¿Reflejo o reflejado?

La niña de los ojos grandes me miraba fijamente. Aquellos ojos tan familiares pero tan desconocidos a la vez. Era imposible quitarles la vista de encima, era como si un halo verde surgiera de ellos y se enroscara al rededor de mi rostro, haciendo que mi mirada y la suya chocaran. Y al chocar, un nexo inexplicable pero tan evidente se hacia presente. Todos aquellos pensamientos que habían estado rondando por mi cabeza, las compras que debían hacerse, los quehaceres que debían llevarse a cabo, los mandados sin concretar, todo parecía carecer de valor alguno.
Aquellos ojos conocidos, tan distantes y tan cercanos a la vez seguían mis movimientos sin parpadear, y pude notar como nuestros movimientos se conectaban, como si sus movimientos y los míos fueran los mismos. Su mano izquierda se alzo en busca de mi mano derecha, sin quitar ni por un segundo los ojos de mi cuerpo, que tensamente seguía sus movimientos mecánicamente. Seguía sus movimientos como si fueran los míos propios, como si pudiera anticipar cada acción que ella llevaba a cabo. Como si aquellos movimientos, aquellos gestos, hubieran estado siempre ahi.
Un parpadeo, dos parpadeos, tres parpadeos… Un minuto, dos minutos, tres minutos, y aquella muchacha y yo seguíamos con esta nueva y a la vez antigua conección harmoniosa, que mas que mecánica ahora era orgánica. Copiarla, o que ella me copiase era natural, era tan natural como respirar. Mi mano tocó mi pelo oscuro, su mano tocó su pelo azabache sin un segundo de diferencia.
Aquella conección era hipnotizante, pero a la vez podiá sentir como me enloquecía lentamente por dentro. Se copiaba de mis movimientos, los movimientos que por voluntad propia había creado estaban siendo copiados sin descaro por aquella extraña cuya familiaridad me abrumaba. Moví rápidamente mis brazos de un lado a otro, de arriba a abajo, y de un lado a otro nuevamente pero sin importar cuanto me esforzase, nuestros movimientos eran ahora uno. Lo que era mío era suyo, y lo suyo a la vez era mío.
Lentamente, la muchacha me dirigió una ultima mirada antes de voltearse, obligandome a su vez a voltearme, y al marcharse ella de aquel cuarto, debí yo marcharme del marco. Hasta que decidiera venir a jugar conmigo otra vez.