Siempre

¿Qué hay después de la muerte? ¿Recibe el mismo final del trayecto por la vida alguien asesinado, que alguien que simplemente abraza a la eternidad cerrando los ojos? ¿Hay eternidad? No lo sé. Ese siempre ha sido mi problema, que no lo sé. Solo quiero saberlo, no pido nada más, quiero saber si merece la pena vivir, si la querencia inagotable del curioso por el conocimiento absoluto no ha sido en vano interrumpido por la muerte. Mi padre me regaló una colt Python (magnum de combate), cuando frisaba la edad de 14 años. Me la dio sin balas, y me propuso buscarme la vida para aprender a utilizar aquella llave al infierno precisando de balas. Aun hoy sigo sin querer comprar balas para la colt, porque todavía no encontré la manera de usarla sin balas. Pero esa curiosidad… la muerte…
Por la tarde siempre bajo a por un par de paquetes de cigarros antes de ponerme a trabajar desde casa, pero esta vez no solo me dirigí al estanco que solía frecuentar, sino que caminé una calle más abajo y giré a la izquierda. Llamó al timbre de la puerta principal y entro en la armería.
Una vez en casa, con dos paquetes de Malboro y una cajetilla de munición para la magnum, me senté en mi sillón deseando reflexionar. Abrí el primer paquete de tabaco y con las cerillas de mi mesita encendí el cigarro. Si mueres y sabes que hay vida después de la muerte no se lo podrías comunicar a nadie, de otro modo lo sabría la humanidad porque se lo habrían comunicado los no vivos. Pero, si mueres y no hay vida después de la muerte, si sólo no percibes nada más, si todo se acaba… ¿Para qué está la vida? Porque nos empeñamos en buscar algo que si llegáramos a encontrar no nos serviría para solucionar el problema. Sería un estado de paz eterna…no, sería un infinito que las matemáticas no podrían describir porque no existiría. Cojo la magnum, cargo un par de balas, y disparo directo a la sien, inhalando el humo que había dejado. Dicen que cuando mueres ves pasar tu vida como una película… chorradas. Esos cinco segundos que tenía de prórroga hasta que todas las sinapsis y todo los demás dejara de funcionar, los empleé con la mirada perdida en la lámpara encendida de mi cuarto de estar, arrepintiéndome de haberlo hecho. Y en cierto modo si tu estuvieras desangrándote y escrutando la posibilidad de que hayas hecho esto para algo que no es algo sino una ineludible nada, te insultarías de todas las maneras posibles por haber desperdiciado tu vida pensando en la muerte. Cinco segundos y pico pasaron, y no había nada. No sabía quién era yo qué había pasado ni nada. Una absoluta nada. Pero tampoco era tan absoluta aquella nada, ya que yo percibía que era una nada. Entonces… vi a mi padre acercarse.
-Hijo… eres muy estúpido.
- ¿Por qué papá? – Pregunté recuperando parte de mi consciencia y con las lágrimas resbalando de mis mejillas. -No he hecho nada malo. – Gimoteé.
- Te di el arma sin balas porque no necesitas un arma, debías de haberla tirado. Una bala no puede marcar un capricho de saber para un chico como tú.
- ¿Qué hay después de la muerte?
- Puedes imaginar lo que quieras, y no tengas prisa, porque tienes toda la muerte para probar cada hueco de tus pensamientos.
Cerré los ojos y volví a aquel verano del 92, cuando mi padre me regaló el arma. La tiré y le di la mano. Juntos caminamos hacia el más allá.