Décimas de segundo

Era el momento más decisivo de su vida. La vida de todos y cada uno de nosotros estaba en sus manos. Se paró a pensar como había llegado hasta ahí, todo lo que había tenido que sufrir. Se obligó a cerrar los ojos y pensar en Bob. No quería revivir el momento, esa mezcla de impotencia y tristeza, cada vez que pensaba en su gran amigo, que se quedó en el camino, sin que él pudiera hacer nada, solo mirar como aquella persona se iba desintegrando, como su vida llegaba al límite. Tan solo esa mirada que le permitió ver como todas y cada una de sus células se coordinaban en una especie de despedida. Una fracción de segundo, en la que visualizó como las comisuras de sus labios se inclinaban hacia arriba, y entre esperanza y dolor, le susurraba - Hazlo, Tom, acaba con esto, y sé el héroe que siempre quisiste ser -. Bob tenía razón, tenía que centrarse en el presente, en lo que le tocaba enfrentarse, su objetivo, el destino que le había tocado. Abrió los ojos, y miró a esa máquina, como una cosa tan pequeña e insignificante podía destrozar un planeta, y a cada uno de sus integrantes. Pensó en aquella máquina como un virus, al que tenía que exterminar, o de lo contrario se expandiría por los tejidos del planeta, los bosques, las praderas, las montañas, las playas hasta llegar a las células, tu vecino, tu peluquero, tu gran amigo, tu hermano… La máquina, un diseño perfecto para detener los latidos de la Tierra. Pero Tom era el anticuerpo de la humanidad, la cura del Apocalipsis. Tenía que conseguir que el núcleo de la Tierra siguiera bombeando sangre a todos sus órganos, a Estados Unidos, a Inglaterra, España ... Ese virus era horrible, capaz de alterar todo el progreso de la Humanidad, desde el descubrimiento de América, las leyes de Newton y el hallazgo de la penicilina, hasta la llegada del hombre a la luna, o el desarrollo de las tecnologías. Un virus que lo que toca destroza, que en lo que serían instantes para el reloj de la Tierra, y en un par de años para los humanos, acabaría con todo. Los humanos, solo unos simples organismos que serían exterminados sobre un planeta, la Tierra, que mirado desde la lupa del universo, sería una simple célula que se destruye, no alteraría el sistema del Universo, simplemente una gota de sangre donde millones de glóbulos rojos y blancos, se desperdiciarían. No importaba lo que habían hecho hasta ahora, pues se acababa su existencia, todo por lo que habían luchado. Habían exterminado casi por completo la peste negra, el cólera y habían diseñado una vacuna contra la viruela. Visto desde ese punto, cómo una simple gota de sangre independiente, podía haber combatido a todos esos males, la humanidad un organismo de extremos, o nos autodestruimos o hacemos lo imposible para sobrevivir. Tom que ahora miraba detenidamente a la máquina, lo interpretó de esa forma, la Tierra y los humanos, una gota de sangre dentro del órgano de la vía láctea, pero una gota de sangre que siempre permanecía a pesar de las dificultades, Tom era un glóbulo blanco destinado a destruir esta máquina, como buen humano que era.
Antes de hacerlo, pensó en todos los detalles de este aparato maligno. Una muerte detrás de otra, sin causa aparente, todas distintas, pero con una simple coincidencia, un símbolo en el bíceps, tatuado con su propia sangre, un marca de desesperación, el retrato de una sociedad, tres rayas y dos círculos fundidos en la ira de años de venganza. Pasaron meses, y seguían cayendo las personas. Este símbolo ya se había cobrado a un tercio del planeta, hasta que llegó el día clave, una esperanza. El día que Tom Stone decidió ir a detener esta catástrofe. Había logrado superar diversas pruebas, pero eso no importaba ahora. Lo único de valor, era desamar esta bomba que alertaba con destruir el planeta. Una bomba biológica sin explicación coherente, con una única pista, la marca del bíceps. En décimas de segundo, el sello de la muerte se tatuó sobre el brazo de Tom, iba a dejar el planeta, pero decidió que debía salvarlo, siendo el pinchazo que inmunizaría el desastre. Muy decidido, cogió la caja por el lado del símbolo del mal, y lo fundió con la señal de su bíceps. Todo signo de la sociedad secreta desapareció al momento. En segundos se decidió el futuro de la humanidad, y en segundos se decide todo. Es el tiempo quien dicta si estás vivo o muerto, tiempo que se le acaba a Tom pues sintió que llegaba su momento. Había cumplido su función como glóbulo blanco, Tom era el héroe de la gran gota de sangre conocida como Tierra.











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