Mi vida como protóstomo

Yo era un pequeño y simple protóstomo. Es decir, un animal invertebrado marino del tipo de los anélidos. Pero todo fue cambiando en un periodo que duró millones de años, apenas nada de tiempo en el calendario geológico. Y no sólo cambié yo, sino también mis compañeros con los que solía navegar todos los días, a algunos incluso no los volví a ver. Recuerdo que al principio sentí como temblaba mi entorno. Todo estaba bastante borroso. Hasta que, de repente, noté un haz de luz cegador que me impidió ver hacia dónde iba. Pero después de un largo tiempo, dejó de llegarme esa radiación. Pareció como si una capa invisible me protegiera, tanto a mi querido ecosistema, como a mí.

Durante mi vida, vi como algunos protopeces ponían su empeño en salir del agua para quedarse en esa tierra sin explorar. Yo ni me lo planteé, adentrarme en ese mundo tan desconocido al que llamaban tierra, ¡vaya locura! Además yo no tenía brazos, sólo era un cuerpo alargado que se alimentaba a través de una corona de tentáculos alrededor de mi boca. Parecía como si este acontecimiento hubiera cambiado a todos los animales. Poco a poco se convirtieron en formas más complejas. Los peces presentaban cambios en sus extremidades, había animales con exoesqueleto o trilobites y nuevas especies parecían surgir de todas partes. Y ahí estaba yo, en medio de todo ese cambio biológico, al que más tarde llamaron "explosión cámbrica". No entendía por qué yo no podía evolucionar como los otros animales. Mis mejores amigos se fueron en busca de aventuras y nuevas oportunidades. Estaba condenado a merodear y flotar todo el día entre plancton y algas que realizaban la fotosíntesis. Yo era el único de mi especie que me preocupaba por ello, ¿y si nos llegamos a extinguir? Todos se mostraban indiferentes ante esta gran cuestión. Recuerdo que hubo una reunión de nuestros mayores para decidir si emigrábamos o no de allí. Algunos decidieron marchar a lugares más seguros, como ellos decían. Pero los más jóvenes entre los que me encontraba yo, no lo teníamos tan claro. A veces llegaban noticias del exterior, diciendo que la vida fuera era posible. Había abundante vegetación de vivos colores. Alimentos no faltaban. Seres voladores diminutos que surcaban el cielo. Así que un día me harté de llevar esta vida y decidí investigar. Para mi desgracia lo único que encontré fue un animal que nunca había visto. Era un Anomalocaris, un animal que atrapaba a su presa y a muchos de mis amigos con su gran dentadura. Por suerte, pude escapar a tiempo de las fauces de aquel temible animal.

Pasaron los meses, incluso los años. De vez en cuando me asomaba y veía cómo cambiaba la vida de fuera. Seguirían creciendo plantas de tamaños inimaginables, los peces ya convertidos en anfibios parecían diferentes pues ya no les costaba respirar en aquella tierra. Parecía como si hubiera oxígeno en el aire y las branquias luego pulmones se hubieran adaptado a ese ambiente. Hasta las algas que antes estaban por todos lados en los mares, habían contribuido a construir ese nuevo mundo. Gracias a la fotosíntesis y su emisión de oxígeno, eso se hacía más respirable.

Cuando estaba perdiendo la esperanza vi como otro protóstomo puso una larva en el arrecife. Parecía diferente a cualquiera de nosotros. Pertenecía a nuestra mismo grupo de simetría, la Bilateria, pero había un rasgo que la distinguía, como si hubiera tenido una segmentación indeterminada. Saqué varias teorías. Cuando se las conté a mi mejor amigo, me dijo que me había vuelto loco. Le comenté que noté que en el desarrollo embrionario las partes de su cuerpo se desarrollaron en orden diferente, una posible neoformación. Entonces me di cuenta de que nuestra familia también podía llegar a ser una forma más compleja, y no tendríamos por qué extinguirnos. Nuestro futuro estaba en ese nuevo deuteróstomo (como yo le llamaba a esa nuevo linaje). Podríamos EVOLUCIONAR. Ya no hacía falta que fuéramos a esa tierra, y que investigáramos en el océano, no importaba si gracias a ese haz de luz o quién sabe si después de todo fue solo un cambio químico del océano... pero lo que sí sé ahora es que no importa si somos más pequeños o más grandes, sino que siempre estará la capacidad de adaptarse al medio más allá de nuestras voluntades simplemente por el mecanismo de la selección natural.