Un día más...

Como cada día, Patricia me da los buenos días con un beso en la mejilla y sube la blanca persiana que, como siempre, se queda atascada a pocos centímetros de su destinación.

Siguiendo con la rutina, me toma el pulso, la temperatura y hace un comentario sarcástico y yo me río por costumbre más que por gracia, aprecio mucho lo que hace por mí, pero no le costaría nada variar de vez en cuando.

Entrando en la ducha oigo su vocecilla a lo lejos que me recuerda que hoy viene el médico a visitarme.

Dejo correr el agua, durante unos segundos para que se caliente. Este es el único momento del día en el que me siento como si nada hubiese cambiado, como si todo siguiera como siempre. Miles de gotitas resbalan por mi piel y con ellas se llevan mi pena. En seguida empiezo a pensar en la cantidad de agua que gasta una sola persona a lo largo de su vida y en que, pronto, Yo dejaré de hacerlo.

Lavar los dientes, tres litros, una ducha, sesenta litros, comer, beber ir al baño y un largo etc. Total, ciento cincuenta litros diarios que alguien podrá aprovechar en mi lugar y disfrutando de una vida plena en un cuerpo sano y fuerte que, con un poco de suerte, funcionará perfectamente, no como el mío que se empeña en autodestruirse cada día poniendo en jaque a la medicina y a la ciencia que se esfuerzan para detenerlo.

Debo reconocerlo, cientos de científicos e investigadores que están al otro lado del tablero están perdiendo la partida.

Cojo la primera camiseta que veo y mis pantalones favoritos, esos que me sientan de fábula y a la vez son supercómodos y me dispongo a pasar un día más, un día menos.