La cura

El viento sopló furioso, atravesando de lleno el amplio ventanal. Las puertas correderas, ensambladas con dos largas planchas de vidrio templado, estaban abiertas de par en par. Y una figura se asomaba por ellas. Aldous sonrió. Aire. Desde tiempos inmemoriales se había rendido culto a cuatro pilares fundamentales: fuego, agua, tierra y aire. No obstante, dejaron ya atrás los días en que esas fútiles convicciones imperaban. En busca de un grandioso ideal. La verdad.
La ausencia de cabello en el cráneo evitó revoloteos. Uno de los primeros problemas que él y sus investigadores habían resuelto. La evolución esperaba aniquilar hasta el último resquicio de cuero cabelludo en el organismo. Tras los avances de la humanidad, no era más que un impedimento y un estorbo. Ellos habían propiciado la ansiada desaparición, acelerando un proceso que de forma natural habría tomado siglos. Pero su trabajo no cesaba allí. Todavía se requería un esfuerzo incluso mayor para aquel grupo de científicos vanguardistas; que revolucionaran la vida mundial a una escala casi inconcebible. Más pasos que dar en la carrera hacia el objetivo definitivo. Alcanzar el estatus de una perfecta divinidad. Y había un rasgo característico que definiría este logro. Algo que diferenciaba la idea de Dios de cualquier otro animal: la inmortalidad.
El distintivo de su empresa relució a la luz del Sol, que comenzaba a atisbarse en poniente: CRISPRM. Creación revolucionaria e innovadora de soluciones para pacientes reticentes a morir. Casi trescientos años antes en esa compañía, un peculiar grupo descubrió la punta del iceberg. Una forma de engañar a la mismísima encapuchada. La criogenización había sido una solución provisional, algo que no se concebía como el culmen de una carrera originada milenios atrás. Los primeros rituales neandertales filtraban intenciones de trascender más allá de la simple existencia terrenal. Tras estos, los ritos funerarios comenzaron a sofisticarse y, nacieron las primeras religiones. Concepciones primitivas, basadas en supersticiones y fanfarrias. Héroes y leyendas escritas por divulgadores que necesitaban hacerse un nombre en la historia, por irrisorios que resultaran los medios. Todos estos empeños le hicieron recordar a los alquimistas medievales que una vez estudió en la universidad, a su intento de encontrar la piedra filosofal. Panacea infalible, cura del envejecimiento. Absurdo.
En el año 2320, la gente común había rechazado completamente estas falsas esperanzas. El centro de su fe se había visto reemplazado por algo real y tangible, la ciencia. Y en la pirámide jerárquica, Aldous gobernaba impunemente sobre el resto. En sus manos reposaba el futuro de una raza.
Dio media vuelta para recorrer en sentido inverso sus pasos. Debía continuar las investigaciones en el laboratorio principal. Cada segundo representaba una pizca de arena perdida en su reloj. Menos del veinticinco por ciento de su cuerpo inicial permanecía intacto. A lo largo de su vida, había ido intercambiando la materia orgánica por sintética. Asemejándose poco a poco a lo que aspiraba, alargando el tiempo. Un ser por encima del mero olvido. No dependía de nadie ni de nada; él se bastaba para recordar un legado que perviviría por siempre.
Las puertas automatizadas se abrieron para darle paso. De un bolsillo extrajo un pequeño dispositivo circular que se adosó en el pecho. Instantes después estaba recubierto por una fina pátina translúcida. Lo protegería en caso de fugas y de sustancias nocivas que manejaban. Al fin y al cabo, también era invención suya.
Dentro, encendió las luces, iluminando mesas y mesas repletas de probetas, elementos tecnológicos de última generación y autómatas humanoides impulsados por una avanzada IA. Al principio se había pensado que la clave se encontraba en estos. Pero el ahínco de transmitir sus recuerdos en una conciencia virtual se había perdido, los nervios no se fundían correctamente con la maquinaria, resultando en terribles catástrofes que oscilaban entre la pérdida de memoria o una locura sin precedentes.
Sólo había una opción. Nanotecnología molecular. Arrastró su silla hasta el lugar de trabajo, colocándola justo frente a un microscopio electrónico. Antes de salir afuera, había situado en la placa de observación el prototipo de nanobots en desarrollo, junto con un grupo de células cutáneas. Alzó la cabeza para observar el temporizador. Treinta segundos restantes. Aisladas del ambiente habitual, la muerte celular era inminente.
Cinco. Cuatro. Tres. Dos. Uno. La actividad cesó y los nanobots se apagaron. Exhaló un suspiro exasperante, otro fracaso en toda regla. Levantó enrabietado y lanzó la silla, que surcó el aire unos metros antes de caer con estrépito. Un resplandor momentáneo le deslumbró. Desvió la mirada hacia la mesa mientras fruncía el ceño, extrañado. La consternación que surcaba su rostro se diluyó en el acto. Los nanobots se habían reiniciado. Sin ninguna vacilación, se asomó al microscopio. Su aliento se quebró al darse cuenta de lo que ocurría. El tejido se estaba regenerando.
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