Química entre nosotros.

Dicen que el amor es una sensación increíble. Dicen que enamorarse no depende de nada, que no sigue unas reglas, que no existe, que solo lo sientes en tu corazón; que el propio amor no puede tocarse, verse, no puede olerse ni saborearse, que solo pueden hacerlo las consecuencias que provoca. Se habla de él como algo fantástico, fantásticamente improbable; se habla del amor como lo más bonito que uno puede experimentar a lo largo de la vida, ese amor romántico que puede hacer de nosotros un gran manojo de nervios o simplemente provocar el efecto de ondear en una nube. Dicen todo esto creyendo que es real, que nace, porque sí, por arte de magia, pero yo soy científica, solo creo en lo evidente, en la ciencia y en las pruebas que esta puede aportarme.
Basándome en mi propia experiencia, he hecho un pequeño estudio de lo que podría ser eso a lo que todos llaman “amor”. Estaba dispuesta a sentirlo, pero cuanto más busqué un voluntario para realizar mi experimento, menos posibilidades tenía de encontrarlo, así que me rendí. Sí, así, fácilmente me rendí, pero no todo acabó en el instante en el que decidí retirarme; poco después, conocí a un individuo. Le conocí sin recordar el motivo por el cual yo deseaba conocer a ese alguien, por lo tanto, mi mente trabajó única y exclusivamente centrada en dicho hecho, por lo que creo que la primera parte del experimento resultó ser tan exitosa. Pude comprobar como mi corteza cerebral se activaba las primeras veces en las que compartimos algún momento juntos; pasábamos el tiempo en lugares en los que también había otras parejas que, por lo que pude observar, estaban experimentando las mismas sensaciones químicas a lo largo de su cuerpo.
Poco a poco, fui realizando mis apuntes, mis pruebas y mis observaciones y pude llegar a la conclusión de que esa atracción física que causó un cosquilleo en mi cerebro, se asentó de una manera repentina que me costó mucho notar. Estas sensaciones que se enfocaban en mi corteza cerebral pasaron a ubicarse en el sistema endocrino, provocando así, que no solo su presencia ocasionara efecto en mí, sino que también un roce físico como podía ser una simple caricia o algo más extremo como un beso húmedo y estremecedor, provocaran la creación de una serie de hormonas que alterasen el orden de mi cuerpo y al mismo tiempo hiciesen que yo quisiera más. La liberación de estas hormonas hacia mi torrente sanguíneo consiguió que mi organismo se encontrase mejor y con mucha más energía, lo que provocó también una creación de dopamina, hormona de la motivación y el placer, a la hora de mi trabajo; serotonina, que alivia el estado de ánimo y por último, a consecuencia de todo esto, la endorfina, hormona de la felicidad. Al experimentar todos estos cambios creí que ya había acabado, que el amor era una simple explosión de hormonas y que a partir de eso no podía haber nada más, pero me equivoqué.
Cuando empecé a sentir una reciprocidad por parte del hombre que me acompañaba en la experiencia, las sensaciones a través de mi cuerpo empezaron a ser mucho más fuertes y comencé a contemplar una serie de síntomas. A medida que pasaban los días, el deseo de intimidad y unión física crecía por momentos; el temor al rechazo y a que esa mencionada reciprocidad acabase; frecuentemente, el pensar demasiado tiempo en él causaba en mi mente una gran distracción por lo que experimenté una gran pérdida de la concentración, la poca que me quedaba la reunía en una idealización de nuestra vida juntos en un futuro. Al haber vivido todo esto pude demostrar que el amor no es más que una serie de procesos químicos ocasionados en nuestro cerebro, y que la madre de todos ellos es la sustancia conocida como feniletilamina, la cual es la “culpable” de la liberación de dopamina en el hipotálamo, algo que conseguí demostrar y a lo que logré llegar a partir de que no se manifestasen más procesos diferentes en nuestros cuerpos y pudiese trabajar con los ya reunidos.
Años después, mi marido y yo, sentimos la necesidad de procrear, algo que vive en nuestro instinto y en el de todas las especies.
Entonces…lo descubrí; con el nacimiento de nuestra hija, lo descubrí, descubrí ese amor verdadero, y entonces empecé a recordarlo todo al margen del experimento; recordé lo maravilloso que había sido sentir todo aquello y me sorprendí al entender que un nuevo proceso químico se formaría en mi cuerpo. Comencé a amar a mi hija y a disfrutar cada segundo de su existencia, entonces di gracias, gracias a la naturaleza y gracias a mi experimento por darme el mejor resultado que nunca había obtenido.