos sin parar, al mirar hacia atrás vimos a dos cuidadoras gritando que volviéramos, pero ya era tarde, ya éramos libres.
A partir de ahí nunca perdimos el contacto entre nosotros y todos terminamos volcándonos totalmente por el espacio.
Muchos dicen que mi historia no es real y yo solo les respondo “¿Y por qué no?”
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