Joaquín Sola

Todo terminó la noche del veinticinco de diciembre de mil novecientos cuarenta y nueve, Joaquín Sola todavía no era consciente de lo que había descubierto. Joaquín era un hombre con unas ansias de saber enormes, por eso aquella noche, mientras todos cenaban en sus casas, él estaba en el laboratorio intentando descifrar el sentido y el origen de la vida. Estaba muy cerca, pero aún le faltaba algo, algo que le solucionaría su problema. Esa noche se cumplían siete años desde que se embarcó en este proyecto y debía terminarlo ya, esa misma noche. Agobiado por no saber avanzar, decidió pedir consejo, pero se dio cuenta de que no tenía a nadie a quien preguntarle, hacía siete años que no salía de su laboratorio ni para visitar a su madre. Joaquín lloraba, muerto de pena y de angustia, abatido. El llanto continuó unos minutos hasta que sonó el teléfono: “¿Has acabado ya, hijo? Te echo de menos.” Joaquín Sola sonrió, por fin lo había descubierto.