"Todo lo que se va, vuelve"

Hace más de un centenar de años, doscientos habitantes de la Tierra (entre ellos mis abuelos) decidieron emprender una aventura que duraría el resto de sus vidas, irse a vivir a Marte. Este proceso, aparte de ser muy complicado y selectivo, incluía pagar una gran cantidad de dinero para emplearlo en los científicos encargados de llevar a cabo esta investigación, para la nave, la comida necesaria… Al margen de sus ganas de explorar un nuevo planeta, los afortunados tenían que tener una serie de características para ser elegidos, tales como: tener la capacidad de reproducirse, un trabajo que pueda ayudar a consolidar una sociedad más completa (médico, arquitecto, profesor…), no tener constancia de enfermedades, ser menores de cincuenta años para poder tener descendientes y, presentar gran variedad de culturas entre ellos. Tras el paso de veinte años consiguieron formar una comunidad multicultural y mucho más grande que al principio, se establecieron como si de La Tierra se tratase y empezaron a cultivar sus alimentos (gracias a fertilizantes y fuentes de luz artificiales).

Mientras tanto, en la Tierra, los conflictos entre religiones no dejaban de suceder y cada vez estaban más tensos los aires entre los representantes de cada una de ellas. Francia era el objetivo de todos los formantes del Daesh porque abundaba entre su población la religión musulmana. Estados Unidos y Rusia eran las dos grandes potencias mundiales que competían contra el Isis pero, por ese mismo motivo, su población había disminuido hasta en un 50% causado por sus ataques.
Tras cincuenta años de lucha constante, los mayores representantes del Daesh tenían bajo su poder bombas nucleares y no les causaba ningún temor utilizarlas, para demostrar a su Dios que sus creencias estaban por encima de la matanza más grande de la historia de la humanidad.

Nuestra vida en Marte era muy feliz, tranquila y completa, puesto que teníamos que probar nuevas técnicas para ver cómo el ser humano es capaz de vivir mejor sin la presencia de la gravedad. En cada rincón de Marte se respiraba una inmensa felicidad, hasta el momento en el que nos comunicaron desde la base de información de La Tierra, que, en menos de cinco minutos, una bomba nuclear (con la capacidad de destruir todo el planeta) iba a ser lanzada allí. Una gran angustia nos invadió porque todo lo que habíamos conocido hasta el momento de ese planeta, iba a desaparecer.
Nuestros sentimientos eran muy confusos porque no entraba en nuestros planes que acabaran con la Tierra de una forma tan artificial. Pasados cuatro minutos, en Marte se sintió un gran temblor, el cual no causó daños que no se pudiesen curar con un poco de croscarmelosa de sodio. Aunque todos estábamos desconcertados, se encontraba entre nuestras posibilidades el hecho de que el planeta que conocíamos como La Tierra, se hubiese extinguido para siempre. Perdimos la conexión con la base de información, los satélites no podían reconocer a nadie allí y, a penas quedaban restos de la atmósfera.
Durante los próximos meses, la impotencia cada vez era mayor, así que decidimos crear un plan para re habitar La Tierra y, así fue. Puesto que teníamos bastantes recursos tecnológicos en Marte, fuimos capaces de ampliar y mejorar la nave que poseíamos, nos equipamos con las previsiones y ropaje adecuado y decidimos partir.

Como bien hicieron nuestros progenitores hacía cien años, un grupo de habitantes de Marte decidimos volver a nuestro planeta de origen para recuperarlo y reconstruirlo. El viaje fue muy duro y muy muy largo pero, lo peor vino después del aterrizaje. Todo estaba completamente destrozado y los únicos seres vivos que pudimos encontrar fueron unas mutaciones que mezclaban cucarachas con mariquitas. Todas las construcciones estaban derruidas, las pertenencias de su población esparcidas por el suelo y se podía sentir una gran sensación de vacío en cada paso que íbamos dando. ¡Era increíble como se podía apreciar la debilidad de La Tierra! Trabajamos duramente durante varios meses y, gracias a ello, conseguimos crear una pequeña comunidad que fue creciendo con el paso del tiempo.
Gracias a nuestra decisión de volver a habitar La Tierra, el planeta azul y el rojo están cada vez más juntos porque, por muchos kilómetros que haya entre ellos dos, ambas poblaciones provienen del mismo lugar.