Aldea 56

Antes de despegar, Abel aprovechó para echar un último vistazo por la ventanilla de su derecha. Solía sentir morriña antes de cada viaje espacial.
Pero al asomarse, la pena le duró poco, pues vio la misma imagen de siempre: un suelo árido y seco que el sol abrasaba día a día, ¿a esto se le podía seguir llamando Tierra?
Pensó, por un momento, en aquel planeta que había sido hogar del ser humano durante 230.000 años y que, aquel día del año 2550, se disponía a abandonar temporalmente.

Apoyó la cabeza en su asiento, y cerró sus oscuros ojos. Notaba las fuertes vibraciones del cohete y, enseguida, escuchó el sonido de despegue. El corazón se le aceleró. Ver la base espacial alejarse le hizo aferrarse aún más a su asiento.

Al menos, el traje espacial le hacía sentir seguro.

Y pasados siete minutos, el joven supo que ya estaban en órbita al ver sus pies elevarse involuntariamente.

- ¡Caray!, ¿te eligieron representante de Francia para las relaciones interespaciales sabiendo que temías los despegues? - Escuchó una voz pícara en el asiento de su izquierda - ¿Cómo te han dejado participar en la misión, colega?

Súbitamente abrió los ojos sin poder creerlo. Se volvió hacia el compañero que se había sentado a su lado.

- Oh venga, ya me conoces. - rio Abel mientras observaba la bandera pintada en el hombro de su compañero, la de España - Bueno… al menos yo no tuve que repetir la prueba de la centrifugadora cinco veces, Chris

Su compañero rodó los ojos.
Abel y Christian habían sido buenos amigos desde la academia de astronáutica. Los dos presentaban los mismos rasgos que poseía la mayoría de humanos terrícolas: tez morena y ojos oscuros. Pero aún así, eran muy diferentes.

“La evolución es muy sabia” había dicho su abuelo una vez "ha adaptado a los humanos a las altas temperaturas del planeta. Gracias a la presencia de melanina, es más fácil sobrevivir sin contraer enfermedades en la piel”

A continuación, Abel observó su alrededor. Todos los países de la Tierra (unos cincuenta debido a anteriores alianzas) eran representados por los mejores astronautas. Y éstos habían sido seleccionados, tras años de pruebas, para la
primera gran reunión interplanetaria. Nada más ni nada menos que entre la Tierra y Marte.

Esto era debido a que, hacía unos 500 años, se había enviado a unas setenta personas al planeta rojo (después de verificar que fuera habitable) para colonizarlo.

Así que, después de separarse, las dos poblaciones consiguieron comunicarse mediante mensajes dentro de cápsulas espaciales. Y, parte de la información trataba de la Esperanza de Vida, el sistema político que habían desarrollado, la aclimatación de animales y plantas importados de la Tierra, evolución del idioma, cambios genéticos…

Aquello último era lo que más le interesaba a Abel. Pues había oído hablar sobre lo diferentes que eran los marcianos de los terrícolas actualmente, y eso que habían formado una misma población hacía tiempo.

Y en cuanto al idioma, se sabía que los pioneros en ir a Marte fueron obligados a aprender esperanto: una lengua artificial al alcance de todos.
Así que en aquellos momentos, Abel y sus compañeros se encontraban repasando el lenguaje entre ellos. Sobre todo, conversaba con la representante de Egipto, quien dominaba el acento a la perfección.

Y, al cabo de lo que parecieron ocho horas terrestres, la nave aterrizó sobre Marte.

Enseguida, todos los representantes se ordenaron, según el protocolo, para bajar de la nave.
Abel notaba cómo, a su lado, Cristian intentaba controlar su nerviosismo graduando la temperatura del traje, una y otra vez, para no sufrir un shock debido a los -50 °C del planeta.
Entonces, les llegó el turno: Brasil, Francia y España fueron los últimos en salir.

Al poner un pie en la arena roja por primera vez, el francés fue consciente de lo lejos que se encontraban de su árido planeta.
Y, al echar un rápido vistazo, los ojos se le abrieron como platos: todo estaba cubierto de árboles con frutas de vivos colores y de animales extraños. Christian ahogó un grito cuando vio salir de entre un arbusto a un ratón lanudo del tamaño de una oveja.

Las únicas estructuras artificiales visibles eran unas casas en forma de iglú.

De pronto, una figura emergió de la entrada de uno de los hogares. Nadie pudo ocultar su sorpresa al ver a una mujer altísima y algo robusta dirigirse hacia ellos. Su piel era de un tono azul verdoso, y su pelo, blanco. Además, vestía con solo una delgada parca a pesar del frío.

Inesperadamente, más personas con su mismo aspecto se fueron reuniendo. Los niños los observaban con curiosidad, seguramente preguntándose por qué tenían la piel oscura.

- Saludos, terrícolas. - habló la mujer en un perfecto esperanto - Soy la líder de la aldea 56 de Marte. Bienvenidos
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