Gigante y las pequeñas Tyche y Ate

Hace 50 años, el azar unió eternamente a un gameto femenino y otro masculino. Las células totipotentes de ese cigoto originaron la mórula cuyas células pluripotentes formarían los diferentes tejidos. Estas células pluripotentes recibieron clases de sus progenitoras, las células totipotentes, quienes les enseñaron su futuro comportamiento.

Tyche y Ate fueron dos células pluripotentes que establecieron una profunda amistad y decidieron buscar un nuevo nombre para el ser humano que las albergaba, pues mórula no les sonaba bien. Decidieron llamarle Gigante, ya que ellas se veían a su lado muy pequeñas.

Gigante alcanzó su segundo mes de desarrollo, empezando a diferenciarse sus tejidos y órganos. Ese mes también fue trascendental para Tyche y Ate, ya que acabaron su formación académica y debían elegir su futuro laboral. Tyche se decantó por diferenciarse hacia un hepatocito y formar el hígado. Ate, a quien le encantaba la bioquímica, decidió convertirse en célula pancreática para producir tanto jugo pancreático como hormonas. Aunque eligieron vidas diferentes, siempre mantuvieron el contacto mediante el sistema circulatorio de Gigante, que a modo de internet, transportaba los mensajes que ambas se cruzaban.

A los nueve meses, Gigante vio por primera vez la luz del mundo. Pronto fue adolescente y empujada por sus amistades, comenzó a fumar. Gigante estaba, a través de sus pulmones, introduciendo en su torrente sanguíneo muchas sustancias nocivas, algunas cancerígenas. Tyche y Ate recibían también esas sustancias mediante el sistema circulatorio. Ate, más irreflexiva, decidió captar de los capilares el benzopireno, una de las múltiples sustancias nocivas del tabaco fumado. Disfrutaba consumiéndolo ya que le inducía un estado placentero indescriptible. Pronto le contó a Tyche esa experiencia.

Tyche enfurecida le recriminó y preguntó retóricamente a Ate: “¿Acaso no recuerdas la clase donde nos explicaron los peligros de esas sustancias?”. Tyche le apostilló: “Sabes Ate, el benzopireno puede entrar en tu ADN, alterándolo y haciendo que produzcas células atípicas que se multiplicarían incontroladamente, dañando a otros órganos y finalmente ocasionando la muerte de Gigante, quien nos alberga , alimenta y protege” .

Ate prosiguió su adicción al benzopireno, lo que le supuso perder la amistad con Tyche. Paso mucho tiempo, pero un día Ate engendró unas células hijas atípicas que se multiplicaban incontroladamente. Lejos de comunicarlo al sistema inmunitario de Gigante para que las destruyera, las ocultó y protegió, para que así nadie descubriera su adicción. Pronto esas células atípicas destruyeron gran parte del páncreas, incluida a Ate y extendiéndose rápidamente por el sistema linfático provocaron metástasis en otros órganos.

Gigante empezó a sentirse muy cansada, había perdido bastante peso y apetito. Acudió al hospital donde le diagnosticaron un cáncer de páncreas; dejó de fumar, pero era demasiado tarde. Debido a la extensión de la enfermedad, el equipo médico solo le ofreció cuidados paliativos; le explicaron que si le administraban quimioterapia o radioterapia destruirían muchas de las células sanas de otros órganos de su cuerpo, por lo que fracasarían esos órganos, falleciendo antes.

La doctora L era una médico residente de primer año y quedó muy frustrada al escuchar dicha información. Desde aquel instante, no hizo otra cosa que pensar en Gigante. Pronto recordó de sus clases de patología que el tumor por su origen pancreático debía tener receptores para la hormona S, y de sus tediosas clases de farmacología recordaba la existencia del análogo de la hormona S, un fármaco que se comportaba como dicha hormona. Su interés durante el bachillerato por la asignatura de biología, le hizo recordar aquello que un día le explicó su profesora respecto a la existencia de receptores específicos de membrana celular. Su inquietud como joven médico le había llevado a leer sobre el radiofármaco A, y recordó de sus clases de química en bachillerato que el principal elemento químico de dicho radiofármaco tenía una radiación de muy corto alcance. De pronto, los ojos de la doctora L lagrimearon y brillaron de alegría al unísono, puesto que pensó en unir el radiofármaco A, al análogo de la hormona S, y a ese nuevo medicamento resultante le llamó medicamento Esperanza.

A la mañana siguiente, buscó al jefe de oncología para explicarle como su medicamento podía curar a Gigante ya que gracias a los receptores de membrana específicos, solo las células tumorales resultarían destruidas por el radiofármaco sin que se lesionaran el resto de células sanas de otros órganos. Su jefe quedó maravillado y solo le preguntó: “¿Por qué le has llamado medicamento Esperanza?”.

La doctora L le contestó: “Porque es la única esperanza para Gigante” y continuó: “vamos rápido a farmacia para que preparen el medicamento Esperanza, no hay tiempo que perder”. Farmacia preparó el medicamento tal como ella lo indicó y se le administró a Gigante. En poco tiempo Gigante tuvo una curación completa, sus metástasis habían desaparecido, incluidas las que rodeaban a la maltrecha Tyche que así también sobrevivió.

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