Las vulnerables

Kato y Freya observan el abismo bajo sus pies. El sonido metálico de los pasos de los guardianes en las escaleras es cada vez más cercano. Las dos sonríen. Las dos vulnerables, observando el horizonte anaranjado y la bruma que cubre la urbe. Siempre juntas, desde aquel lejano día en que Kato se sentó junto a Freya en el suelo de la estación, viendo pasar trenes a toda velocidad. Compañeras de viaje, viajando juntas.

Eran la primera generación en nacer con el don implantado. La primera generación que había dejado consultas de médicos obsoletas y a científicos, ingenieros e informáticos con más trabajo del que podían cargar en su día y en sus conciencias. Había sido gradual. Primero pequeños bots que ayudaban a regenerar tejido en momentos puntuales, a regular los impulsos nerviosos cuando la carga mental era más de lo que se podía soportar, hasta que EonTech fue un paso más allá ¿Por qué no implantar un bot que se encargara de analizar y mantener la homeostasis de cada persona? Medicina personalizada al alcance de todos. Analizar, aprender, adaptar y cambiar, esos eran los pasos programados. Los primeros resultados habían sido tan prometedores que nadie dudó en que en un futuro los bots serían la respuesta a tantos anhelos. Y ese futuro llegó. Lo llamaron el don y llegó con una fecha de caducidad individualizada. La inmortalidad no era humana, y jugar a ser dioses no entraba en las opciones.

El eco de las voces inexpresivas, mecánicas de los guardianes en el hueco de la escalera era cada vez más cercano. Kato y Freya buscaban una salida, un plan, como el que las había llevado hasta lo más alto del bloque Heimdal.

Hacía un par de meses, Freya empezó a experimentar cansancio y el dolor apareció en su vida, algo nuevo para alguien cuyo sistema siempre se compensaba con el don implantado. La luz que salía de su dispositivo empezó a perder intensidad. Se rapó la cabeza para poder verlo mejor. «Los dispositivos no son dioses Freya, tienen sus limitaciones, y tu limitación se ha extendido y es demasiado agresivo como para llegar a compensarlo» le dijo el médico después de examinar el informe de funcionamiento del bot por su pantalla.

Freya no habló durante días. Kato lo intuyó. Pequeñas lagrimas corrieron por sus mejillas al confirmarlo.
− Si tu don no puede ayudarte, tampoco quiero el soporte del mío. – dijo Kato convencida. – Entraremos en el Heimdal y desactivaremos mi don. Viajamos juntas ¿recuerdas?

Freya sonrió cansada. No dijo nada. No valía la pena intentar disuadirla, sabía que era perder el tiempo. Cuando Kato decidía algo no había marcha atrás. «Juntas», pensó.

Y juntas se plantaron delante del edificio de hormigón más alto de la ciudad, gris, blindado, impenetrable. O casi. Colarse dentro del edificio no fue difícil, metidas en un camión de suministros, entre cables, racks y repuestos de ventiladores. Una vez el camión llegó a la zona de descarga y con el corazón a mil por hora, salieron a esconderse. Su plan era pura intuición, imaginaban que la sala estaría en el primer piso, centrada y aislada del mundo exterior. Qué podían encontrar hasta allí lo desconocían, sólo los guardianes, programados para no compartir ni sentir empatía, tenían la información.

Llegaron a la sala y tras destruir el comando de entrada, las puertas quedaron inutilizadas. Entre las dos y con la ayuda de un extintor consiguieron abrir suficiente hueco para colarse en el interior del centro de datos. El frío gélido de la sala las sobrecogió al entrar, junto al zumbido ensordecedor de miles de ventiladores al unísono. Pasillos y pasillos de servidores con luces titilantes se abrían ante ellas, bajo fluorescentes mortecinos que en lugar de dar luz parecían absorberla. Miraron la luz de la célula de Kato. Brillaba. Cuando empezó a parpadear, supieron que estaban en el sitio adecuado y Kato desconectó su bot del servidor. Su vida había cambiado con ese pequeño gesto, el dolor o las emociones intensas la podían visitar. No le importaba.

Kato miró a Freya asustada al oír las voces y pasos de los guardianes. Freya le sonrió, le guiñó un ojo y se puso a correr hacia la escalera que había al final de la sala. Al dejar la fría sala, el silencio las golpeó, podían oír perfectamente cada movimiento a su alrededor.

Y así llegaron a la azotea, sin un plan de escape, sin el don y con los guardianes a punto de atraparlas. El viento revoloteaba el pelo negro de Kato y sonrojaba las mejillas de Freya. Se cogieron de la mano, sintiendo y respirando su presente con todas sus consecuencias. Eran vulnerables.
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