El agua, ese bien tan preciado, tan violeta, tan gelatinoso.

Existen tantas propiedades en el agua como partículas en el universo, como gotas en el vaso, como conexiones neuronales en el cerebro. Sí, el agua, ese bien tan preciado, tan violeta, tan gelatinoso. Nuestro sol y sus rayos de colores o de ningún color se refractan en cada charco. Nuestro planeta y sus inspiraciones y exhalaciones.

El agua es el motor de nuestra vida aquí. Cada vecino tiene un pozo en el jardín delantero, abasteciendo cada grifo de su casa. Los pozos consisten en agujas microscópicas en forma de tubo, que absorben el vapor de agua de nuestra atmósfera. El mismo pozo lo condensa y lo transforma en agua líquida. Recuerdo cuando de pequeño me acercaba al cristal del pozo, y veía turbinas en movimiento, trabajando como varitas mágicas, convirtiendo ese polvo violeta que respiramos en el agua que bebemos.

Anécdotas como esta marcaron mi tierna infancia. Estudié en el Valle del Algodón, una universidad prestigiosa, la carrera de hidrogradía, que consistía en analizar agua, construir pozos... No era necesaria la gestión de residuos en nuestro planeta, pues el agua siempre era pura, y ella misma se potabilizaba y se limpiaba al estar en contacto con la atmósfera. Con el tiempo se volvía a esfumar, volvía al sitio que la vio nacer (el cielo), lista para que otros pozos pudieran removerla en sus turbinas, lista para que más agujas microscópicas le hicieran cosquillas.

Trabajé para una central y también hice rondas de reparaciones de pozos. Hasta que me llegó aquel extraño mensaje láser.

Di gracias a que en la universidad me habían enseñado la asignatura de Idiomas Extraterrestres, que en un principio consideraba inservible, pues en esta ocasión la necesité. Era de día, y el mensaje láser atravesó la ventana del desván, bajó las escaleras y llegó al salón. Yo lo cogí con mis manos y lo conecté a la televisión.

Me costó llegar a comprender aquel mensaje. Eran muchas imágenes que se sucedían rápido. Costumbres extrañas, comida muy exótica, seres abriendo mucho la boca, moviendo su cuerpo, haciendo sonidos sirviéndose de aparatos. La cinta acababa con la imagen de un planeta diminuto, de colores azul y verde con nubes blancas.

Intrigado, busqué en La Gran Enciclopedia Intergalaxia aquel planeta (o satélite). En la página 4028 encontré uno muy parecido, pero seguí buscando. En la página 7305 encontré el que debía ser ese planeta, el N76-S34-E18-W05. Me quedé fascinado por las criaturas que albergaba; no sabía que en un planeta podían convivir ciudadanos tan diferentes entre sí. Algunos nadaban, otros eran verdes y sésiles, otros construían sus casas con un material gris que brillaba, y otros corrían con los pies descalzos. En las fotos de aquella enciclopedia todos eran felices. Sentí envidia, pues nuestro planeta, aunque plácido, era muy estático. En él no ocurrían grandes aventuras, y todos los habitantes nos parecíamos.

Investigué más y más sobre ese planeta enano. Me había cautivado. Era mi gran secreto. Siempre que podía entraba en la nube bibliotecaria, memorizaba información sobre cristales y lentes, ahorraba mi salario para poder conseguir la lente más cara del mundo, de cuarenta mil años luz aumentos.

Y llegó el momento de mi jubilación. Me faltaba dinero. Hice públicas mis intenciones, recaudé fondos y acepté donativos, y fue gracias a la caridad de los vecinos que cumplí mi sueño. Auné varios materiales que encontré en mi casa y le añadí aquella cara lente, que a duras penas había conseguido, dando mi vida por ella. Al aparato que inventé, lo llamé vistacopio.

Aquel día acerqué mi vistascopio a mi ojo central. Vi polvo de estrellas, galaxias, agujeros negros, a cuarenta años luz de mi planeta. Me sentí realmente dichoso. Y volví a concentrarme. El planeta. Dirigí el vistascopio a las coordenadas adecuadas...

En cuanto acerqué el ojo a la primera lente, me quedé petrificado. Era un planeta gris, amarronado, color crudo, desértico, inerte. Desprendía una humareda que formaba una atmósfera turbia y espesa.Revisé las coordenadas, aquello debía ser un error. Hice un esfuerzo con la vista y con el vistascopio para divisar a los seres extraterrestres. En el norte, todo parecía ir correctamente, como en la cinta, si bien vivían en casas subterráneas y los ciudadanos verdes y sésiles habían desaparecido. Mas en el sur, unos seres con manchas en la piel y desnudos hacían lo posible por sobrevivir a la intemperie en un mundo árido. Su agua, su principio vital, tenía un color pardusco no muy saludable.

No pude evitar compararlo con mi planeta. ¿No tenían pozos? ¿No todos tenían accesibilidad al agua? ¿No cooperaban norte y sur? ¿Dónde estaba el bienestar, la alegría por la diferencia? ¿Dónde estaba la vida que emanaba anteriormente? En ese momento no supe qué preferir: si la monotonía o la desigualdad.