La sopa y el sabio

Hace millones de años un sabio me dio una receta. Me dijo que solo necesitaría algunos ingredientes fáciles de encontrar. Cuando le pregunté me respondió que los encontraría a mi alrededor, me giré, miré y me dije ¿qué ingredientes?. Me volví hacía el sabio, pero ya no estaba.
Por unos instantes pensé que estaba soñando, pero miré mi mano y allí estaba. Inmediatamente me fui porque la cosa se estaba empezando a poner muy fea en el exterior. Rugía la tierra, caían rayos, y pelotas de fuego desde el cielo. Me escondí, donde pude, y la miré atentamente. Era un papel doblado con un tono ocre y parecía desgastado, presumiblemente del uso. La verdad que sentía inquietud por saber qué habría escrito dentro.
Lo abrí lentamente, con mucho cuidado porque parecía romperse con solo mirarlo. Al fin lo abrí, tenía palabras escritas que no lograba entender, con el pigmento que dibujaba las letras oxidado. Conseguí transcribir algunas de ellas, no todas. Leí: “Aire, agua, calor, rayos”. Al final de la misma aparecían escritas dos letras A.O., supuse que serían sus iniciales. Cuando vi que nada tenía sentido, me pregunté: ¿qué demonios es esto, una broma? ¿qué tipo de receta es esta? ¿quién sería A.O.?. Con desesperación y rabia, tiré la nota al suelo. Juraría que el sabio estaba riéndose de mí.
Pasaron unos días, y vi que la nota estaba en el suelo. No parecía tan vieja tenía un color más blanco, podría afirmar que hasta brillaba. La recogí, la volví a abrir y las letras habían recuperado su color original, ¿qué clase de magia era esta?. La volví a leer, y esta vez conseguí transcribirla: “Usarás aire, agua, darás calor y añadirás rayos. La dejarás enfriar. En tus manos tendrás una sopa que será el origen de todo”. Respiré hondo, me tranquilicé, y seguí sin encontrar sentido a aquellas palabras. Me emocioné el primer día pensando que, al fin, podría llevarme algo a la boca y para mi sorpresa, sus ingredientes eran aire, agua y rayos, ¿quién se alimentaba así?.
Con desesperanza e incredulidad decidí elaborar la receta de aquel misterioso sabio. Salí de mi escondite aunque el ambiente seguía estando muy feo, aún era muy peligroso. Embotellé un poco de aquel aire pútrido, y me aseguré que contenía una especie de neblina blanca, como vapor. Lo calenté con unas rocas, aún ardientes, que habían salido hace unos días de esas montañas de tierra que expulsan ríos de fuego. Puse el recipiente encima de las piedras, y mi suerte fue que empezó una tormenta eléctrica. Cuando parecía que la tormenta cesaba, miré la sopa. No había nada, era agua con nada, lo tiré y se quedó formando un gran charco. Me fui.
Pasados unos cuantos años, volví a encontrarme al misterioso anciano. Me preguntó con mucho interés si había logrado hacer la sopa. Con mucho pesar le dije que lo intenté, pero que no tenía sentido, no salió nada y lo tiré. A lo que me contestó con una sonrisa jocosa: “no te dejes engañar por aquello que no ves”, y se fue sin decirme adiós. Miré mi mano, y otra vez me había dejado una nota, esta pesaba un poco, contenía un pequeño artilugio con forma de pala. Esta nota se leía perfectamente, parecía recién escrita y decía: “úsalo bien. A. Oparin.”.
Ante este nuevo acertijo que me había propuesto el anciano, y el artilugio de metal dorado que me había dado, decidí volver aunque no tenía esperanzas de encontrar nada en aquel lugar tan inhóspito.
Al llegar me quedé sorprendido, el ambiente era distinto y había grandes masas de agua, ¿qué había pasado?. Metí el artilugio en el agua, no pasó nada. Lo volví a meter, y me empecé a desesperar. Lo saqué y con un reflejo, vi una minúscula lente en la que se había quedado una pequeña gota de agua. Me lo acerqué al ojo, y… ¡VIDA!. Este fue el momento en el que entendí la receta de aquel sabio, la receta de la sopa primitiva.
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