El último adiós

20 de Mayo, 1950
Un año que des de que te conozco, y ya sé que eres la mujer de mi vida.
Catalina, te escribo porque no sé si aguantaré mucho tiempo más. Poco a poco la enfermedad me está consumiendo por dentro, y no quiero marcharme sin despedirme antes de ti.
Cuando leas esta carta no quiero que derrames ni una lágrima, dicen que son únicas, no hay dos iguales. Así que no quiero que malgastes algo tan único e irrepetible por mí. Quiero que me recuerdes con una amplia sonrisa siempre.
Todos los momentos vividos junto a ti me los llevaré siempre conmigo, y serán eternamente mi preciado tesoro.
Recuerda, yo siempre te amaré y te cuidaré, te guiaré y te protegeré, como cuando vinimos a Cataluña, éramos tú y yo . Y que aunque el camino sea difícil siempre tienes que ir con la cabeza bien alta, que tú puedes con todo.
Quiero que te enamores otra vez, que disfrutes de tu vida y que seas feliz, porque te lo mereces. Y como alguien te haga derramar una de tus únicas e irrepetibles lágrimas, me las pagará.
¿Recuerdas aquel 23 de Diciembre cuando nos estiramos a ver las estrellas, y te dije que eras mi pequeña estrella? Siempre lo serás. Y cuando mires las estrellas otra vez, recuerda que nunca debes dejar de brillar, como ellas, que aunque las separen millones de kilómetros brillan cada día sin parar, para que nosotros las podamos admirar.
Siempre te querré,
Mariano.

Y, mientras mi abuela me leía la carta, vi como un pequeño destello que bajaba lentamente por su mejilla, ese destello único que mi abuelo nunca quiso que derramara por él.