La penicilina

Amanece un lluvioso y triste lunes de otoño en la capital británica de Londres, como siempre salgo de mi casa en la calle “Brendon street”, con un paraguas en mano para aguantar el día seco por el lluvioso clima londinense, y unos peniques para comprar el té en la tetaría. Después de comprar el té me dirijo al hospital St. Mary’s a trabajar.
Al entrar por la puerta, como siempre, Alexander ya llevaba unas horas en su mesa abarrotada de libros y placas de Petri con unos colores llamativos verdosos.
-¡Buenos días doctor!- Deje la taza de té encima de la mesa y pude observar que el doctor no se había movido ni un pelo desde que me fui de ahí mismo el domingo por la tarde.
Alexander Fleming junto con Almroth Wrightera, jefe de la sección de microbiología, eran genios de su campo, ambos con un carácter reservado y hasta siniestro, habían luchado en la guerra en el cuerpo médico británico en la segunda guerra mundial, pero se habían pasado más de 40 años juntos buscando una cura antibacteriana para los animales, hasta ahora sin obtener ningún resultado.
Mi trabajo era sencillo, trataba de averiguar los cambios en las placas que el doctor me dejaba en mi mesa, luego, ordenaba y limpiaba los cristales para repetir el experimento, todo esto, en completo silencio, observado solamente por las pinturas que Fleming pintaba en su tiempo libre.
-¡Aaaachís!- Grito Alexander sin moverse de su posición. Una nube de babas pegajosas saltaron a la placa de Petri que sujetaba en su mano, y nuevamente prosiguió a lo que yo llamaba, mirar las musarañas.
Al día siguiente llegué al trabajo diez minutos antes para preparar y limpiar un poco el laboratorio. Empecé por ordenar los papeles de mi mesa, ordenar coloridas sustancias en tubos de ensayo y termine por recoger unas placas de Petri que el doctor, descuidadamente, había olvidado en un rincón de la sala.
Me dirigía a tirar las capsulas cuando de pronto observe que una de ellas era de color blanco: -¡Doctor, doctor!, venga rápido, algo ha pasado en esta placa- Mi poco conocimiento de campo me hizo quedar como un estúpido ante él.
De pronto, sus manos empezaron a temblar, sus mejillas se volvieron coloridas, sus ojos fueron inundados por lágrimas de alegría seguidas por un grito de alegría y abrazos y saltos de emoción. La gente que pasaba por delante del laboratorio giraba la cabeza hacia nosotros, nunca nadie hubiese imaginado que el descubrimiento más importante de una década fuera a causa de un simple resfriado.