Érase una vez la ciencia

Hubo una vez un niño, le habían llamado muchas cosas, gratas y agradables, hirientes y humillantes, pasando por alguna que otra crítica constructiva con solo propósito destructivo -irónico, ¿verdad?-.

Se lo habían dicho de muchas formas - ¡preguntón, cotilla, fisgón! ¿Qué importa?, prefería curioso. Sí, curioso. ¿Esperabas que te dijera alegre, inteligente, buena persona? La curiosidad es la mejor de sus cualidades, capaz de concebirle preguntas sobre todo lo que le rodea y más allá. ¿Existía algo capaz de saciar sus inquietudes, antes de que éstas acabaran por corromperlo por dentro? Fue así como emprendió el viaje de su vida, el del descubrimiento.

Su primera parada, una amplia, ruidosa y espumeante cascada, lago esmeralda de aguas transparentes como espejo, cuantiosas plantas con pulcras flores. El cielo, del azul más puro y celeste que jamás pudo imaginar, solo estaba acompañado por un sol imponente y radiante. No se escapaban a su permanente curiosidad criaturas en el agua o aire; se respiraba sosiego y armonía, se respiraba… vida. En ese preciso instante, miles de preguntas abordaron su mente: ¿Qué eran esas criaturas vivas? ¿Cuál era su origen y evolución? ¿Cómo podían nadar o volar? ¿Existían algunas otras? ¿De qué estarían compuestas?...
Dudó sobre las cercanas montañas: sobre cómo se formaban, sobre sus materiales…

Se agarró la cabeza con las manos y se gritó: ¡Para, para! Luchaba con su mente, no cesaba de disparar preguntas, como balas a su cerebro. Se hallaba frustrado, agobiado, así que, lleno de decepción consigo mismo, decidió seguir, no encontraba respuestas.
Anduvo durante un rato con el fin de animarse; la oscuridad pronto se cernió sobre el ambiente junto a millones de pequeños puntos luminosos.

Miró arriba y su curiosidad le propició esta vez preguntas mucho más profundas que las anteriores. Lo cuestionó todo al ver la inmensidad del firmamento por la noche. ¿Qué había más allá? ¿De dónde venimos y cuál es nuestro futuro? ¿Habrá vida en alguno de aquellos pequeños focos de luz?
Por haberse centrado en aspectos tan vastos, terminó pensando justamente en lo opuesto, en los más pequeños. ¿De qué estaba compuesto todo lo que podía tocar? ¿Y lo que no, como la brisa nocturna del momento? ¿Podían estos componentes cambiar, del mismo modo que lo hacía el agua hacia esos copos blancos de nieve con los que le gustaba jugar?
Aquel último recuerdo le hizo pensar en el tiempo, cosa que, como no, también cuestionó. ¿Qué era en realidad el tiempo? ¿Sería posible retroceder y volver a aquellos felices momentos?
A su derecha una piedrecita y, simplemente porque le apetecía, la tiró hacia un árbol. Reflexionó entonces sobre el movimiento, preguntándose si habría una ley detrás de este, o pasaba de forma aleatoria.

Navegando entre dudas acabó conciliando el sueño, casi tan profundo como sus preguntas. A la mañana siguiente, vio en su camino unos árboles con curiosas formas en sus hojas, con estructura y orden de perfección incomprensible.
Finalmente llegó a un poblado, y mirando a un grupo de ancianos reflexionó sobre la historia de las personas a través de los tiempos y sus relaciones.

Se acercó tanto al grupo que uno de los ancianos se apoyó en su hombro; tenía una barba sumamente larga y ropajes desgatados, se sostenía sobre un rígido bastón.
- ¿Qué te ocurre, joven?
- ¡Verá! hace poco decidí hacer un viaje para resolver todas mis dudas. ¿Podría usted ayudarme?
- ¡Por supuesto! Siempre estoy dispuesto a ayudar a cualquier curioso en apuros, mi nombre es Ciencia.
- ¿En serio? ¡No puedo creerlo! Pero entonces… ¿usted lo sabe todo?
- Bueno, decir todo es ir demasiado lejos, ¿no crees? El conocimiento es una isla, el mar, lo desconocido. Si la isla crece, su orilla también, aumentando nuestra relación con lo extraño.
- Y, ¿cómo hacemos crecer la orilla?
- El proceso del que te voy a hablar es el mayor secreto que guardo, así que considérate privilegiado porque vas a escuchar el método que yo, Ciencia, uso para todo: primero, obsérvalo todo a tu alrededor, después, realiza una hipótesis sobre ello, una explicación que puedas probar. Ahora viene mi parte favorita, la de experimentar, comprobar que lo que especulas es cierto. Finalmente, si tu resultado es el que esperabas, has de concluir con una ley final, que perdurará. Si fallas, es hora de hacer una nueva hipótesis.
Déjame que incluya un paso más para completarlo. La última cosa que has de tener en cuenta es la divulgación; casi tan importante es que descubras un enigma, como que lo difundas, así despertarás la curiosidad de otros como tú o como yo, y enseñarles lo que tanto nos gusta.

Y fue así como hombre y Ciencia entablan una preciosa amistad y vagan por los confines del tiempo y el espacio.