La pócima.

Mi nombre es Érik y si no te importa, te contaré la historia de lo peor que hice en la vida.

En ese entonces tenía dieciocho años y estaba en segundo de bachillerato científico. Físicamente no he cambiado mucho; mi cabello sigue siendo negro al igual que mis ojos. Nací un día como el de hoy en el año 2992.

Nunca había sido un gran estudiante, solo uno normal que se conformaba a veces con aprobar y otras con sacar más de un seis. Solo quería trabajar y tener un empleo con el que ganarme la vida.

Me apunté al bachillerato científico porque perdí una apuesta con unos amigos.

Sin darme cuenta llegó la hora de examinarme.

Hace muchos años, para entrar a lo que llamaban universidad se hacían unos exámenes, pero, como deberías saber, desde hace unos cien años se cambió el sistema y así nacieron los Campeonatos de Bachillerato Científico, Humanístico y Artístico. Estos estaban totalmente centrados en aumentar la creatividad de los participantes. En dichos campeonatos los alumnos que han cursado segundo de bachillerato son cualificados por unos jueces con diferentes pruebas prácticas y dependiendo de la ronda en la que se suspende eres descalificado, pero puedes optar a una serie de empleos mejores o peores. El primer premio era únicamente para tres personas las cuales podían elegir su trabajo ideal.

Por supuesto, estos campeonatos se celebran en grandes estadios de forma provincial.

Entré en el Campeonato Científico. Pasé las tres primeras rondas a duras penas. Solo quedaba una ronda más. Fallaríamos treinta de los treinta y tres. Y sí, la última ronda era la decisiva. Pero debías tener más suerte que inteligencia. ¿Quieres saber lo que me pasó?

Uno de los jueces apareció en medio del estadio y nos dijo a los finalistas:

—Debéis crear algo que beneficie a la humanidad de aquí en adelante. Da igual si vuestro invento no es muy científico. Tenéis una hora para prepararlo delante de mí.

Y entonces en medio del estadio hicieron aparecer, gracias a las nuevas y modernas tecnologías, unas mesas abarrotadas de metales de todo tipo, herramientas, productos químicos y Dios sabe qué otras cosas.

Yo me quedé completamente a cuadros. ¿Cómo podía mandarnos eso tan de repente?

Me acerqué a una mesa. De lo nervioso y estresado que estaba cogí algunos frascos al azar con sustancias que había estudiado en clase junto con unos cuantos utensilios y más cosas. No iba a pasar esa ronda. Tenía la mente saturada. No tenía inspiración.

Comencé a mezclar las sustancias al azar; con muestras de tierra, excrementos y restos de alimentos.
Terminé después de unos diez minutos. Me pasé el resto del tiempo mirando a mis rivales.
Cuando el tiempo de preparación acabó el juez pasó a preguntar a cada participante y así llegó mi turno.
Mi invento era una horrorosa pócima negra. Sí, la he llamado pócima porque tenía pinta de medicina.

—¿Qué ha hecho usted, joven?—me preguntó el juez.

—Le presento el fármaco que cambiará sus vidas. Ahora observarán sus efectos.—hablé como si de un anuncio de la televisión se tratara.

Cogí el frasco y tiré el contenido sobre un ratón blanco que había cogido de una de las mesas. El animal estaba en una jaula.

Al cabo de unos minutos ya había empezado a hacerme a la idea de que había fracasado hasta que el ratón comenzó a toser y sus ojos se volvieron rojos.

—Vaya—habló el juez algo sorprendido.—, ha creado unas lentillas rápidas. Aunque lamentablemente, buscamos algo más… impactante, ¿sabe?

Yo asentí sin ganas. Me habían descalificado.

La chica que tenía en la mesa de al lado se enfadó tanto al fallar que tiró todo por el aire y una pequeña roca blanca se metió en mi pócima. No me importó. Esa cosa no servía para nada. Al salir del estadio la tiré a la basura.

¿Recuerdas los extraños accidentes en los que un montón de gente ordinaria había asesinado a unas mil personas? Ese era su verdadero efecto.

Para cuando me di cuenta ya habían pasado diez años. El efecto de la pócima se contagia con el tacto. Por eso tenemos más asesinos que ciudadanos en este país.

Al final obtuve un trabajo en un pequeño laboratorio analizando productos. Y poco a poco fui investigando sobre la pócima. La intenté rehacer. Pero seguía siendo una lentilla rápida. El problema estaba en los fragmentos de roca que habían caído sobre el líquido, ya era demasiado tarde.

Con el tiempo me volví un asesino.

Sí, ese día tuve la suerte de condenar a la humanidad.

Pero pronto tú dejarás de sufrir.

No me mires así. Siento que todo acabe así para ti…

Y el cuchillo atravesó su cuello.
Informe del caso 12304: Transcripción del asesinato del civil degollado.