El agujero negro en la sociedad del siglo XXI

Tristemente, esta historia que te voy a contar no tiene un final feliz ni con perdices ni con sonrisas, como cualquiera digno final de Disney.
Una fría madrugada de invierno de 1984 nacían un par de gemelas bastante singulares en Caño Argales, Valladolid, España.
Ambas rubias y de ojos azules, cosa desconcertante siendo sus padres castaños como buenos castellanos, mientras que ellas parecían alemanas de pura cepa. Pero esa es la gracia de la genética, ¿no?. Lo que no sorprendió es que fuesen gemelas, ya que tanto su abuelo paterno como el materno eran gemelos (otra bromita de la genética).
Eran las mejores amigas del mundo y se querían por encima de todas las cosas. Vivieron los primeros 15 años de su vida en Valladolid, pero en plena adolescencia (esa época con un pavo majo) se mudaron a Barcelona por el trabajo de su padre. Fue un cambio bastante brusco el pasar de un ambiente conservador a otro mucho mas bohemio y liberal como es el de la capital catalana. La adaptación en el colegio fue fácil para Ana (la mayor por dos minutos) y un poco más difícil para Silvia (la pequeña).
Ana entro en el grupo de las populares por su “rollazo y carisma”, pero el problema surgió cuando Silvia se acomplejo y se empezó a sentir insatisfecha consigo mismo y muy exigente con su físico, lo que le llevó a desarrollar TCA.
Al principio nadie lo notó, hasta ella misma se engañaba pensando que lo tenía controlado.
Pero la preocupación y el miedo llegaron tras una cena en casa de los abuelos, cuando de camino al baño para vomitar lo que acababa de comer se desmayó.
Se la notaba delgada, pero a parte de eso su comportamiento no pasaba de lo que podría pensarse que era “actitud adolescente”.
Intentó empezar un tratamiento, pero no funcionaba, se las seguía apañando para continuar autodestruyéndose. Llegaron a internarla, pero alcanzo un límite en el que vomitar ya no era voluntario; internamente estaba destrozada. Su cuerpo ya no era capaz de asimilar ningún tipo de comida, y estaba débil física, anímica e inmunitariamente.
En las primeras navidades que la dejaron salir por un fin de semana, 2 años después de su primer día en el centro, pilló una pulmonía aguda.
Falleció con 18 años por culpa de complejos que ella misma se formó tras ser rechazada por gente que no la supo valorar.

Mi objetivo al contarte esta historia no es entristecerte. La historia de mi hermana Silvia debe servir como testimonio para empezar a cambiar las cosas, y concienciar a la sociedad de lo importante que es la salud mental.
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