Hablar sin voz

A veces me siento incomprendido. Me gusta leer. Escribir. Pensar en preguntas sin respuesta.
Me apasiona todo lo que pueda tener que ver con los extraterrestres, el Big Bang, y el universo.
Molaría mucho poder ser como Stephen Hawking, solo me faltan las gafas. Es decir, todo ese ordenador conectado al sensor de las gafas que se activa cuando mueve la mejilla. Lo sé todo sobre él. Puedo atreverme a decir que somos parecidos. Él da a conocer su opinión y sus teorías al mundo mientras yo las leo en un colchón blanco, de sábanas blancas, con cojín blanco, de un hospital aún más blanco.
Me diagnosticaron algo raro a los diez u once años. Fueron los peores años de mi vida. Tal vez era porque en el colegio no era lo que se le decía muy social, mis notas no pasaban de apenas un justito seis, y no me esforzaba en mejorar prácticamente nada. Así fue como mis padres empezaron por tomarme como alguien vago, gandul, perezoso.
La verdad, poco me importaba. Hasta que abrí los ojos.
Una enfermera me contó que me quedaban pocos años de mi corta estadía de vida. Así fue como empecé a tomarme las cosas realmente en serio. Pensaba mucho, mirando por la ventana de la habitación, y de repente me empecé a fijar mucho en todo. Pedí clases particulares, pedí explicaciones sobre todas mis preguntas. Lo primero me fue concedido. Pero a lo referente a mis preguntas, no tenían respuesta. No había nadie capaz de resolverlas, porque nunca nadie se las había planteado. Y entonces empecé a buscar respuestas.
Una señora vestida de payasa, contratada para hacer reír a niños como yo, al contarle todas mis preguntas, una por una, y después de haberlas escuchado muy atentamente, me dijo que le recordaba a él. A Hawking. Y empecé a interesarme. Si él, que era como yo, podía obtener sus propias respuestas, ¿Por qué el resto del mudo no?
Así que, a medida que mi enfermedad prosperaba, no sé si para mal o para bien, yo me dedicaba a responder todas las preguntas que me hicieran. Porque, si Stephen podía hablar sin voz y que todo el mundo le escuchase, yo podría hacerlo también. Porque, cuando alguien quiere escuchar algo, no le importa cómo se lo digan, lo va a imaginar del modo que quiera. Y es por eso que, sabiendo todo lo que podría hacer sin tener un don, llevar capa de superhéroe, ni ser un niño tan dulce que provoca diabetes, sigo adelante siendo el niño que quiero ser.