El iceberg y los humanos

El gran iceberg recordaba con nostalgia el pasado lejano, mucho más feliz, mientras las olas le mecían, a veces suavemente, a veces enfadadas y amenazadoras, en las aguas cada vez más cálidas del océano, camino del Atlántico sur.
Había sido un gigante enorme, imponente, anclado con solidez en los altísimos y orgullosos acantilados de hielo polar del Ártico. Era menos denso que el agua marina que le sostenía. Bajo sus pies de hielo habían habitado siempre un sinfín de seres vivos que tenían su hogar en esas aguas frías: ballenas, narvales, focas y morsas, delfines, y muchos peces pequeños. ¡Qué alegría le daba sentirles nadar bajo su cuerpo inmenso! Él también se sentía vivo con ellos. En algunas ocasiones los osos polares y las liebres árticas corrían por su superficie, y si alzaba la vista, podía ver a algún búho nival en busca de presa, un pez o una liebre descuidada…
Luego, un día, poco a poco, llegaron los ruidos, y los crujidos, y con cada uno de ellos los bloques de hielo ártico se iban llenando de grietas grandes y pequeñas, finas y gruesas. ¿Qué estaba pasando? ¿Por qué miraba al horizonte sintiéndose cada vez menos alto?
¡Calor! ¡Es el calor!, graznaban las gaviotas. Ellas estaban bien informadas, lo sabían todo. En sus viajes se acercaban, volando bajo, a las costas y a los barcos, y observaban a los humanos y sus ciudades. ¡Es cierto!, se sorprendió el iceberg. ¿Cómo no lo había notado? ¿Cómo no se había dado cuenta antes? El aire era cada día un poquito más templado. Al principio era poquísimo, casi nada, un cambio mínimo. Pero con el paso de un año, y otro año, y unos cuantos más años, era evidente que la atmósfera a su alrededor era más cálida. Las gaviotas le hablaron de las grandes ciudades de los humanos, máquinas de expulsar humos sucios y contaminantes, que estaban cambiando el equilibrio de la atmósfera, la calidad del aire. ¡Ese CO2 tenía la culpa, el dióxido de carbono que producían al vivir los humanos! ¡Pues vaya!, pensaba el iceberg preocupado, ¿es que no pueden vivir sin molestar a nadie?
Y un día llegó el gran crujido y todo su mundo cambió de repente. El fuerte puente de hielo que durante cientos de años le había unido a la cadena helada se rompió del todo, después de cubrirse poco a poco y durante mucho tiempo de pequeños huecos y fisuras. El iceberg se separó así de las montañas de hielo. Flotando en el agua marina, fue desplazándose hacia el sur, según le empujaban las mareas, provocadas por la fuerza gravitatoria del sol y la luna, y las corrientes, generadas por el movimiento de rotación de la Tierra y el relieve de las costas lejanas y los fondos marinos.
Mientras sus enormes pies de hielo se disolvían cada día un poco más en el agua, como un azucarillo, el iceberg recordaba el pasado y miraba al cielo, con su cumbre cada vez más cerca del agua… ¿Y si pudiera volar, como el búho nival? ¡Si pudiera alcanzar las nubes, blancas como el hielo, como icebergs a la deriva en un mar azul inmenso! Y se durmió una noche más, soñando que ascendía al cielo como un vapor ligero, para alimentar las nubes y hacerlas más grandes. No sabía que, transformado en vapor de agua, podía regresar un día al mar, quizá en una tormenta de verano, cerrando el ciclo de agua. El iceberg recordaba y soñaba, día tras día, noche tras noche, enfadado con los humanos, hasta derretirse y desaparecer por completo en el océano Atlántico.