Corazón roto

Ha roto conmigo. Me ha dejado por otra.
Por un momento la rabia me invade y creo que voy a arrancarle la cabeza como hace la viuda negra después de aparearse.
Pero en el momento que llego a mi casa y me tumbo en la cama, me asaltan los sentimientos. Me pongo a llorar y siento un dolor lacerante en el pecho. Siento como si mi corazón se hubiese roto en mil pedazos, como si hubiese dejado de latir. Como si fuera una gigante roja, que al consumir toda mi energía y morir, me hubiese convertido en un agujero negro que poco a poco va consumiendo todo a su alrededor.
Va cayendo la noche y la luz que entra por mi ventana va disminuyendo. Estaba tan absorta en mí, que no he oído ni la puerta principal ni la llegada de mi madre. Supongo que dentro de poco tendré que ir a cenar, así que tengo que calmarme un poco.
Intento calmarme pero no consigo dejar de llorar. Finalmente, consigo inspirar y expirar a un ritmo regular. Lentamente me incorporo y veo mi mochila tirada al lado de la cama. Eso me recuerda que debería hacer los deberes de química, pero no estoy de ánimos para hacer problemas de termodinámica. Estoy más motivada para la física y calcular a que distancia se tiene que poner “el innombrable” para que el proyectil de un avión le caiga encima.
Solo es lunes y ya estoy harta de esta semana. Necesito un botón para adelantar a cámara rápida. No quiero verlo mañana en clase. Con su sonrisilla de niño comprador, su pelo desmarañado pero sexy…
Llaman a mi puerta. Es mi madre. Me pregunta que qué me pasa y le digo que estoy bien. Que solo estoy un poquito cansada y no me apetece cenar hoy. Antes de dejarme sola, veo que vacila. Supongo que su instinto maternal le dice que me pasa algo, pero decide no presionar.
Cojo mi portátil y lo enciendo. Enseguida me doy cuenta que soy estúpida. Mi salvapantallas consiste en una foto nuestra. Quiero hacerla pedazos, romperla y quemarla. Pero pensándolo bien, no puedo vivir sin mi portátil. Así que me conformo con cambiar la foto y esconder nuestras fotos en una carpeta perdida entre los datos de mi portátil.
Ya es más de media noche y estoy más despierta que una hormiga. Mañana pareceré un zombi. Necesito despejar mi mente de toda esta negatividad, sino no podré dormir.
Cojo el móvil para programar la alarma y veo que tengo un Whats de mi mejor amiga. Eso me recuerda que no estoy sola, y que tengo en quien apoyarme. Apago la luz y me acurruco como un gatito. Cierro los ojos y me digo que si las ranas son capaces de volver a la vida al calentarse después de congelarse, yo puedo superar mi corazón roto.