TEMPUS FUGIT

"15 de mayo de 2017:
Todos libramos una carrera contrarreloj, sabiendo de antemano que la perderemos. Hay quien teme llegar a la meta o tener que correr solo. Otros, cegados de fe, esperan con ansias el final, creyendo que tras la línea de llegada les espera un paraíso inimaginable para el que habrá merecido la pena cansarse durante el camino. Algunos, conscientes de que la trayectoria terminará, se dedican a disfrutan el recorrido, rodeándose de gente a la que querer y haciendo pequeñas paradas para, simplemente, vivir. Y quizás sea esta la fórmula de la felicidad: disfruta el camino, porque en algún momento, concluirá. La vida y la muerte, eternamente enamoradas, están destinadas a encontrarse.
Claro que hay quien no acepta este fin de trayecto y, a lo largo de la historia, muchos han intentado llevar la contraria al universo, librando un peligroso juego con la muerte. La piedra filosofal, el Santo Grial, las calaveras de cristal… son solo algunas de las reliquias buscadas durante miles de años para otorgar un poder inimaginable. Porque, ¿qué significa la inmortalidad? ¿Sobreviviríamos a un degollamiento? ¿Continuaríamos existiendo si todo desapareciera? ¿Seguiríamos envejeciendo eternamente? Y si así fuera, ¿qué significa eternamente? Solo hay una manera de poder contestar todas estas preguntas: deberíamos conocer el infinito. Tendríamos que poder detener todas nuestras cuentas en un punto, ser capaces de calcular la distancia total del universo, llegar a comprender el tiempo y, ya puestos a imaginar, controlarlo. Quizás esto nos permitiría viajar al pasado y al futuro o desarrollarnos para transformarnos en una especie mil veces más eficaz. Imposible responder con exactitud. Puede que todas estas preguntas estén hechas para no ser resueltas nunca o quizás nosotros no seamos los indicados. Únicamente sé que, en posesión de tan valiosa información, el ser humano habría llegado a un punto de no reverso: si diéramos un paso en falso, lo destruiríamos todo. Y conociendo la historia de la humanidad, no me cabe duda de que elegiríamos el camino equivocado.
Por ello, espero que sigamos viviendo en la perpetua ignorancia, dedicándonos a terminar la carrera de la vida en algún momento y rigiéndonos a las leyes del universo. Porque, al menos de momento, no estamos preparados para redactarlas nosotros mismos.
Recemos, si es que hay alguien que pueda oírnos, para que la inmortalidad y el infinito permanezcan por siempre siendo, simplemente, incógnitas.
Teresa Robledos"

Permanezco en silencio durante unos segundos, leyendo la firma final y notando como una silenciosa lágrima se desliza por mi mejilla. Con cuidado, cierro la tapa de cuero del diario y lo aparto a un lado. Cuando empecé a leer sus memorias, no me esperaba encontrar reflexiones tan profundas pero, al parecer, ella sospechaba que su momento se acercaba y decidió grabar sus últimos pensamientos antes de terminar la carrera. Sonrío tristemente, perdida en mis recuerdos, mientras me enjugo una nueva lágrima y siento una dolorosa punzada de cariño.
Una vez más, observo la imagen enmarcada que hay junto a la torre de papeles de mi escritorio. Mi abuela, Teresa Robledos, con su aspecto habitual: el pelo canoso recogido en un moño bajo, las gafas rojas de pasta, torcidas ligeramente hacia la izquierda, ocultando unos ojos grises y penetrantes. La nariz aguileña y la boca curvada en una sonrisa acogedora. Acaricio suavemente la fotografía, cerrando los ojos para evocar el recuerdo de mi abuela. Sigo percibiendo su aura conciliadora y su cariño desbordante rodeándome. La siento en cada uno de mis poros, en la sangre que corre por mis venas. Es una sensación extraña y dolorosa, notarla tan cerca y no poder abrazarla, no poder decirle que la quiero, que estoy muy orgullosa de ella… que la echo de menos. Añoro el olor de sus galletas recién horneadas, la forma en la que me protegía cuando mis padres se enfadaban conmigo, el abrazo que me daba todas las noches antes de mandarme a dormir. Y también me arrepiento: de la cantidad de veces que le grité, cuando ella no tenía la culpa de nada; de las miradas enfadadas que le dirigía cuando me trataba como si fuera una niña. Porque nunca llegué a comprender que yo era su pequeña princesa.
Ahora entiendo el brillo triste en su mirada cada vez que mi cumpleaños llegaba, que la ropa se me quedaba pequeña, que otro diente más se me caía. Mi abuela intuía que la vida se escapaba de sus manos. Y sabía, como yo sé ahora, que no podía hacer nada para evitarlo.