Experiencias matemáticas

Esta historia comienza el día que, dos hermanas del tipo “A”, y dos hermanos gemelos del tipo “B”, se conocieron en la bolera en el punto (2, 3) un viernes cualquiera.
La ciudad lineal era compleja y sencilla al mismo tiempo. Estaba perfectamente organizada y dividida en cuatro cuadrantes denominados comúnmente como: primer, segundo, tercer y cuarto cuadrante.
Era el día perfecto, el cielo estaba pintado de un color azul pastel que no dejaba de tener brillo, y las pocas nubes que tenía eran de un espumoso y blandito blanco. Las gemelas “A” entraron al local dispuestas a despejarse después de llevar toda una mañana estudiando sus respectivas carreras en la Universidad, pues, por fin habían acabado sus exámenes y querían salir para celebrarlo.
La mayor de las hermanas – aunque por pocos segundos –, Amaia, explicaba el funcionamiento y las reglas de aquel juego a su gemela Alicia, ya que era su primera vez.
En el momento de pedir el inicio de la partida al dependiente, un pequeño
inconveniente surgió. Dentro del primer cuadrante de la ciudad se había extendido la costumbre de entrenar la mente y su rapidez, por lo que todos los sitios públicos de ocio necesitaban una clave dada por un ejercicio para poder utilizarlos.
Las hermanas “A” necesitaban resolver un complejo sistema de ecuaciones con logaritmos, el cual les estaba costando resolver. Amaia miraba su papel lleno de operaciones como si se fuera a solucionar el problema por arte de magia, y Alicia trataba de convencer al dependiente para que les dijera alguna pista.
Ya desesperadas, estuvieron a punto de rendirse, hasta que, casualmente, entraron al local los gemelos “B”, Bruno y Blaise. Los amables gemelos se ofrecieron a ayudar a las chicas, y si no hubiera sido por la colaboración de todos no hubieran logrado comenzar su tan deseada partida.
El dependiente los miraba con cierta expresión de desprecio, ya que los distintos tipos de letras no se debían arrimar siquiera. Desde la aparición de la notación algebraica en el 1637, las letras nunca se habían juntado entre sí, puesto que se veía como algo anti-natural.
Aún así, todos pasaron una tarde inolvidable y muy divertida, pero todavía no sabían lo mucho que cambiarían sus vidas por tan simple acto.
Antes de irse del local y despedirse, se dieron sus números de teléfono para quedar otros días los cuatro juntos, pues se habían caído muy bien entre ellos.
Y tal y como dijeron aquel día en la bolera, empezaron a quedar mucho más seguido, pasando por experiencias como ir a parques de atracciones, hacer acampadas en la playa, viajar al mundo de la química y la física... A tantos lugares de ocio habían ido que ya se sabían de memoria la respuesta de algún que otro ejercicio.
Tanta confianza llegaron a tener, que se empezaron a enamorar, pero para ellos era muy inquietante el hecho de pensar como les miraría el resto.
¿Qué pensarían los demás?
Tanta inseguridad les causaba esto, que no fue hasta varios años después cuando se atrevieron a mostrarlo al mundo. Amaia y Bruno decidieron dejar de esconder más su relación, en cambio, Alicia seguía teniendo cierto miedo a contarlo, por lo que Blaise decidió respetar su decisión y esperar hasta que la chica estuviera lista.
Llegó el momento en el que la existencia de ambas relaciones fue conocida en todo el reino matemático, pues eran famosas por su extraordinariez.
El amor entre aquellas singulares letras fue creciendo con los años, por lo que uno de los acontecimientos más grandes de la historia matemática estaba a punto de suceder. Las respectivas parejas celebraron una boda conjunta en la que pudieron prometer su amor eterno. Se celebró en un campo al aire libre con pocos invitados, solo las familias de las respectivas letras.
Apenas un año después fue cuando ocho nuevas vidas llegaron a este mundo. Amaia y Bruno tuvieron dos hijas del tipo “B” y dos hijos del tipo “A”, al igual que sus gemelos unos años más tarde.
Por lo que, según el ADN, y si las reglas de la biología no fallan, aquellas cuatro nuevas letras eran hermanos.
—¡Una de esas letras soy yo! ¿No? –preguntó mi hija.
—Así es, Beatriz. Tu padre y yo, junto con tus tíos, conseguimos demostrar al mundo en 1654 que los distintos tipos de letras se podían juntar.
—¿Por qué antes lo veían como algo extraño? –preguntó uno de mis hijos.
—Supongo que no estaban acostumbrados. Lo importante de la historia que os acabo de contar, es que, vosotros, formáis también parte de una nueva igualdad algebraica... Las identidades notables.
—¡Bien, somos famosos! —bromeó el más pequeño.
Y así, es como una familia de letras diferentes consiguieron sumar respeto, restar prejuicios, dividir las críticas y multiplicar el amor.
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