UNA SALIDA EN EL INTERIOR

Corría sin apenas ver donde pisaba, un agudo flato le atravesaba el costado y su anorak rojo chillón le sobraba cada vez más, pero no podía quitárselo. El rojo les alertaría. Podía oír a lo lejos el rumor de los cazadores y hasta oler la pólvora en el aire. Los jabalíes estaban cerca. Absorta en su búsqueda, había olvidado la temporada de caza y se había metido en el campo de tiro.
Buscó entre los muchos bolsillos de su compacta mochila. Tendría que habérselo colgado del cuello nada más salir. La lupa, no, ahora no quiero ver detalles de antenas. El frasco con virutas de corcho donde flotaban los ejemplares ya recolectados, no, tampoco. Las finas y largas pinzas, no, menuda arma contra un jabalí. ¡Al fin! Lo sacó con manos temblorosas de la funda, lo apretó entre sus labios y sopló con todas sus fuerzas. El silbido le atravesó los tímpanos y confió en que surtiera efecto. No soy un jabalí. Se darán cuenta.
Una enorme oquedad en una vieja encina le pareció su salvación. Se introdujo con dificultad, era menuda, pero aquel espacio resultaba claustrofóbico hasta para ella. Cerró los ojos, intentó recuperar el aliento y no pensar. Imposible tarea.
Llevaba todo un año en el terreno, había recorrido los senderos, los campos de cultivo, las masías y los bosques, había anotado el más minúsculo escarabajo que encontraba bajo las piedras, entre las boñigas, trepando por las cortezas de los árboles, o simplemente despistado atravesando un camino. Había pasado frío y calor todos aquellos fines de semana mientras sus amigos se divertían, ¿para qué? – ¡Otra vez a por bichos! – le parecía oír la voz de su madre que la taladraba. Todo el esfuerzo para conseguir una matrícula de honor iba a acabar en tragedia.
No sabía bien cuánto tiempo había pasado allí inmóvil, ¿horas, minutos? sin hacer ruido, acurrucada, aguzando el oído como cuando de pequeña jugaba al escondite. Se decidió a abrir los ojos y observó perpleja que estaba rodeada de múltiples, diminutos, luminiscentes ejemplares de una especie que muchos daban por extinguida. Hacía décadas que nadie la había registrado. Aquello sería mucho más que una buena nota en su expediente, sería un descubrimiento de gran impacto internacional.
El descubrimiento la iluminó, el miedo se esfumó de su mente, la pasión ocupó su lugar. Eufórica por su hallazgo, tomó minuciosa y delicadamente una sola muestra, anotó la posición en su raído mapa, doblado cientos de veces antes y salió del árbol. Ya no se oían disparos, era casi de noche.
El frío y húmedo aire, lleno de ascomicetos, invadió sus pulmones y un poderoso pensamiento se abrió paso. Se imaginó a sí misma en el futuro, sí, eso era lo que quería hacer, lo que quería ser y lo que sería.
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