Maldita inmortalidad

La ventana de hospital dibujaba una mar de nubes grises, hacía días que no veía la luz del sol y tenía miedo a no poder verla salir de nuevo. Había logrado combatir el miedo a la muerte, este ya no existía en mí. Había aceptado resignadamente mi destino, lo único que me quedaba por superar era el miedo a no poder ver más a mi familia.
11:05 a.m., como de costumbre mi médico llegaba tarde a la visita rutinaria de las mañanas. La misma cantinela de cada día, el cáncer sigue evolucionando lentamente, podemos probar otra medicación bla bla… Veía en su mirada como eran palabras vacías, su moral le impedía dejarme morir como un perro, sin intentar siquiera unos tratamientos en los que no creía ni él ni nadie.
Era una noche placida de octubre, en mi cabeza se proyectaban un sinfín de recuerdos. A esas horas de la madrugada el hospital entraba en una especie de microclima donde el silencio se apoderaba de él. Únicamente perturbado por las sirenas que entraban apresuradamente por la puerta de urgencias.
De repente esa paz fue interrumpida por una extraña silueta de traje negro que se coló por mi puerta.
Me quedé atónito ante la incertidumbre de esa visita, aunque no me impresionó mucho, estaba tan sedado y falto de vitalidad que ni me preocupaban las intenciones con las que venía aquel extraño.
Me dijo con una voz grave y seca que él podría curarme, no dudes en llamarme. Dejó una tarjeta en mi regazo y se esfumó.
No podía creer la situación que acababa de vivir, hasta el punto que a esas horas de la madrugada no podía diferenciar si era real o me acababa de despertar de un sueño extraño.
Me desperté fascinado de lo que había creado mi subconsciente. Al cabo de unos minutos irrumpió mi médico en la habitación, pero su rostro no expresaba el falso optimismo de cada día.
En seguida, me mentalice para lo peor, estaba preparado para afrontar mi destino. Abrió la boca y sentenció con voz rota;
- Se te ha detectado otro tumor cerebral, aún más grande y agresivo que los otros. Hemos agotado todas las vías, y te recomiendo encarecidamente que vivas al máximo el tiempo que te quedé aquí, por mi parte poco más puedo hacer, lo siento.
Descendió por la mejilla del doctor una lágrima amarga, y abandonó la sala.
Me incorporé para mirar por la ventana y fue entonces cuando vislumbre la tarjeta de mis sueños, rápidamente llame al número y la voz que creía haber soñado respondió al teléfono;
- A media noche en el parking trasero del hospital.
Colgó enseguida, no pude ni decir hola.
El día paso lento y aburrido.
Llegaron las 11:45, en ese momento mi adrenalina estaba por las nubes. Me levanté de la cama y me dirigí a la salida de emergencias del final del pasillo. No tuve ningún problema para salir, tenía un objetivo fijo; el parking trasero del hospital. Al llegar, eran las 11:58 no había nadie y estaba todo tranquilo. Miraba ansioso a todos lados, esperando la silueta del extraño que se coló en mi habitación.
De repente una mano tocó mi espalda, un grito salió de lo más profundo de mi alma, pero el extraño rápidamente me tapó la boca con su mano. Me dijo que le siguiera, subimos a un Mercedes plateado, y esa fue la última vez que vi ese hospital frío y lúgubre.
Después de media hora, llegamos a una vieja nave en mitad de un polígono abandonado.
Me estiraron en una camilla, atado de pies y manos, un sudor frío recorría mi cuerpo, lo último que escuché fue que el tratamiento estaba en fase experimental, no me garantizaban nada.
Pase la peor semana de mi vida, no podía distinguir cuando dormía o estaba despierto, lo real de lo que creaba mi subconsciente, nunca había sufrido tanto.
A los diez días me desperté repleto de vitalidad, el hombre extraño estaba a mi lado, perplejo de que siguiera con vida. Me contó que habían inyectado en mi cuerpo una substancia derivada de un extracto de células madre que habían sido mutadas lo cual les volvía agresivas y destruían todas las células diferentes a ellas, así destruían las células cancerígenas. Lo peligroso era que estas células mutadas destruyeran también tejidos de algunos órganos vitales.
El extraño prosiguió, tu cuerpo las ha aceptado por completo, ahora estas regeneraran cualquier tejido dañado, convirtiéndote así en inmortal.
Yo añadí,
- ¿Por qué yo?
El extraño respondió.
- Solo una persona que había aceptado la muerte podría someterse a este tratamiento. Nos mantendremos en contacto.
Me miré mi mano y en levantar otra vez la cabeza él ya no estaba.
Me levanté y me fui a buscar a mi familia.
Año 2367 aún estoy buscando la forma de morir.