Son las diez y ocho

Las matemáticas son aburridas.

Es una conclusión a la que me ha costado mucho tiempo llegar, cuatro horas para ser precisos. Las cuatro horas que llevo estudiando sin entender nada de lo que pone en este puñetero libro.

En el reloj pone que son las diez y ocho. Curioso, nadie se espera que la hora termine en ocho. Yo creo que es culpa de Hollywood y sus películas, en las que siempre son las “no-se-qué” en punto, las “no-se-cuantos” y cuarto, las “que-se-yo” y media y raramente son menos cuarto. En un mundo donde reinan los ceros y los cincos, ¿qué derechos va a tener un pobre ocho? Ninguno. Malditos guionistas insensibles.

El reloj sigue marcando las diez y ocho. ¿Cómo pueden haber pasado solo segundos desde la primera vez que lo mire? Estas están siendo las cuatro horas mas largas de mi vida. Cuatro horas... cuatro es la mitad de ocho, pero en este momento hablamos de ocho minutos y cuatro horas y eso cambia las cosas, porque ocho minutos son solo una insignificante treintava parte de cuatro horas. Eso significa que llevo treinta veces ocho minutos estudiando matemáticas. Treinta veces son muchas veces. Esto me recuerda a cuando estoy en clase: “Queda una hora, que se divide en dos porciones de treinta minutos que se dividen en tres porciones de diez minutos, y eso son solo seis veces diez minutos” ; es una bonita manera de engañarse a si mismo. Pero treinta veces son mas que seis veces, de hecho, son cinco veces más. Lo cual significa que yo no puedo autoengañarme y que se multiplicar, vaya.

Vuelvo a mirar el reloj, y ¿qué hora es? Exacto, las diez y ocho. Estaría bien que mi nota estuviera entre esos dos números ya que llevo cuatro infinitas horas estudiando. En realidad eso no tiene sentido por que son cuatro horas y no pueden ser infinitas. Es gracioso porque el símbolo del infinito es un ocho tumbado, ¿cómo puede algo tan simple como el numero ocho convertirse en algo tan complejo con solo echarse a la bartola? Con todo esto de dormir y del infinito me acuerdo del señor David Hilbert, que era mas chulo que un ocho, y de su paradoja del hotel infinito.

La paradoja iba de un hotel que tenia infinitas habitaciones y un día se lleno del todo, pero llego un señor que quería una habitación y el recepcionista, que era un tío muy majo y no quería dejar al pobre hombre en la calle le pidió a sus huéspedes que le sumaran uno al numero de su habitación y se cambiaran a ese numero de habitación, lo cual es un asco porque imaginate que tu llegas al infinito hotel, recorres el infinito pasillo, llegas a tu habitación y mientras deshaces tu infinita maleta viene el señor recepcionista a decirte que te cambies de habitación, que mal.

El caso es que al día siguiente llega un autobús infinito lleno de turistas infinitos y el recepcionista dice que para que quepan todos la gente que ya esta en el hotel tiene que multiplicar su numero de habitación por dos y moverse a la que tenga ese número, ocupando todas las infinitas habitaciones pares y dejando libres las infinitas habitaciones impares. Pobre del que esta en la habitación mil; que seguramente haya acabado de deshacer su infinita maleta y ahora van y le dicen que tiene que hacerla otra vez y encima moverse mil habitaciones. El recepcionista se debe de haberse llevado infinitas leches por parte de los huéspedes. Pobre hombre, con lo trabajador que es.

Pero pero resulta que un día llega un infinito numero de autobuses infinitos y todos están llenos. Ya me dirás tú de donde sacan el material para hacer tantos autobuses, con lo que tiene que contaminar eso. Y todo el mundo piensa que el señor recepcionista esta perdido pero resulta que no, y yo no se que hace este hombre siendo recepcionista porque el tío es mas listo que el hambre. El señor recepcionista le pide a los huéspedes que eleven el numero dos al numero de su habitación y se cambien a la habitación con ese número, entonces, la gente que va en en primer autobús coge el numero tres y lo eleva al numero de su asiento, y hala, ya tiene habitación,los del segundo autobús hacen lo mismo con el cinco, los del tercero con el siete y se sigue con todos los infinitos números primos y así estamos todos felices y cabemos todos en el hotel.

Cuanto rollo y todo esto solo porque los turistas eran unos vagos y no querían irse a otro hotel.

Antes de ponerme de nuevo a estudiar le echo un vistazo rápido al reloj.

Son las diez y nueve.