LA SONRISA OCULTA

Era el 9 de Abril del Año de Nuestro Señor de 1507, en Milán.
Yo, Isabella Petrucci vengo de una familia de comerciantes.
Vivimos en una gran casa con cientos de habitaciones. Mi favorita es la biblioteca. Me encanta leer, sobre todo las novelas más innovadoras y misteriosas que me trae mi padre de sus largos viajes.
Además, en la biblioteca mi padre guarda toda clase de maquetas y artilugios fantásticos. Son inventos de personas que ha conocido a lo largo de los años. Mi favorito y más amigo es un inventor llamado Leonardo Da Vinci.
Un día, al salir de clase, fui al taller del inventor. Cuando llegué no había más que militares rodeando la casa de nuestro amigo. Leonardo, que salía en ese momento escoltado, logró gritarme:
- ¡Ve a la vía Magna, al edificio azul y blanco y di que te envió yo!
Me quedé perpleja. No sabía ni qué hacer ni a qué me iba a enfrentar. Lo único que estaba claro era que no se lo podía contar a nadie, incluida mi familia.
Después de mi clase, y sin que nadie me viera, me encaminé hacia la dirección que Leonardo me había encomendado. Y allí estaba yo, delante del portón de la casa con mi pálida cara y mis piernas temblando. Cuando me dispuse a llamar a la puerta, me abrió una señora de unos 40 años. Con una agradable sonrisa me dijo:
-“Vaya, supongo que tú eres Isabella, la niña de la que me habló el señor Da Vinci”
Le contesté que sí. Me hizo pasar al recibidor y me entregó una carta sin antes advertirme que después de abrir el sobre, ya no habría vuelta atrás. A pesar de ello, la abrí, todo por ayudar a mi amigo:
Hola, si eres Isabella, enhorabuena y gracias. Si sois la policía, ya puedo imaginarme mi destino.
Algunas personas intentamos ver el mundo de otra manera y para eso yo estoy haciendo investigaciones. Tu función para ayudarme será resolver este acertijo:
“Tras la dama de la sonrisa oculta un gran secreto aguarda. Para hallar la solución tendrás que buscar la unión del hombre y la proporción.”
Cuando tengas la información deberás ir a la procesión de Semana Santa de la Virgen de las Rocas y contactar con Francesco Metzi. Él te encontrará, me he asegurado de ello.”
Buena suerte
Leonardo Da Vinci
Sorprendida, dirigí mi vista hacia la mujer y la dije:
-“Dado que tengo que buscar a una dama de sonrisa oculta creo que usted es la más indicada para ayudarme”
-“Si conozco bien a mi señor, apostaría a que en su habitación encontraremos la solución. Acompáñame”.
Partimos las dos atravesando un gran salón hacia el cuarto de Leonardo. Lo revisamos todo de arriba abajo, pero ni rastro del cuadro. Cuando salimos del cuarto al pasillo mire el espejo de reojo y vi un cuadro del pasillo tapado por una sabana al igual que todos, pero en este, se podía percibir una silueta, entonces dejando a la señora atrás levanté la sabana. Allí estaba una dama morena con una sutil sonrisa, y la criada se sorprendió diciendo que nunca había visto ese cuadro. Entonces lo levantamos, y efectivamente, había un pequeño hueco en la pared en el que encontramos un sobre. Sin pensarlo lo cogí y lo abrí.
En su interior había una serie de dibujos. El primero era un hombre con 8 extremidades, y los demás eran una serie de bocetos de artilugios que, aparentemente parecían armas. Era lógico pensar que Leonardo no quería que el ejército los encontrase.
Estaba claro que Leonardo quería que los sacara de su casa. Me los llevaría a mi casa hasta que llegara el día de la procesión.
Convencí a mi madre para que me acompañara a ver salir a la Virgen. Me alejé sutilmente hasta encontrar un sitio donde poder subirme y así asegurarme que Francesco pudiera verme.
Lo que veía era gente vestidas de penitentes. Sus túnicas eran de color negro. Sus caperuzas eran grandes conos de color amarillo y en el pecho llevaban una gran cruz roja. Noté una presión de una mano sobre mi hombro. Al darme la vuelta pude ver a una figura alta, de la que sólo podía ver los ojos oscuros. Pegué un grito y él, rápidamente, con su mano libre me tapó la boca.
-“Tranquila Isabella, soy Francesco Metzi. Creo que tienes algo para mí”.
Desde el momento en el que le di el sobre, no volvía a ver a Leonardo. Lo que sí sé es que hizo cosas, que como él me dijo, revolucionarían el curso de la historia.