La última misiva de Jakob

Él se sentía impotente, se le había vuelto costumbre ver la muerte cada día. Incluso ellas mismas, las parturientas, tenían miedo de los médicos, y no las culpo.
Todo empezó en la facultad; nos habían enseñado que la enfermedad era un desequilibrio de los cuatro humores del cuerpo humano, sangre, flema, bilis negra y bilis amarilla. Aunque nosotros no nos sentíamos totalmente cómodos con esta teoría la habíamos aceptado. Hasta que comenzamos a ejercer y tuvimos que lidiar con una enfermedad que se daba con más frecuencia cuando las mujeres eran atendidas por médicos. Ahí empezó la observación de nuestro protagonista, en cambio yo siempre he sido más distante y he preferido separar mis emociones del trabajo para no desanimarme. Preocupado por su salud mental, le pedí que no fuese tan obsesivo con las cosas y en todas las oportunidades que tenía intentaba cambiar de conversación y pasar a un tema más trivial para que se pudiese evadir de la mera realidad, pero aun así lo sentía ausente.
Un día, mientras terminábamos de comer, un enfermero nos interrumpió a voz en grito, para notificarnos que había habido un parto callejero enfrente del hospital y que se le necesitaba para examinar al bebe.

Los partos callejeros se habían vuelto muy habituales ya que las embarazadas no querían ingresar en la clínica y preferían parir en cualquier otro sitio. Después de un tiempo de medir la tasa de mortandad materna en su clínica y en la calle, él quedó sorprendido al ver que la callejera era inferior. Su desgracia fue a más; cada vez que fallecía una de sus pacientes venía enseguida a la sala de autopsias para cotejar los resultados de la necropsia con nosotros. A los forenses, al principio nos emocionaba que bajase un médico interesado en nuestro trabajo. Pero luego nos era una carga, nos pedía hacer análisis de una cosa sí y de otra también. Luego venían sus decenas de preguntas sobre si habíamos analizado bien y si seguíamos el protocolo de pe a pa. Nos pedía teorías sobre cómo podríamos explicar este fenómeno. Yo no me había parado a pensarlo pero le sugerí que podía deberse a un mayor hacinamiento en el pabellón. Se quedó dubitativo durante unos minutos hasta que sin decirme nada se marchó. Al día siguiente, no lo volví a ver. Fue un alivio para mí, su angustia me transmitía desasosiego, pero al fin podía estar tranquilo. Sin embargo, horas después me preocupé, ¿estaría todo bien?. Decidí ir a charlar con sus compañeros. Me contaron que se había ido de vacaciones porque se hallaba decaído y parecía que cada vez que moría un paciente se le iba la vida un poco. Pensé, menos mal que se ha ido, ahora puedo centrarme en mis cosas, es decir, mi clase. La práctica de hoy consistía en ir con los discípulos a la morgue para realizar una autopsia sobre un cadáver. Lo primero que les quise enseñar fue a usar correctamente el bisturí, después nos centraríamos en ver la causa de la muerte.
Me gusta atender personalmente a cada alumno para que todos se vayan con la lección aprendida; a veces había que acercarse al estudiante para enseñarle paso a paso. Desgraciadamente uno de ellos se despistó y en vez de hacer una incisión transversal, la hizo pararrectal. Había destrozado el soma, enfurecí, le sugerí que me pasara inmediatamente el bisturí. Se puso nervioso, y yo, sin fijarme, pensando en que me iba a pasar primero el mango que el filo, sucedió lo peor, me corté. No sabía que esa iba a ser mi última clase, en la cual había humillado a un chico delante de todos; no pude pedirle perdón ni despedirme de ellos. Había contraído una afección que tiempo después me dejaría postrado en la cama.

Escribo esta carta para despedirme de mis alumnos y especialmente de aquel pobre muchacho. No obstante lo que más me inquieta es mi querido amigo Ignaz. Espero que estas vacaciones le hayan ayudado para despejar el espíritu y confío en que deje atormentarse por los misterios irresolubles.

PS.

Quiero legar este escrito para que quede constancia de mi preocupación por Ignaz e incluso de la necesidad de recluirle en un manicomio.

Hospital General de Viena
12 de marzo de 1847
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