¡Menudos elementos!

El Bromo no podía entender como los demás elementos del laboratorio no lo oían llorar. Nadie se preocupaba de él ni de su gran problema.
—¡Por favor, una ayuda para este pobre No Metal! —suplicaba a voces.
Desde su humilde tubo de ensayo, solo podía observar las probetas cercanas. En una de ellas, lucía la razón de su existir: el Hidróxido de Litio. Era preciosa. Siempre vestía su traje blanco como la nieve que tanto hacía sonreír al Bromo. Él, en cambio, tenía un color naranja oscuro muy feo y desagradable. Pero ese no era el problema. La rabia del Bromo surgía del vecino de su amada: el Flúor. Siempre a su lado, todos los días pegado a ella. ¡Qué pesado! Pero el Bromo no podía hacer nada, solo presenciar como su rival embaucaba a su querida con el contoneo de sus brillantes partículas.
—¿No podía entrar algún día por esa puerta un alquimista? —imploraba. —¿Tanto costaría convertirme en Oro o en Plata? ¡Hasta el Cobre me sirve!
Fue un día cualquiera cuando el químico encargado del laboratorio irrumpió la soledad del Bromo. No lo vio venir. Cogió su tubo de ensayo y lo zarandeó un varias veces.
—¡Estroncios y arsenios! ¡Qué está pasando! ¡Aaahhh!
Se lo llevó a una mesa y lo colocó sobre una gradilla. El Bromo, enturbiado y asustado, observó como el científico tomaba otro tubo y dejaba caer su contenido en una probeta. Era Hidrógeno. El Bromo ya se temía lo peor. El químico cogió también su tubo y vertió al Bromo en la misma probeta.
—¡No! ¡No, por favor! ¡Nooo!
En esa probeta se produjo una reacción química. El Bromo estaba desorientado. Sus partículas iban y venían. Se reorganizaban con las del Hidrógeno. Poco a poco, se fue sintiendo más firme. Más fuerte. Ambos reactivos se convirtieron en un producto más complejo. Una maliciosa sonrisa quedó enmarcada en el rostro del dueño del laboratorio. Gracias a su precisa medición de masas no quedaría nada del Hidrógeno y tampoco del Bromo. El resultado final pasaría a llamarse Bromuro de Hidrógeno.
Tras la experiencia, el químico se marchó. El Bromuro de Hidrógeno estaba confuso, pero se sentía perfectamente. Ahora su color naranja oscuro se volvió más claro y luciente. Se sentía en la gloria.
—Ahora el Flúor a mi lado parecería un triste Sintético —dijo orgulloso. —Ahora solo tengo que llegar hasta el Hidróxido de Litio…
Tras varios minutos pensando, le dio por mirar hacia el techo del laboratorio y, sin quererlo, descubrió la solución a su problema. No era un alquimista. Ni siquiera era un ser humano. Eran gases. El Bromuro de Hidrógeno se vio salvado.
—¡Eooo! —gritó con todas sus fuerzas.
Se volvieron. Era nada más y nada menos que una pequeña familia, encabezada por don Helio y doña Neón; detrás de ellos, fluían sus criaturitas: Kriptón, Xenón, Radón y el pequeño Argón.
—¡Por favor, llévenme hasta aquella probeta de allí, se lo suplico!
—¿Perdone? La nobleza no realiza ese tipo de cosas. Para eso ya están los gases plebeyos. Vámonos niños —alegó tajante doña Neón.
Don Helio no dijo nada. Parecía que era doña Neón quien llevaba los protones en aquella familia. Rápidamente los dos se marcharon, y tras ellos iban fluyendo sus pequeños. Primero Kriptón, seguido por Xenón y Radón. Para fortuna del Bromuro de Hidrógeno, quedó flotando sobre él su última esperanza: el pequeño Argón. Parecía que el travieso gas estaba dispuesto a ayudar.
—¡Vamos Argón! ¡Seguro que puedes levantar el tubo! —animaba la recién formada sustancia.
El pequeño elemento rodeó con su masa gaseosa el tubo de ensayo, lo elevó y lo dirigió lentamente hacia donde se encontraba la probeta del Hidróxido de Litio.
—¡Vamos, vamos! ¡Ya casi está! —gritaba entusiasmado de nuevo.
Finalmente el Argón logró situarse sobre la probeta que contenía a la amada del Bromuro de Hidrógeno.
—¡Hidróxido de Litio, por fin nos encontramos! ¡Cuánto he esperado este momento!
—¿Q-Quién eres? ¿Qué haces ahí arriba?
—¡Soy yo, el Bromo, aunque ahora puedes llamarme Bromuro de Hidrógeno!
—Estás muy cambiado… ahora tus colores son más vivos y tu estructura es más compleja…
De pronto, el Bromuro de Hidrógeno notó como el Argón se cansaba. El pequeño gas no podría mantener suspendido el tubo por mucho más.
—¡Nooo! ¡Esto no puede acabar así! Aunque… pensándolo bien, así podré estar pegado a ella para siempre, ¡y en una misma probeta!

Finalmente, el Bromuro de Hidrógeno acabó cayendo en la misma probeta que el Hidróxido de Litio. Pero lo que no sabía era que los ácidos como él atacaban a las bases como ella, y lo que le había parecido una buena idea acabó siendo lo menos esperado. La nueva sustancia que se formó pasó a llamarse Bromuro de Litio, Bromito para los amigos.