Murphy

Si hay algo que pueda fallar, fallará.
Así empieza todo. Siempre había creído que dos más dos no eran cuatro sino olvido y que la gravedad causaba vértigo solo con mirarla a los ojos. Deambulaba sin dirección alguna, calculando la velocidad con la que mis miedos caían y se hacían mil pedazos. Aunque no estaba sola. Había alguien que siempre venía conmigo. Alguien que me abrazaba con toda la fuerza del mundo y alguien a quien le lloraba cada noche. Ese alguien me hacía ver las cosas de otra manera, me perseguía en el frío de la noche y me abrazaba las entrañas hasta quitármelas. Deambulaba sin sentido por el camino de la vida, queriendo vencer al miedo aun sabiendo que él era el único que no me iba a dejar nunca.
Los recuerdos llamaban a la puerta mientras yo solo era energía consumida por el dolor de esa espina que un día me clavó ese espíritu que se esfumó como el humo de ese último cigarrillo. Miré a los ojos a la muerte un par de veces, o tres, ya ni recuerdo, y fue ahí cuando me di cuenta que la sangre de mis venas tan solo eran acuarelas manchadas de tristeza azul. Ya nada latía, ya nadie sentía. La muerte me miró por última vez, agarró mi frágil mano y me abrazó. Me dio un abrazo cálido, tanto que quemaba. Cerré los ojos por última vez y ella pronunció algo mientras una lágrima rozaba sus delicados labios.
-Bienvenida al mundo, Murphy, -me dijo. Y ahí es cuando me di cuenta de que, si algo podía fallar, fallaría.