Una pequña gran aventura

Érase una vez un chico de 2º de primaria llamado Rodrigo.
Rodrigo hizo un teatro sobre el espacio, pero sus padres no fueron, así que se enfureció con ellos. Por ello, cuando una madre de su amigo le trajo de vuelta a casa, Rodrigo se fue directo a su habitación sin cenar ni saludar a sus padres. En cuestión de segundos, se durmió.
Al cabo de unos minutos, el chico observó que todo estaba oscuro y se extrañó. No sabía dónde estaba al principio, pero al ver un millón de puntitos a su alredededor descubrió que...¡estaba flotando en medio del espacio! Rodrigo, al descubrir que estaba solo en medio del espacio, se puso muy nervioso, pues creía que no estaba soñando, y se puso a llorar y a pedir auxilio. Al cabo de un rato vio que uno de los puntitos se acercaba cada vez más. El muchacho no sabía qué era, lo que hizo que llorase aún más y gritase más alto. Este puntito fue acercándose más y más. Rodrigo entró en pánico y decidió cerrar los ojos para no ver lo que le aguardaba. Sin embargo, la curiosidad hizo que no pudiese contenerse, y terminó por abrirlos. Para su asombro, contempló que el puntito era un cohete, así que entró en él, donde halló que había materiales en buen estado, lo que le hizo pensar que había alguien dentro. ¿Y si era un alien? Rodrigo trató de huir lo más rápido posible, pero ya era muy tarde, dos manos le agarraron por la espalda y no pudo salir de ahí. Se asustó mucho, pero al darse la vuelta vio que era un hombre con una gran barba y ojos azules...¡Julio Verne! Al niño le encantaban las obras de este autor, y se las había leído todas (Viaje al centro de la Tierra, 20.000 leguas de viaje submarino, etc).
Además, observó que iba acompañado por un hombre de cara graciosa: ¡Albert Einstein! Le maravillaban sus experimentos y sus frases, con las que no podía estar más de acuerdo, sobre todo con la que dice: "Nunca consideres el estudio como una obligación, sino como una oportunidad para penetrar en el bello y maravilloso mundo del saber.".
Estos dos personajes le preguntaron por qué se encontraba en la inmensidad del espacio solo y sin traje de astronauta, así que le pusieron uno a su medida. ¡Rodrigo por fin había cumplido su sueño, siempre había querido ser astronauta!
Einstein se encontraba en el espacio porque siempre había querido estudiarlo desde el exterior de la Tierra, y Julio Verne porque estaba escribiendo un nuevo libro llamado "De la Tierra a la Luna". Sin embargo, Rodrigo se puso triste porque no sabía cómo había llegado hasta ahí ni por qué. Por ello, sus acompañantes nuevos le dejaron pilotar el cohete para subirle los ánimos. El muchacho se puso muy contento.
Nuestro querido muchachito se relajó tanto al contemplar el espacio que se olvidó de la Tierra y de toda su familia. Así, emprendió su viaje, y a bordo de una pequeña lata fue pasando alrededor de el Sol, donde vio su gran resplandor y a la vez sintió un enorme calor; atravesó Mercurio, dando una vuelta alrededor de él; pasó por Venus, deteniéndose para observar la famosa lluvia de azufre; llegó a la Luna y más tarde rodeó la Tierra, viendo sus grandes océanos; subió a la cima del Monte Olimpo, en Marte; esquivó el Cinturón de asteroides; llegó a Júpiter, donde observó sus grandes tormentas; alcanzó Saturno y se deslizó por sus anillos y por último evitó el gélido frío de Urano, Neptuno y Plutón, donde vio de lejos el New Horizons en este último planeta.
Más tarde se introdujo en el Cinturón de Kuiper, y al llegar al espacio interestelar, contempló a lo lejos la inconfundible silueta de la Voyager 1.
Rodrigo siguió viajando junto a sus nuevos amigos hasta alcanzar el extremo del Sistema solar, tras largos minutos a través de la Nube de Oort.
De repente, el chico se despertó, dándose cuenta de que aquel increíble viaje fue todo producto de su imaginación.
Al levantarse, vio justo delante de sus narices tres pequeñas figuritas con las que jugaba siempre: un pequeño cohete rojo y blanco, el inconfundible Albert Einstein y un librito en manos de Julio Verne. Rodrigo, feliz, se despidió de ellos y bajó rápidamente a saludar a sus padres.
Ahora, sin lugar a dudas, sabía que sería un gran científico, solo tenía que ponerse manos a la obra, estudiar, mejorar y atenuar su temperamento. Estaba seguro de que si conseguía esto podría hacer realidad una pequeña fantasía.