Una Civilización Perdida

Cuenta la leyenda que en la época de la Antigua Grecia, existía una civilización muy diferente a las demás. Era Atlántida, una isla perdida en las profundidades de algún océano, tan grande que la consideraron un continente. Nadie sabía su localización, aunque los más sabios de la época la situaban en las profundidades del océano Atlántico, al oeste del continente africano. Sus habitantes eran distintos, ya que vivían bajo el agua, pero no se sabe por qué. Los mismos filósofos que la intentaban situar pensaban que fue creada por el dios de los mares, Poseidón, como castigo de su hermano Zeus por traicionarlo.

En el Olimpo Griego, tras la derrota de los titanes, empezó una lucha entre los tres hermanos más poderosos: Hades, Poseidón y Zeus. Fue una guerra que duró siglos y acabó con la victoria de Zeus, que decidió castigar a sus otros dos hermanos. A Poseidón se le obligó a abandonar el Olimpo, encerrándolo en los mares para siempre. Tuvo que construir su propio pueblo para poder vivir, y crear seres a los que poder mandar. Fueron creados a partir de un tiburón y un ser humano normal, modificando al ser humano de tal forma que pudiese respirar bajo agua, tal y como lo hacen los peces. Heredaron genes tanto del tiburón como del humano, dándoles la apariencia de un humano pero también las branquias de los tiburones, y aletas, que les permitían nadar. Ninguno de ellos tenía la capacidad de vivir fuera del agua hasta que llegó Eldoris, un niño que, por causas desconocidas, también podía vivir en tierra. Eldoris era un joven curioso, que siempre se metía en problemas. Se preguntaba constantemente si había algo encima de su cabeza, qué era eso azul que veía allí arriba. Nadie sabía de su capacidad de respirar aire, ni siquiera él, aunque poco le quedaba para darse cuenta…

Un día, Eldoris estaba volviendo a casa después de ir a la escuela, cuando de repente se le apareció una burbuja de gran tamaño, no era la primera vez que veía esto. Él sabía que era peligroso meter la cabeza dentro de una burbuja, y su madre se lo había advertido miles de veces. Pero claro, le picaba la curiosidad, por lo que contó hasta tres y se metió, sin saber lo que iba a pasar. Curiosamente, no le ocurrió nada, nada de esas cosas que decían los ancianos de Atlántida, como que te volvías azul y te quedabas inconsciente. Aún fascinado por lo que había ocurrido, llegó a casa, pero no dijo nada de ello ya que sabía que su madre se enfadaría con él. El chico se pasó toda la noche en la biblioteca leyendo antiguos libros de su padre, desde odiseas hasta antiguas leyendas sobre los titanes. Estaba leyendo por encima un libro de Homero, en el que hablaba sobre la creación del ser humano, pero se detuvo en una página que le llamó la atención, tenía un gran título en latín, que decía “Poseidón y la creación de Atlántida” y siguió leyendo hasta quedarse dormido.

La mañana siguiente, ya consciente de su habilidad para respirar aire, decidió explorar para ver qué se escondía detrás de ese cielo azul. No sabía muy bien a qué se iba a tener que enfrentar, por lo que se llevó lo básico. Tras horas de nado, llegó a la costa, algo que él desconocía. “No estoy seguro de si debería hacer esto, pero no hay vuelta atrás” se dijo a sí mismo. Armado de valor, salió del agua y ante sus ojos tenía un pequeño pueblo costero de África. Sólo veía casas, parecidas a las que tenían en la Atlántida. Empezó a adentrarse más en el pueblo, hasta el punto en el que vio a un ser humano. Eran igual a los que había descrito Homero en su libro: piel de diversos colores, extremidades definidas, con piel y sin escamas. Eldoris se sentía diferente, la gente comenzó a rodearle, seguramente también estaban asustados, hasta que un niño pequeño se le acercó. Por suerte, hablaban el mismo idioma, el latín. Fueron capaces de comunicarse a pesar de sus diferencias, y se empezaron a sentir más cómodos ambos, Eldoris y el resto de humanos. El joven atlántido pasó dos días allí, aprendió mucho y les ayudó en las labores de pesca. Aún así, seguía sin saber por qué él era así, hecho para vivir en ambientes acuáticos, y por qué existían otros seres vivos parecidos a él que sólo podían vivir en tierra firme. Por muy aceptado que se sintiera a pesar de sus diferencias, tenía que volver a casa. Por muchos libros que leyese, sabía que no encontraría la respuesta a su pregunta, quizás algún día, su gente y los humanos “terrestres” convivirían juntos…