El mosaico del rey

Aquello de donde las cosas tienen su nacimiento, a ello tienen que ir a parar, según la necesidad; pues, ellas tienen que pagar reparación y ser justificadas por su injusticia, conforme al orden del tiempo.
Anaximandro de Mileto

Cuenta la leyenda que los últimos reyes de mi ciudad recibieron un mosaico en su noche de bodas. Los asistentes se quedaron estupefactos dado que resultaba imposible distinguir ningún orden en medio del galimatías que conformaban sus teselas; las formas geométricas dibujadas se revolvían unas contra otras dando lugar a un enredo ininteligible. Nada más verlo, el rey encolerizado pidió explicaciones al responsable de aquella broma. Éste resultó ser un viejo sabio conocido por sus minuciosos registros de los movimientos estelares, quien confesó que aquella obra había sido una revelación y aventuró que debía esconder un conocimiento divino. Acto seguido, conmovió a los allí presentes reconociendo su falta de tiempo y recursos para resolverlo como los motivos para entregárselo a quienes bien poseían ambos. No obstante, inmediatamente después de la celebración, el rey mandó ocultar el mosaico en una de las bodegas del palacio por considerarlo una broma de mal gusto. Fue la reina quien comenzó a interesarse, al principio de manera clandestina, en aquella obra rememorando las palabras del viejo sabio, a quien buscó para ofrecerle un puesto a fin de ayudarle a estudiar el misterio de los dioses. Lamentablemente, cuando ésta fue a buscarlo se enteró por boca de sus tres discípulos de que había fallecido. Para entonces la reina se encontraba presa de un ánimo expeditivo tal que trasladó la invitación a unos discípulos que iniciaron su conversión en eruditos de aquel misterio intercalando largas sesiones de observación con acaloradas discusiones sobre la naturaleza del mosaico hasta que alcanzaron un consenso: el secreto de los dioses se escondía en la geometría de la imagen y para revelarlo necesitaban alterar disposición de las teselas siguiendo una lógica todavía por determinar. Presentaron estas conclusiones a los reyes y les pidieron consentimiento para manipular el aspecto del mosaico; tanto la reina, emocionada, como su esposo, flemático, accedieron. A partir de ese momento, la colaboración entre los sabios y unos artesanos reales produjo las herramientas adecuadas para desligar las teselas unas de otras así como unas técnicas nunca antes vistas para manipularlas preservando su estructura original. Las noticias de estos prodigios alcanzaron los oídos del rey, quien visitó al equipo del mosaico y quedó prendado por los avances prácticos que habían realizado, inspirándole un tremendo potencial económico, y también militar. Durante los meses y años que siguieron, la ciudad experimentó un florecimiento inigualado antes y después gracias a la comercialización de algunas de las nuevas herramientas y el empleo de otras inspiradas en las primeras para derrotar a rivales que se habían resistido durante decenios. Se organizaron ostentosos banquetes en favor de las campañas triunfantes del rey y los militares donde los invitados alababan el ingenio de los artesanos, la inteligencia de los sabios, y donde la consigna más repetida era “¡Viva el mosaico del rey!”. Mientras, las tensiones entre los tres sabios habían crecido debido a las discrepancias interpretativas del misterio. El rey les permitió a cada uno de ellos acoger bajo su tutela a nuevos discípulos para continuar su investigación gracias a los caudales holgados de los que disponía la corona, empezando una carrera entre los sabios por ganar adeptos a sus corrientes. Muy pronto el sabio mejor dotado con el don de gentes se puso en cabeza defendiendo que los trabajos sobre el mosaico debían cesar: el mensaje había sido descifrado y él lo revelaría sin demora al pueblo una vez se adhiriesen a su interpretación. Sus dos compañeros, irritados por su fama y sin mediar palabra entre ellos, presentaron a la reina unos argumentos convincentes sobre la necesidad de continuar con las labores en el mosaico, que consideraban lejos de haber terminado. Sin embargo, aunque la reina trató de persuadir a su marido para que controlase la situación, al cabo de unas pocas noches una revuelta irrumpió en el palacio descabezando al monarca, linchando a los otros sabios y capturando a la reina. El único sabio restante le ofreció su mano; ella, anticipándose a cualquier otro movimiento, tomó una de las herramientas con filo con que habían trabajado en el mosaico y se la clavó en el vientre. Enrabietado, el único sabio ordenó destruir todo rastro de sus antiguos compañeros y de sus interpretaciones, así como el recuerdo de la reina. Y, de tal modo, el misterio de los dioses fue revelado al pueblo: la imagen verdadera del mosaico, el mensaje de los cielos a los hombres, prevaleció en mi ciudad durante los siglos de los siglos.

A Ana Yenes
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