Mi nombre es Marte

Hace mucho tiempo que nací. Yo era el cuarto hijo de mí familia. Vivíamos en unas grandes tierras, en el exterior de la ciudad. Desde que nací reinaba Noeico, era cruel y amaba la guerra por eso desde siempre he vivido rodeado de ella. Toda mi infancia la viví en la guerra, pero igualmente era feliz. La guerra era una parte natural de mí, por eso me apasionaba la colección de armas de mi padre. Estaban ya viejas y oxidadas, pero seguían manteniendo el encanto de antaño.
Con 12 años, ya intentaba alistarme y participar en las batallas. Una vez casi lo conseguí, pero me tuve que conformar con pelearme con mis hermanos. Siempre me pillaban al intentar alistarme porque era fácilmente reconocible y no pasaba desapercibido. De piel tersa y lisa, con dos grandes ojos azules, que la gente confundía con casquetes polares, y abundantes cicatrices formadas por mis peleas.
Con el paso de los años, seguí entrenándome hasta que, al cumplir la mayoría de edad, pude alistarme. Físicamente se me daba bastante bien la guerra, había tenido tiempo para ejercitarme, pero socialmente me sentía oxidado.
Hasta que la ví. Era alta y esbelta, de tez pálida, tenía el pelo largo y sedoso y de un tono castaño oscuro. Era hermosa, la mujer que todos los hombres deseaban. Quería conocerla, me interesaba, pero no me fascinaba. Hasta que me miró, con esos ojos, esos nobles y maravillosos ojos que aguardaban miles de misterios, los cuales quería descubrir.
Vino hacía mi, se presentó y me saludó, pero no fui capaz de contestarle. Me quede inmóvil ante ella, mirándola. No me di cuenta de que era real y no un sueño hasta que se dio la vuelta decidida a marcharse. Le cogí del brazo y le dije:
-Espera, n-no te vayas… L-lo siento, yo…
-Tranquilo, como me mirabas, pensaba que querrías hablar…
- Si, si…
Se llamaba Afrodita. A partir de ahí, la conversación siguió fluidamente hasta que se hizo demasiado tarde para seguir hablando. Se tenía que marchar, pero acordamos volver a vernos.
Como es obvio, acabamos por enamorarnos y creo que fue la mejor época de mi vida. En ese momento reinaba Hespérico, un gran amigo mío, todo iba bien, no había malentendidos y eso era muy favorecedor para la familia que acabábamos de crear Afrodita y yo. Tuvimos dos hijos: Fobos y Deimos. Fobos es el mayor y siempre rondaba alrededor de mi. Deimos es el menor, y la verdad, es que siempre ha sido muy independiente. Por desgracia para su madre, Fobos era el miedo en persona y Deimos inspiraba un terror sobrenatural, todo esto con tan solo dos años de edad. A partir de ahí, todo lo que habíamos creado, todo lo que amaba, desapareció.
Afrodita me dejó, y mi gran amigo Hesperico murió. Estos dos impactos han sido los más duros de mi vida, sí, se que son pocos, pero me han afectado demasiado. Se podría decir que fue un periodo amazónico, o es así como lo llaman. No me quedaba nada, solo me quedaban mis hijos. Pero, por desgracia, cada vez nos distanciábamos más. Me pasé demasiado tiempo llorando, hacía mucho tiempo que no lloraba, hasta que me hize más fuerte y mi corazón más frio, pero esto no sirvió de nada. Empezaba a notar como mis fuerzas decaían, ya no fluía la sangre dentro de mí, ya no sentía como brotaban los ríos en mi interior, mis ojos dejaron de ser potentes como lo eran antes, mi mirada se apagó, ya no existían esos casquetes polares que tanto me gustaban, ahora solo eran explanadas de marrón rojizo en las que se reflejaban las explosiones, como volcanes, que estallaban una y otra vez, sin cesar.
A medida que avanzaban los días, me moría un poco más. Llevaba una vida llena de actividad geológica, y no estaba acostumbrado a este sentimiento de soledad y de decadencia.
Pero, en estos últimos momentos de mi vida, empiezo a pensar que todo lo que he hecho, no ha valido para nada, debería haber seguido con mi sueño de vivir y morir en la guerra, y en cierto modo, lo he hecho, pero en mi propia guerra. Ha llegado el momento, ya acepto que estoy muerto, pero muy poca gente de a mi alrededor lo nota. Mi lucha ha terminado.
Mi nombre es Marte.