Pesadilla

Despertó en la oscuridad.
No era un lugar oscuro, solo… oscuridad envolvente.
De pie, y con los brazos extendidos a ambos lados, miraba inquieta a su alrededor, en un espacio en el cual no existía más que ella y dos cadenas.
Las cadenas surgían de la oscuridad y daban a parar a ella.
Estas, no acababan en grilletes como cabría esperar, sino que era el último eslabón el que se unía a sus muñecas, igual que si fuesen parte del entramado.
No le dolía ni le sangraba, pero sin embargo la incomodaban, pues cada vez que hacia el mas mínimo movimiento, aunque fuese nada más que para respirar, notaba como el metal entrechocaba con los huesos más delgados y débiles de sus muñecas.
La situación se prologó, y ella no sabía que estaba pasando, tan solo que debía huir.
Así que tomó la decisión. Armándose de valor, hizo puños de sus manos y las atrajo hacia su pecho en un golpe seco.
Dolor. Era lo único que sentía en aquel momento, olvidando el miedo y la angustia que le provocaba estar allí.
Cayó de rodillas, y, con los ojos desorbitados y los iris temblando en unos ojos como platos, bajó la mirada a sus muñecas.
Se había soltado. El eslabón había arrastrado consigo todo a su paso, dejando venas, carne y piel desgarradas además de huesos partidos que ahora sobresalían grotescamente, mientras salía de la herida sangre carmesí fría como agua de mar en invierno.
Lo último que vió fueron las cadenas ensangrentadas siendo tragadas por la oscuridad.

Un grito rasgó la tranquilidad de la noche.
Se sorprendió al encontrarse sentada y no arrodilla.
Pasaron unos segundos antes de que sus ojos se acostumbrasen a esta oscuridad, una penumbra menor a la de hacía unos instantes.
Cuando pudo ver algo más se percató de que estaba en su habitación, sentada en su cama.
Tratando de calmarse, palpó la pared hasta encontrar el interruptor y poder encender la luz.
Tenía la ropa sudada y la frente perlada, pero por lo demás parecía estar bien.
Con miedo, bajó la mirada hasta sus muñecas, temiendo contemplar una macabra imagen. Mas no fue eso lo que vio, sino una piel blanca como la de un cadáver bajo la que palpitaban incontrolables venas azules, las cuales parecían a punto de estallar.
Unas muñecas que aún le dolían y por las cuales aún podía notar como circulaba sangre helada.